Somalia devoró a Hodan Nalayeh

Hodan Nalayeh, a mediados de junio en Las Anod, la población somalí de la que procede su familia./REUTERS
Hodan Nalayeh, a mediados de junio en Las Anod, la población somalí de la que procede su familia. / REUTERS

La periodista, famosa en Canadá y empeñada en dar una imagen positiva de su país de origen, murió en el atentado del hotel de Kismayo

GERARDO ELORRIAGA

El padre de la periodista Hodan Nalayeh se trasladaba por la capital somalí, Mogadiscio, en un Mercedes con chófer pero, tras el desmoronamiento del Estado, huyó con su familia a Canadá y, paradojas del destino, aquel relevante político se convirtió en un empleado de garaje en Toronto. Ella y la congresista norteamericana Ilhan Omar, de edad similar, son descendientes de los somalíes que huyeron de un país colapsado y ejemplifican una segunda generación que superó el riesgo del estigma social y la marginación.

Ambas nacieron en Somalia y crecieron en Norteamérica pero mientras que una asumió su nueva ciudadanía y se implicó en la política local hasta llegar a la Cámara de Representantes, la otra, después de acceder al mundo de la televisión, viajó por todo el mundo para proporcionar una imagen positiva de su tierra de origen.

LAS CLAVES

Somalíes con enemigos poderosos.
Trump es la bestia negrade Ilhan Omar y la milicia integrista Al-Shabab acabó con la vida de Nalayeh
El paraíso perdido de sus padres.
La muerte de Hodan es un destino muy frecuente para emprendedores en el laberinto del país africano

Las dos compartían intereses comunes y debían hacer frente a enemigos poderosos. El presidente Donald Trump es la bestia negra de la demócrata Omar y Al-Shabaab, la milicia fundamentalista, representaba la peor amenaza de Nalayeh, una mujer de pensamiento liberal ajena a su orden misógino. Hace una semana, ella y su marido se hallaban en el hotel Asasey de la ciudad de Kismayo cuando los milicianos irrumpieron. No sobrevivieron al ataque. El Gobierno de Mogadiscio creará un premio en su memoria.

Canal para la diáspora

La imagen de la reportera dando cuenta de la idiosincrasia somalí y de los proyectos para desarrollar el país refleja su mixtura cultural. Puso en marcha Integration TV, un canal en Internet destinado a la diáspora que daba cuenta de la actividad de los suyos. Su desenvoltura, tanto en la lengua vernácula como en inglés, y el dominio de los recursos de la comunicación contrastaban con la realidad en la que se desenvolvía, un espacio social conservador donde la mujer no suele desempeñar un rol relevante.

Hodan buscaba las iniciativas de los suyos y las exponía con humor y esperanza. Hablaba con los barberos de Minneapolis, la ciudad que reúne al mayor número de compatriotas en Estados Unidos, recorría el mercado de Las Anod, la población somalí de donde procedía su familia, o hablaba con hombres de negocios en Kenia y Tanzania, individuos que también se habían sobrepuesto al rigor del éxodo y empezado una nueva vida. La víspera de su asesinato alababa en Instagram los placeres que proporcionaba una isla situada no lejos de su hogar.

Las ruinas del hotel Asasey muestran la ferocidad del asalto. Un coche bomba explotó antes de que varios milicianos irrumpieran en su interior y provocaran la muerte de 26 personas. El guión de la operación se asemeja a otras muchas que desembocaron en matanzas de políticos y empresarios, y también implica los mismos interrogantes que acechan sucesos previos. Nadie se explica cómo pudo suceder, cómo falló la seguridad cuando el edificio albergaba una conferencia y, sobre todo, quién colaboró para que se produjera. La adjudicación de la autoría a Al-Shabaab, la milicia local afín a Al-Qaida, no satisface las incógnitas.

La muerte de Hodan es también el destino demasiado frecuente de muchos emprendedores que decidieron regresar a su país y descubrieron que el paraíso perdido de sus padres es, actualmente, un laberinto donde resulta fácil perderse. El peso de los retornados resulta evidente. El presidente Mohamed Abdullahi Farmaajo cuenta también con nacionalidad estadounidense. Las remesas procedentes de este colectivo suponen casi la cuarta parte del Producto Interior Bruto y en torno al 80% del capital de inversión que alienta las pequeñas y medianas firmas.

Trasfondo siniestro

La periodista se instaló en Kismayo, en el sur del país, tras contraer matrimonio con un promotor hostelero de la ciudad. Quizás el acicate para la agresión radicara en la reunión, con participación de gobernantes regionales y enviados internacionales o, tal vez en el hecho de que en los próximos meses el Gobierno entregará licencias para la explotación de yacimientos de gas y petróleo en este segmento de la costa.

La masacre puede tener otra interpretación, aún más siniestra. La ONG Global Witness ya advirtió de que Somalia carece de un marco legal que fiscalice los permisos para la gestión de hidrocarburos y existe la sospecha de que, entre bambalinas, el Gobierno central y el regional de Jubaland, los clanes locales y las empresas petrolíferas libran una batalla por su control. Desafortunadamente, los finales felices, como los que cerraban los programas de Nalayeh escasean y, en Somalia, además, siempre cuentan con un trasfondo prácticamente ilegible.

Clanes tribales y Al-Shabab, aliados de conveniencia en el Estado más corrupto

En Somalia, el afán de liderazgo político y económico tiene que enfrentarse, a menudo, a estructuras tradicionales de poder, basadas en el clientelismo tribal. Los grandes clanes controlan la Asamblea Nacional y los gobiernos regionales en el Estado más corrupto del mundo, según los informes periódicos de Transparencia Internacional. La inseguridad impide la realización de comicios democráticos y los sistemas de rendición de cuentas no funcionan, una incapacidad que garantiza la impunidad de la elite gobernante.

La sonrisa de Hodan Nayaleh y su esfuerzo por dar voz a quienes pugnan por un futuro de progreso y paz contrastan con los aspectos más sibilinos del escenario complejo en el que convergen diversos agentes. La situación militar en Somalia parece estancada y el país aparece dividido entre las áreas rurales, en poder de los radicales, y las urbanas, mayoritariamente controladas por el Gobierno internacionalmente reconocido. La Amisom, la misión de la Unión Africana que apoya al régimen, sufre periódicas crisis pero, en cualquier caso, se advierte una imposibilidad de vencer definitivamente al enemigo.

Este estatus quo favorece a los grandes clanes y a Al-Shabaab, aliados de conveniencia. Interpol ya ha denunciado esa conversión de la guerrilla fundamentalista en un elemento mafioso que se aprovecha de la permeabilidad de las fronteras entre los dos sectores para influir en los intereses de Mogadiscio. Estados Unidos, el principal aliado militar del Gobierno, se ha limitado a intensificar sus asesinatos selectivos de supuestos jefes integristas mediante drones y Turquía, convertida en el mejor amigo, se mantiene en un segundo plano en el aspecto militar, a pesar de contar con una base de operaciones en la capital y de sus crecientes intereses económicos en la zona.

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