Los acusados toman la palabra

Imagen de la primera semana del juicio con el banquillo de los acusados al completo con los doce líderes independentistas encausados./EFE
Imagen de la primera semana del juicio con el banquillo de los acusados al completo con los doce líderes independentistas encausados. / EFE

Los doce procesados y sus abogados tendrán dos días para convecer de que no hubo violencia | La estrategia de los líderes independentistas, intacta, pasa por seguir defendiendo que el derecho a decidir nunca puede ser delito

MELCHOR SÁIZ-PARDO y MATEO BALÍNMadrid

Que nadie espere las sorpresas de última hora habituales en los largos procesos penales, con pactos contrarreloj con la Fiscalía o arrepentimientos en busca de rebajas de condena. En las últimas 48 horas del juicio del 'procés' (este martes y miércoles) en las que hablarán los abogados de todos los imputados y tendrán la última palabra los doce líderes independentistas no va haber nada parecido a un 'mea culpa', avisan los letrados. Tras cuatro meses de vista oral, las posiciones procesales de los acusados se mantienen intactas. Ninguno de ellos tiene previsto reconocer que aquel otoño de 2017 pudo incurrir en delito alguno. Mucho menos en delitos tan graves como rebelión o la sedición.

Las estrategias de defensa en este tramo final no van a ser idénticas, porque hay algunos matices entre los abogados de los imputados que están dispuestos a luchar hasta el último momento por una rebaja en la condena (como, entre otros, los de Carme Forcadell o Joaquím Forn) o los que insisten en mantener un discurso más político a cuenta de mantenerse en el punto de mira (como Oriol Junqueras o los 'Jordis').

Pero todos ellos defenderán su inocencia bajo una misma tesis: la de que «votar nunca puede ser delito» y, por ende, poner los medios, facilitar u organizar un referéndum, aunque sea de independencia, no puede tener ningún reproche penal.

La mayoría de las defensas no tiene previsto negar la participación de sus clientes en los hechos porque éstos son incontrovertidos. Se van a centrar en rebatir la interpretación que de esos acontecimientos hizo la pasada semana la Fiscalía, que habló de «golpe de Estado», con «violencia» pero sin armas ni militares. Los abogados argüirán que el 'procés' -y particularmente la votación del 1-O- fue, al máximo, un acto de desobediencia civil, en el que la única violencia fue la ejercida por la Policía y la Guardia Civil enviada a impedir la consulta.

Todos las defensas, eso sí, van a soslayar el hecho de que los imputados que entonces eran miembros del Govern o del Parlament desoyeron las innumerables advertencias del Constitucional de que la tramitación de las leyes de desconexión, el referéndum y la DUI eran contrarios a la carta magna y violaban varios preceptos del Código Penal.

El asceta del independentismo que pasó inerte

El ascetismo es la doctrina filosófica o religiosa que busca purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales o abstinencia. Es un conjunto de procedimientos y conductas de doctrina moral que se basa en la oposición sistemática al cumplimiento de diversas necesidades. Oriol Junqueras, el «motor» del «golpe del Estado» en ausencia de Carles Puigdemomt, según concluyó la Fiscalía, ha pasado los cuatro meses de juicio como una suerte de monje asceta. Recluido en una esquina de la sala, sentado en una silla detrás su abogado, el presidente de ERC ha seguido las sesiones como si los graves hechos que se examinan no fueran con él. Ni los 25 años de prisión que pide el Ministerio Público, ni las menciones personales que han salido en la vista oral, han afectado lo más mínimo a su espiritual forma de afrontar el juicio, como un ser inerte. Esa conducta «respetuosa, pacífica y cívica» que invocó en su declaración de febrero para negar la rebelión -«he dicho mil veces que amo a España (...) pero somos independentistas. Este tiempo verbal indica continuidad en el tiempo», dijo-, configuran la percepción de que esta causa para Junqueras no ha sido un fin, sino un medio para continuar en la lucha por sus ideas. Y este papel lo ha cumplido a rajatabla. Centrado en su cuaderno, en escribir la estrategia política de ERC. En suma, en proseguir su hoja de ruta completamente ajeno al desarrollo del juicio.

La negacionista a la que le cayeron los años de golpe

La presidenta del Parlament hasta la aplicación del artículo 155 ha sido, sin ningún género de dudas, la acusada que más ha sufrido físicamente, al menos, las secuelas de los casi 15 meses en prisión preventiva. Abuela primeriza, Forcadell cumplió el pasado 29 de mayo 64 años, la mayor de los 12 juzgados, y su condición corporal se ha visto visiblemente mermada desde que comenzará el juicio en febrero. La exdirigente de ERC ha seguido el grueso de las sesiones sentada detrás de su abogada, al lado de su inseparable compañera de celda Dolors Bassa. Muy atenta al desarrollo de la vista, dialogando de forma reiterada con su letrada Olga Arderiu, se gesto más repetido ha sido la inclinación hacia adelante y la negación con la cabeza cuando algo -mucho de lo escuchado- no le gustaba, como si toda esta pesadilla fuera una tremenda injusticia. Se le vio especialmente nerviosa con la declaración del que fuera letrado mayor del Parlament, Antoni Bayona, testigo de referencia sobre el papel de la acusada en la configuración del armazón legislativo del 'procés'. Muy comentado entre los asistentes ha sido el amplio y elegante vestuario que ha exhibido durante toda la vista, casi a modelo por sesión. Una cuidada imagen que daba la apariencia a ojos de un profano de que aún ostentaba uno de los máximos cargos institucionales de Cataluña, si no fuera porque la Fiscalía le pide 17 años de prisión.

