Carmen Alborch, la cultura primero

Carmen Alborch, la cultura primero
Efe
DIEGO CARCEDO

Ha muerto la mujer que en los comienzos del siglo más contribuyó a dinamizar el mundo cultural y a oxigenar el papel de la mujer en la lucha por la igualdad. Su acceso al ministerio de Cultura en el último Gobierno de Felipe González fue como una bocanada de aire fresco en la vida política y una inyección de ánimo para la actividad cultural y artística en España. Aunque procedía del Derecho –era doctora, profesora titular y había sido decana de la Facultad de Valencia– su verdadera pasión eran las artes plásticas y en estimular la creación promover su conocimiento volcó su esfuerzo durante muchos años.

Fue una política tardía, no era militante del PSOE cuando Felipe González la nombró ministra, pero desde entonces ejerció de adalid de esa conjunción que forman la Política y la Cultura, ambas con mayúscula, en un objetivo de hacer más agradable la convivencia. Tras su paso por el Ministerio, donde dejó una imagen modernizadora que enseguida empezó a dar sus frutos, centró una parte de su dinamismo a la actividad política. Contaba para conseguirlo con su entusiasmo, sus bastos conocimientos, su capacidad de trabajo y su don de gentes que le abrían paso en todos los ambientes. Ejerció de diputada, de senadora y compitió sin éxito por la Alcaldía de Valencia.

Publicó varios libros, prácticamente dedicados en su totalidad a la defensa de la igualdad. No era una feminista a ultranza. Pero desde todos los puestos que ocupó y sobre todo desde su propia actividad intelectual, volcó su esfuerzo y su capacidad para la comunicación en promover y exigir las reivindicaciones de la mujer. Era una persona amable, siempre sonriente, aunque nunca le faltaban energías para defender sus ideas y sus principios. Sabía escuchar lo mismo que llegado el caso, polemizar y argumentar.

Entre sus libros destacó Solas, un verdadero éxito editorial en su momento. Abordaba los problemas de la mujer y, además de convertirse durante meses en un 'best seller' de ventas, acabó convirtiéndose en un revulsivo para una sociedad que en el proceso de evolución democrática que estaba experimentando, continuaba sin reconocerles a las mujeres la plenitud de sus derechos a la igualdad, no sólo jurídica sino también en todos los demás ámbitos de la vida.

Nadie como ella supo conjugar la pasión política tardía con unos principios éticos admirables y encuadrarlos en el marco que mejor podía prestigiarlos: la cultura que nos une a todos y nos facilita, además de disfrutar de todas las manifestaciones de la belleza creativa, convivir mejor. Carmen Alborch nos deja después de una larga enfermedad, pero como herencia nos deja a los españoles un recuerdo de ejemplaridad en su esfuerzo por el bienestar que proporciona la concordia.

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