Los guardias civiles relatan escraches sin asaltos a sus alojamientos en el 'procés'

Protesta ante un cuartel de la Guardia Civil en Barcelona el 17 de septiembre de 2017. / EFE

Describen episodios de hostigamiento callejero, algunos organizados, en cuarteles y hoteles por toda Cataluña antes del referéndum del 1-O

Mateo Balín
MATEO BALÍNMadrid

El juicio del 'procés' secesionista catalán cerró este jueves su séptima semana con las declaraciones de una decena de guardias civiles y cuatro mossos d'Esquadra. Todos ellos estaban acuartelados en Cataluña durante el 'procés' o formaron parte del dispositivo del referéndum del 1 de octubre de 2017. En línea con el testimonio realizado por otros compañeros, los agentes del Instituto Armado relataron al tribunal del Supremo que sufrieron «hostigamiento», «temor» y «tensión» en una multitud de escraches a los cuarteles y hoteles donde se alojaban, si bien precisaron que no hubo riesgo de asalto, detenidos o agresiones.

Los guardias civiles fueron testigos de algunos de los 117 actos de protesta callejera que el Cuerpo contabilizó en las cuatro provincias de Cataluña durante dos meses, desde primeros de septiembre hasta la primera semana de noviembre, tras la aplicación del artículo 155 y la intervención de los Mossos por parte del Gobierno.

Todas estas acciones, relataron, tenían en general poco de espontáneas y en algunos casos llegaron a reunir a más de 2.000 personas frente a los cuarteles. Las caceroladas, pegada de carteles, pintadas e insultos protagonizaron aquellos episodios, que demostraron, según los agentes, que «se había perdido la vergüenza» a la autoridad con una actitud clara de «yo hago esto porque quiero».

Un agente cuenta el ataque con un artefacto casero y tres mossos confirmaron las agresiones en Sabadell

El valor jurídico de sus testimonios, además del relato en sí de los hechos, fue la condición que le dieron a los escraches: «organizados, estructurados y orquestados», señalaron la mayoría de los testigos, puesto que algunos de esos carteles los habían distribuido los partidos y asociaciones, como ocurrió en la protesta frente al cuartel de Valls (Tarragona). Esta descripción coincide plenamente con el relato de la Fiscalía en su escrito de acusación, por lo que será valorado por el tribunal en sus deliberaciones.

En cambio, otros guardias sí le dieron un carácter más espontáneo, fruto de llamamientos ciudadanos en las redes sociales, hasta el punto de que más que protestas eran «performances». Así lo definió el jefe del acuartelamiento de Manresa (Barcelona), que vio como centenares de personas simularon que votaban con urnas de cartón e izaron una estelada del mástil del cuartel, después de que un guardia retirase la bandera española para evitar problemas. «Fue bastante impactante», reconoció uno de ellos este jueves.

Y aquí, como en la mayoría de las protestas callejeras a las fuerzas de seguridad del Estado, los guardias se dedicaban a aguantar en el interior hasta que la protesta se fuera desinflando, si bien en Manresa trataron de crear un perímetro de seguridad, pero los Mossos no atendieron a esta petición, señalaron.

Reforzar la violencia

Los fiscales hicieron hincapié en saber cómo afectaron estos actos a los familiares que residen en los acuartelamientos, en su intento por reforzar la carga probatoria de la violencia. De hecho, el episodio más preocupante ocurrió en el cuartel de Igualada (Barcelona) el 28 de septiembre, cuando cayó un artefacto incendiario, que era «un bulto de ropa y trapos que estaba envuelto en algo impregnable», probablemente gasolina, que lanzó una persona que iba «embozada» y con pasamontañas, y que no pudo ser detenida.

Estos sucesos se dieron también frente a dos hoteles de La Seo de Urgell (Lleida), que alojaban guardias civiles y que provocaron que los propietarios no renovaran sus reservas. Los protagonistas aquí fueron los bomberos que se unieron a las protestas subidos a un camión. Este jueves también comparecieron cuatro mossos. Los tres que, junto a los dos agentes de este jueves, resultaron heridos el 20-S en un registro de Sabadell (Barcelona) donde recibieron patadas, puñetazos y golpes con cascos.

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