En el hospital de campaña

Un joven con la cara tapada y un arma posa para una fotografía en una barricada en el barrio indígena de Monimbó. /Jorge Torres (Efe)
Un joven con la cara tapada y un arma posa para una fotografía en una barricada en el barrio indígena de Monimbó. / Jorge Torres (Efe)

«Nosotros tenemos la culpa, porque le hemos dejado (a Ortega) hacerlo todo sin decir nada», reconoce un antiguo sandinista

MERCEDES GALLEGOEnviada especial a Managua

Los heridos de bala empezaron a llegar temprano y con ellos el final de los tres meses de entrega que ha dedicado el doctor Cortés a atender a la población de Monimbó. «Me quedan ahorros para sobrevivir un máximo de 15 días», dijo la víspera. No le hicieron falta. Antes del mediodía de este miércoles tuvo que salir corriendo de la enfermería que había improvisado para atender a los heridos, junto con los hermanos a los que había servido.

«Sólo nos queda huir», había reconocido derrotado el comandante Guardabarranco, pero a esas alturas ni eso era posible. La fortaleza que habían construido se convirtió en una ratonera en la que ellos mismos quedaron atrapados. «Estamos escondidos», confesó a las 13 horas (9 p. m. en España) por mensaje de texto. «Hay varios muertos entre nosotros. La policía está golpeando la puerta». Casa por casa, la operación limpieza pasaba por llevarse a los cientos de hombres que habían defendido las barricadas de Monimbó y organizado el Movimiento Por Nicaragua para asegurarse de que no seguirán alimentando las protestas contra el orteguismo.

Uno de los opositores descansa.
Uno de los opositores descansa. / Oswaldo Rivas (Reuters)

El doctor Cortés había tenido que sacar balas a cuchillo y arrastrar heridos de las calles en los quince minutos de oro que atribuye a los heridos para salvar la vida. Esos que otros médicos perdieron sin remedio para el adolescente de 17 años Abraham Amador, al que vio morir a final de abril porque una ambulancia no quiso llevárselo. «Me quité lo educadito que tengo para increparles por esa negligencia, pero no me hicieron caso». Los servicios públicos de asistencia médica cumplían órdenes del gobierno de no atender a los heridos, para indignación de este médico de 29 años que decidió dejar su trabajo y cumplir con su deber más allá del juramente de Hipócrates.

A partir de ahí vio a la policía quemar casas y disparar a quemarropa contra los jóvenes manifestantes y con cada injusticia creció su compromiso «por amor a mi país y a mis hermanos». Las huestes de Ortega también tomaron nota y empezaron a amenazarle. A algunos les quemaron las casas. «Saqué a mi hijo de diez años a Panamá, pero lo ubicaron y tuve que moverlo hasta EE UU».

Él mismo tendrá que emigrar si logra salir con vida de la cacería que llevan a cabo casa por casa las entre mil y dos mil fuerzas de choque que atacaron la comunidad indígena de Monimbó. España está en su mira, le gustaría volver a Barcelona. El consulado de España confirma que el número de solicitudes se ha disparado. Costa Rica, el país vecino, recibe más de 600 diarias, pero sus fronteras están demasiado cerca para proteger a los sublevados de la furia del gobierno. A los cerca de 400 muertos que se han contabilizado en estos tres meses de protestas habrá que sumar los miles de detenidos y desaparecidos. Lo peor está por llegar.

En los años setenta, cuando Marcos Cano acudía a las reuniones que organizaban los sandinistas para entrenarlos en la lucha contra Somoza, recuerda que le inquietó el que no le dejaran rezar en situaciones de peligro. «Dios no va a librarte de una bala, este arma sí», le decían. Entonces pensó que «el que no tiene respeto a Dios no le tiene respeto a nadie», pero aguantó con el Frente Sandinista porque luchaba contra un dictador y porque le gustaba lo que oía sobre los derechos laborales. Consternado por la masacre, se culpaba de ello, como tantos nicaragüenses. «Nosotros tenemos la culpa, porque le hemos dejado (a Ortega) hacerlo todo sin decir nada. Es como un niño al que le dejas portarse mal, ahora que es grande ya no le puedes cambiar. Que Dios nos ayude».

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