El sendero del 'Brexit' se ha cegado y May no puede retroceder

Vista del Parlamento de Londres. /AFP
Vista del Parlamento de Londres. / AFP

El frenesí de los últimos días es el preludio de una crisis británica en la que el Parlamento será protagonista

IÑIGO GURRUCHAGACorresponsal en Londres (Reino Unido)

Theresa May desplegará la próxima semana su energía para convencer a los británicos de que su acuerdo con Bruselas representa 'el interés nacional', mientras le persigue el veredicto de Camilla Cavendish, colaboradora del exprimer ministro, David Cameron, en el 'Financial Times': «La cualidad que más se admira en la señora May es la misma que puede arruinar al país: su rechazo a cambiar de dirección».

No es enteramente cierto. Porque en la trayectoria de la líder conservadora hay un cambio radical de dirección entre abril y octubre de 2016, que quizás explica por qué ha guiado al país a un callejón del que será difícil escapar y quizás también por qué el proyecto nacional respaldado por más de 17 millones de votantes en el referéndum sobre la UE es intrínsecamente fraudulento; no hay un buen 'Brexit' negociado.

Reacia a participar en una campaña por la permanencia diseñada por un colega de Gabinete con quien tenía una relación de mutua hostilidad- George Osborne, ministro de Hacienda y estratega de Cameron-, la entonces ministra de Interior pronunció el 25 de abril en Londres uno de los mejores discursos en favor del 'in' en aquellas semanas en las que la exageración o la mentira eran frecuentes.

Ponderó con sentido ventajas e inconvenientes de la Unión, para concluir que «permanecer en la Unión Europea (UE) nos hace más seguros, más prósperos y más influyentes fuera de nuestras costas». El 21 de junio, dos días antes de la consulta, fue a Belfast y añadió otro factor: «Si nos vamos de la UE y hay aranceles en las exportaciones, tiene que haber algo en la frontera entre el norte y el sur de Irlanda».

El 2 de octubre, en su primer discurso ya como líder del partido a la conferencia conservadora anual, añadió muy poco a su mantra del momento, 'Brexit' significa 'Brexit', salvo prometer que invocaría el Artículo 50 para iniciar la negociación con Bruselas antes del final de marzo, con tiempo «para desarrollar nuestra estrategia de negociación» y «que nuestros objetivos sean claros y acordados».

'Algo'

El 29 de marzo de 2017 invocó el Artículo 50 afirmando que Reino Unido abandonaría la política comercial y el arancel exterior de la unión aduanera, y el mercado común. Sus objetivos conducían, como había afirmado en Belfast, nueve meses antes, a que hubiese 'algo' en la frontera irlandesa. Y ella no conocía aquel 29 de marzo que Dublín estaba alterando significativamente su diplomacia del 'Brexit'.

En el relato de Tony Connelly, en 'Brexit & Ireland', hay cuatro momentos quizás importantes en la gestación de la estrategia del Gobierno de Dublín ante la potencial calamidad económica y política que significa la marcha británica de la UE. El primero fue una intensa exploración de medios técnicos para paliar obstáculos fronterizos con Reino Unido y evitar controles en la frontera con el norte.

El segundo fue descubrir que el negociador europeo, Michel Barnier, tenía sensibilidad sobre el problema irlandés, porque como comisario europeo de Regiones asignó muchos millones de euros para sostener el proceso de paz. El tercero fue aceptar la exigencia de Barnier de que no hablasen con los británicos, de que transmitiesen sus ideas a su equipo e informasen a otros miembros de la UE sobre sus circunstancias, y Bruselas negociaría en su nombre.

El cuarto fue un proceso. Asombrados y enojados por contradicciones, maniobras de división y la falta de claridad de sus interlocutores británicos, entre el final de 2016 y la primavera de 2017 el Gobierno de Enda Kenny dejó de explorar y proponer soluciones técnicas, que no evitaban todos los controles en la frontera, y concluyó que era mejor tratarlo como un problema político que Londres tenía que resolver.

Bipartidismo

El Artículo 50 iniciaba la negociación sobre un Acuerdo de Retirada con tres puntos. El primero no era problemático, la continuidad en los derechos de residentes. El segundo era el pago de compromisos adquiridos, en el que Londres amagó con asociarlo a un buen acuerdo comercial futuro, pero que se encauzó pronto. El tercero era la frontera entre la UE y Reino Unido en Irlanda.

La negociación sobre la frontera irlandesa lógicamente ha obligado al equipo de Barnier a hacer aquello que inicialmente negaba, combinarla con la consideración de la futura relación comercial. Y el resultado de un intercambio de muchos meses, con cesiones británicas y de la Comisión, es un acuerdo que los 'brexiters' califican como claudicación y que Theresa May cree que permitirá cumplir los objetivos del 'brexit'.

Los críticos temen que la permanencia de Gran Bretaña en una unión aduanera, más regulaciones del mercado común en Irlanda del Norte, tras marcharse de la UE, es el «permanente purgatorio político» que la misma May mencionó al invocar el Artículo 50. Habría claudicado porque la firmeza de marzo de 2017- «una marcha sin acuerdo es mejor que un mal acuerdo»- se ha desvanecido ante el precipicio del 'brexit' abrupto.

El radicalismo 'brexiter' de un Reino Unido 'off shore', que se va de la UE y compite reduciendo impuestos y regulaciones, forzando a Dublín a elegir entre un fuerte golpe o a marcharse también de la UE, es minoritario y quizás irreal. Pero la aguda crisis británica se debe a que el Gobierno guía al país hacia una posible reducción drástica de su soberanía por tiempo indefinido, sin mejorar su posición comercial, y que la oposición laborista quiere hacerla permanente, combinando 'brexit', unión aduanera y pleno acceso al mercado común.

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