Se fuga en Cantabria durante un permiso un preso muy violento condenado por violación y asesinato

Guillermo Fernández Bueno. / Policía Nacional I Atlas

Guillermo Fernández Bueno cometió los delitos en 2000 en Vitoria, lleva catorce años de condena y aún le quedan al menos otros ocho para salir en libertad

DANIEL MARTÍNEZSantander

Guillermo Fernández, un santanderino condenado por asesinato y violación en 2004, abandonó la prisión santoñesa de El Dueso el pasado día 15 a las 16.00 horas. No era un adiós definitivo, tan sólo un 'hasta pronto'. Aunque ya ha pasado 14 años entre rejas, todavía le quedan, al menos, otros ocho. Salía con un permiso penitenciario de una semana que caducada el pasado domingo por la tarde. Pero cuando llegó el momento de 'fichar' en el penal cántabro no apareció. Ni el lunes, ni el martes, ni ayer... Por causas que se desconocen, lleva ya más de dos días gozando de una libertad que no le corresponde. Consultado por este periódico, su abogado no sabe si se trata de una huida voluntaria o existe un motivo de fuerza mayor que lo justifique. Y tanto la Policía Nacional como los responsables de El Dueso prefieren no pronunciarse.

Aunque es relativamente común que los presos tarden más de lo normal en volver de permiso -este tipo de comportamientos dificulta luego la concesión de futuros beneficios-, normalmente los protagonistas son internos que están en prisión por asuntos menores. El caso de Guillermo es distinto. Acumula dos condenas por sendos episodios que tuvieron lugar con sólo un mes de diferencia a finales de 2000 en Vitoria, donde en aquella época, cuando tenía 23 años, trabajaba como alicatador. La primera, de nueve años, por violar a una panadera en su establecimiento y la segunda, de 26, por la agresión sexual y posterior asesinato de Ana Rosa Aguirrezabal, una limpiadora del bar Acua, situado en el barrio de Santa Lucía de la capital vasca.

Aquel crimen provocó una gran conmoción en Vitoria. La víctima fue localizada el 14 de diciembre en el suelo de la cocina del bar y presentaba varios cortes profundos en la garganta. Tenía el cuello prácticamente seccionado. El 6 de enero de 2001 Guillermo fue detenido como presunto responsable de lo que se conoció como 'el crimen del Acua' y un año y medio después se produjo un juicio en el que se pusieron sobre la mesa pruebas que apuntaban en la misma dirección, la de este hombre cuyo paradero, a falta de casi una década de pena por cumplir, ahora se desconoce. Suyas eran las únicas huellas de calzado y de la palma de la mano encontradas en el local, se localizaron en la cazadora del acusado «restos celulares» de la asesinada, la declaración de los testigos...

«Esa noche tomé muchas copas y cocaína. Me despedí de un amigo y no me acuerdo de nada más, ni siquiera de cómo llegué a casa», dijo Guillermo ante la Audiencia de Álava, donde se autoinculpó del crimen, cambiando la versión que dio ante la Ertzaintza durante los interrogatorios. «Me tuvieron dos días en el calabozo y me dijeron que o declaraba eso o mi hermano se iba conmigo a la cárcel», trató de justificar. El tribunal no le creyó.

En cambio, sí consideró ciertas las palabras de los psiquiatras que comparecieron en el juicio. Uno de ellos afirmaba que la personalidad de Guillermo era «antisocial y sádico-agresiva», algo que relacionaba con el maltrato que había sufrido por parte de su madre.

El condenado entró en prisión por primera vez en el año 2001, cuando todavía no se había celebrado el juicio y, por tanto, no había una condena firme por las violaciones y el asesinato en la ciudad alavesa. Esta llegó en 2004 y desde entonces hasta 2009, momento en que aterrizó en Santoña, estuvo hasta en tres cárceles nacionales diferentes. Pasó por Logroño, Nanclares de la Oca (País Vasco) y Mansilla de las Mulas (León). Las dos condenas sumaban 35 años, pero se refundieron y finalmente se quedaron en 22.

Soberbio, pero tranquilo

Quienes han convivido con Guillermo muros adentro le califican como una persona «soberbia, pero tranquila». En todo el tiempo que lleva en la prisión cántabra no ha tenido ningún episodio de violencia ni ha sido un foco de problemas. Cero conflictos en su historial. Eso sí, apenas tenía relación con el resto de internos o funcionarios, un rasgo muy característico de los condenados por este tipo de crímenes, que no son vistos con buenos ojos por el resto de la población reclusa. Hacía su vida sin apenas hablar con nadie.

Ese carácter tranquilo ya lo demostró cuando se encontraba en prisión provisional. Uno de los médicos calificó su comportamiento como «modélico» y defendió que no encajaba con el de una persona con un alto consumo de cocaína, que se habría sentido abatido y habría necesitado una atención psiquiátrica seria. Con esa afirmación intentaba demostrar que no cometió el crimen bajo los efectos de ninguna sustancia estupefaciente.

Ha sido en los últimos meses cuando ha comenzado a disfrutar de los permisos penitenciarios que dan la opción a salir a la calle. Todos los anteriores habían sido de tres días y los había cumplido de manera escrupulosa, como subraya su abogado, el mismo que le defendió en el juicio hace ya más de una década. Pero el que comenzó el 15 de julio y concluía el 22 era, por primera vez, de una semana completa.

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