Del «yo destapé 'Gürtel'» a señalada por 'Púnica'

Esperanza Aguirre./Antonio Vázquez
Esperanza Aguirre. / Antonio Vázquez

Esperanza Aguirre se fue desvinculando de la vida política en diferido, empujada por los casos de corrupción que la acorralaban

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

«Pizpireta, colorista, burguesa, descarada». Con estos calificativos alguien la dibujó en un libro y afinó bastante. Francisco Granados decía, cuando se llevaba bien con ella, que era «una fresca con todo el mundo». Ignacio González la veía como «una cachonda liberal que ignora el ridículo». Coleccionista de adjetivos y personaje singular donde los haya, Esperanza Aguirre, 65 años, ha sido una rareza en el PP y en la política nacional.

Durante muchos años fue la diosa de un partido en el que era la única mujer que hablaba de tú a tú con el líder, fuera Aznar o Rajoy. Con Fraga se atrevía menos. Acredita una dilatada carrera política que nació en el minúsculo Partido Liberal, pasó por Alianza Popular y siguió en el PP. Empezó a hacerse un nombre como concejal de Madrid desde 1983, pero su salto a la fama llegó con la cartera de Educación en el primer Gobierno de Aznar. Son más recordados sus resbalones, alguno leyenda urbana, que sus acciones. Luego se convirtió en la primera presidenta del Senado, aunque su nicho político estaba en la Comunidad de Madrid.

Perdió las elecciones de 2002, pero el tamayazo le vino a ver y en la repetición ganó por los pelos. Desde esa atalaya encontró el camino para ser alguien tomado en cuenta en la política nacional. Tejió complicidades y encontró su momento en la segunda derrota de Rajoy en 2007. Se lanzó al asalto, pero en el decisivo congreso del PP en Valencia un año después hizo la del capitán Araya, el que «embarcó a su gente y se quedó en la playa», y no presentó batalla en vista de la desfavorable correlación de fuerzas. Nunca habían sido grandes amigos, pero desde entonces mantiene una cordial enemistad con Rajoy. Como la que tuvo toda su vida con su «querido» Alberto Ruiz-Gallardón.

Estaba escrito que con Rajoy no mezclaba bien. Se vio en una campaña electoral en 2005, cuando los dos subieron a un helicóptero en la localidad madrileña de Móstoles para ir a un acto y el aparato se desplomó desde diez metros. Rajoy salió lívido y herido en una mano. Ella, como si nada, y sacudiéndose el polvillo de la ropa se puso a hablar con la prensa. También contribuyó a forjar su imagen de mujer tocada por el destino el atentado del que salió ilesa tres años más tarde en un hotel de Bombay. Nada más regresar de India, ofreció, rodeada de todo su gobierno, una dramática rueda de prensa en calcetines porque sus zapatos se rompieron ensangrentados en el tiroteo.

Primera dimisión

Volvió a ganar las elecciones autonómicas de 2011, como las de 2007 con mayoría absoluta, pero empezaba a ver que su futuro político se oscurecía fracasado el asalto al liderazgo del partido y con Rajoy ya instalado en la Moncloa. Los primeros coletazos de la corrupción (el 'caso Gürtel' se destapó en 2009), la crisis y sus recortes obligatorios, y el cáncer de mama que le detectaron, le llevaron a dimitir en septiembre de 2012. Dejó la Presidencia del Gobierno de Madrid, pero no soltó el timón del PP regional. Desde ahí seguía en la pomada del partido y mantenía su papel de pepito grillo de Rajoy, cierto que cada día con menos influencia.

La condesa consorte de Bornos desde 2013 empezaba a ser irrelevante, y más que lo iba a ser desde el estallido del caso Púnica que acabó con su escudero, el «pícaro» Granados, en la cárcel. Resistió dos años presentándose como descubridora y adalid de la lucha contra la corrupción, pero sus palabras ya no se las creía ni ella. Encima, en abril de 2014 protagonizó un rocambolesco incidente al fugarse de la Policía cuando iba a ser multada por aparcar en un carril-bus de una céntrica calle de Madrid para sacar dinero de un cajero. El 14 de febrero de 2016 renunció a ser la líder del PP de Madrid.

Buscó refugio en el ayuntamiento, pero ya nada fue igual. No ganó en las elecciones, encima perdió frente a «una bolchevique», así definió a Manuela Carmena. Hasta ofreció el gobierno municipal al PSOE, todo con tal de que no gobernaran los «rojos» de Podemos. No contaba para nada y para nadie en su partido. Y en estas Ignacio González, su delfín, mano derecha y todo lo que se quiera decir, fue atrapado por el saqueo del Canal de Isabel II. Aquel día lanzó su tercer adiós de la política. Breve y sin preguntas porque no quería llorar. Se quedó como militante de base, sin voto, pero con voz, porque desde entonces, desde abril de 2017, se la ha escuchado en no pocas ocasiones.

En febrero próximo se cumplirán diez años de su «yo destapé 'Gürtel'». La corrupción siempre ha estado alrededor de ella. De hecho, más de una vez se pasó por el Juzgado (o el juez por su despacho) para aclarar, entonces como testigo, las andanzas de personas de su entorno. Ahora 'Púnica' la ha golpeado de lleno. Llegó a decir en su día, hace tres años, que había llegado a nombrar en su etapa política a 500 altos cargos y que sólo dos le habían salido rana. Ya hay alguno más. Y si se viera desde fuera, tan locuaz como es, fijo que ella misma se incluiría en esa otra lista.

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