Golf

Rahm exhibe sus galones en Augusta

Rahm saluda tras acabar la jornada. /Jamie Squire (Afp)
Rahm saluda tras acabar la jornada. / Jamie Squire (Afp)

Ya va por debajo del par del campo (-1) y confiado en ir a más según el Masters vaya mostrando nuevas caras menos agradables

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Su séquito está excitado. Conocen mejor que nadie a Jon Rahm y le ven con la mirada afilada, decidido, ansioso por aceptar el reto de Augusta. Tanto que esta vez prescinde de los abrazos y parabienes entre el putting green y el tee del 1 y personaliza su despedida con su novia, Kelley. Quedan los efectos de la anterior salida del partido de Mickelson que físicamente había bloqueado cualquier línea de paso en torno a la atalaya de la primera bandera. Hasta que partiera Woods, el californiano era el héroe nacional. Y tenía razón su guardia pretoriana. No quería dejar pasar la oportunidad de demostrar que puede tutearle a este campo. Y no tardó su ambición en contar con plusvalías.

Porque en el ambiente sonaba el tintineo de las campanillas que avisan de que algo se está cociendo y cuando los fogones están en marcha invariablemente alguien se quema. Y las heridas de Augusta cicatrizan peor y, desde luego, no cierran al instante. Fortuna en la primera etapa con una bola que la copa de un árbol coloca en la calle. Tuvo la opción de birdie de dos metros, pero hizo cuentas con el campo. Quedó en paz y en el 2 sacó el hacha. Cambió madera por driver, lo que se traduce por plena potencia. De tee a green en dos misiles. Eagle para el cuerpo. Había cortado la cinta de una actuación estelar coincidente con un día que no estaba para chiquilladas.

Spieth gripó perdiendo tres golpes en los dos primeros hoyos, Cabrera-Bello iba de cal a arena y tras gozar de la magnífica vista sin nadie por delante se vino abajo con un doble bogey en el 11. Y por delante del partido del de Barrika, ni Mickelson se libraba de ese día raro que se respiraba. Se lió a bolazos con los árboles en el 9 y necesitó siete golpes para apartarse de él. Hasta las salidas del turno de la tarde el -3 marcaba la proa. Leishman y Reed anotaron tres birdies seguidos en sus puestas en marcha antes de ir estabilizando juego y resultados.

La estrategia la marcaba el día. A tenor de lo que exige Augusta, el plan A era aguantar el tipo en los primeros nueve hoyos y soltar adrenalina en los siguientes. Niquelado. Lástima que el efecto sanador del eagle se diluyera con bogeys en el 4 (el viento decidió) y el 7, tras una inoportuna visita a la arboleda que aún así dejó a tiro de un approach y putt que necesitó un extra en el green.

Lo cierto es que hay que alinearse con el vizcaíno al prescindir de fallos notables en su juego. Le costó coronar los pares 3, pero su juego de recuperación fue un bulldozer que arrasó con todas las trampas que protegían los hoyos. Labor de zapa constante ante lo que mostraban los cartelones de resultados, con el -3 siguiendo como referencia y el +4 marcando el corte posible. Era sólo un golpe de margen el que llevaba, pero estaba dando tal sensación de solvencia que meterse en problemas nunca fue una opción. Y llevar a su vera a Rory McIlroy, que apuntaba a lo alto de la tabla, era un extra y propiciaba situaciones curiosas como el pulso que mantuvieron en la salida del 8, una avenida en cuesta arriba, por ver quién llegaba más lejos. Se quedaron a gusto ambos y un poco más retrasado Adam Scott, incapaz de seguirles el ritmo por sus obvios problemas con el putter.

Tres dedos evitaron cerrar el 'front nine' con un birdie, pero la comanda ya estaba tomada y no tardarían en ser servidos por un Jon Rahm demoledor. Le gusta el pulso con el Amen Corner, el triángulo de las Bermudas del Masters. El segundo golpe deshojó el campo de cornejos blancos del 12. La dejó a un metro en uno de los momentos estelares. Crecido, marcó un nuevo paso. Secuencia birdie-par-birdie-par que bien pudo cambiar de nombre en el 13 con un putt para eagle que quedó dado. Y la guinda en el 15 y 16. Otros dos rejones al Masters para acabar con la mejor tarjeta, hasta entonces del día, y sus galones relucientes y bien visibles.

 

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