Trump ataca a su fiscal general

Jeff Sessions. /NICHOLAS KAMM (AFP)
Jeff Sessions. / NICHOLAS KAMM (AFP)

El presidente de los Estados Unidos ha dejado de coger el teléfono a Jeff Sessions, su fiscal general

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York

Todos los presidentes tienen algún remordimiento. Barack Obama lamenta haber bombardeado Libia sin la planificación necesaria. George W. Bush, que las decisiones de Irak contribuyesen a la emergencia del Estado Islámico. Bill Clinton, no haber actuado para evitar el genocidio de Ruanda. Donald Trump, menos altruista, haber elegido a Jeff Sessions como fiscal general.

Si lo considera el mayor error de su presidencia es porque en marzo del año pasado su hombre de confianza en el Departamento de Justicia decidió actuar con honestidad y cumplir la promesa que le hizo a sus compañeros del Senado durante las audiencias de confirmación: «Si surgiera algún tema en el que crea que mi imparcialidad puede ser razonablemente cuestionada, consultaré con el departamento ético cuál es la forma más apropiada de proceder».

Llegado el caso, el consejo fue que se inhibiese de la investigación sobre la trama rusa, tras saberse que durante la campaña se reunió en dos ocasiones con el embajador ruso Sergey Kislyak. Su adjunto, Rod Ronsenstein, sobre quien recayó entonces la investigación, decidió encargársela a un fiscal especial que ha sido desde entonces la peor pesadilla de Trump.

Furioso al perder el control, el presidente empezó a atacar por Twitter a su propio fiscal general y dejó de contestarle las llamadas. Sessions tuvo que volar a Palm Beach para poder consultarle una decisión apremiante sobre el veto musulmán, pero si Trump aceptó cenar con él en su mansión de invierno fue para exigirle que diera marcha atrás a la decisión de inhibirse de la investigación, según acaba de publicar The New York Times. El enfrentamiento de esa noche a la luz de las velas fue tan enconado que si Trump no le despidió fue porque sus asesores legales le advirtieron de que con ello se estaría cavando una zanja mayor al aumentar la percepción de que intentaba obstruir la justicia. Precisamente uno de los cargos que estudia el fiscal especial, Robert Mueller.

De entre las cuatro docenas de preguntas que Mueller ha preparado para el presidente, ocho están relacionadas con Sessions. En su traca de tweets matutinos de ayer, el presidente parafraseó al senador Rey Gowdy, que en una entrevista con la cadena ABC dijo entender su frustración con un fiscal que se inhibió de la investigación más importante de su presidencia. «Hay muchos buenos abogados en el país, el presidente podía haber elegido a otro (si se lo hubiera dicho antes de ser nombrado)», parafraseó Trump en su tuit. «¡Ojalá lo hubiera hecho!», añadió de su cosecha.

Sin duda, Mueller ha tomado nota. Sin soltar jamás una palabra en público, el fiscal general lleva ya más de un año investigando no solo si hubo colusión durante la campaña electoral con Moscú para inclinar la balanza electoral en su favor, sino todos los posibles delitos que se crucen sobre su mesa. El de obstrucción a la justicia que sirvió para justificar el impeachment de Nixon y el de Clinton se abrió cuando el presidente admitió en televisión haber despedido al director del FBI James Comey para acabar con la investigación sobre la trama rusa que considera una caza de brujas. Esa sombra es también el mejor escudo para Sessions, de 71 años, que prefiere ignorar la hostilidad del presidente para poner en marcha su agenda contra la inmigración y la marihuana, con un tic tac acechándole.

 

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