El agitador que no perdió detalle en toda la vista

La figura de Jordi Sànchez se ha ido agrandando conforme han pasado las semanas del juicio del 'procés'. El exlíder de la ANC, además de convertirse desde el banquillo en cabeza de lista de Junts per Catalunya en el Congreso, se ha ido descubriendo como una de las piezas claves del 'procés', sobre todo por su capacidad para controlar (o agitar, según convenía) a las masas. La revelación del jefe de los antidisturbios de los Mossos de que Sànchez el día del 'asedio' a la Consejería de Economía llegó a jactarse de que podía dirigir el despliegue policial con sendas llamadas al mismísimo Carles Puigdemont y al entonces consejero de Interior, Joaquim Forn, le supuso un duro y sobre todo inesperado varapalo, hasta el punto de que durante algunos días pareció desaparecer del juicio. Pero solo durante algunos días. Porque Sànchez ha sido, con mucho, el procesado más 'presente' en la sala. Ha sido difícil encontrar en las más de 600 horas de vista una sola ocasión en la que estuviera distraído. El exlíder de la ANC decidió sentarse desde las primeras jornadas a la espaldas de su abogado, Jordi Pina, para comentar con el letrado en directo cada una de las declaraciones. Incansable -casi cansino a tenor de las miradas que alguna vez le dirigió su propio abogado- Sànchez ha rebatido en voz baja cada argumento en su contra y ha negado con visibles aspavientos las declaraciones que no compartía.

La eterna e inquietante sonrisa

Ni un solo segundo ha dejado de sonreír. Ni siquiera cuando le estaban acusando de haber movilizado a la masa para una rebelión contra el Estado se le borró esa mueca que, a veces, era inquietante. Ha sido también el único de los procesados en prisión que no ha querido abandonar el banquillo. Desde allí se ha dedicado a dar la bienvenida con su eterna sonrisa a los centenares de testigos, con independencia de si venían de las acusaciones o de las defensas. Cuixart, también con esa sonrisa, e incluso con cierto alborozo, fue el que defendió en su declaración que el 1-O fue «el ejercicio más grande de desobediencia civil que ha habido en Europa». Pero nada más. En aquella declaración, casi despreocupada, fue en la que Cuixart fue reprendido por Manuel Marchena por el uso indiscriminado de palabras mal sonantes como «hostias» y «collons». El desenfado de Cuixart en el banquillo ha contrastado con el aparato mediático que le ha rodeado. Y es que el procesado sigue siendo el presidente de la todopoderosa y pudiente Òmnium Cultural, y eso se ha notado hasta el punto de ser el único inculpado con un 'gabinete de prensa' propio en el juicio, encargado, a través de grupos de 'WhatsApp', de contradecir las acusaciones. Sus abogados, también de Òmnium, han sido algunos de los que más han enervado al presidente por presentar testigos «opinativos» ante el tribunal.

La montaña rusa y los pitillos del receso

«Los ciudadanos de Cataluña no son ovejas, no son gente que está militarizada. La gente tiene criterio. Estamos en el siglo XXI». Esta reflexión de Turull en su declaración define, en cierto modo, la manera que ha tenido de afrontar el juicio. Con la rabia propia de quien ve una injusticia, el que fuera candidato a presidir la Generalitat ha pasado las sesiones como una montaña rusa: a ratos atento, otros leyendo y en los recesos fumando sin cesar.

La mano derecha del líder espiritual

Todo líder espiritual tiene una mano derecha que la aconseja. Romeva ha vivido la vista pegado a Junqueras, su jefe político. En la primera fila del banquillo durante las primeras sesiones y detrás de su abogado el resto. Ha pasado bastante desapercibido, pero a diferencia de la mayoría de sus compañeros presos ha seguido, al menos con la vista, el desarrollo del juicio. Parco en palabras, considera la vista como un medio para el independentismo.

El sufridor que lo fió todo a su abogado

Representa como ninguno el sufrimiento de los acusados. Al menos eso es lo que ha mostrado su cara. Su nombre ha sido uno de los más señalados por Fiscalía y testigos de referencia. Solo estuvo tres meses en la consejería de Interior y se juega 16 años de prisión. Apostó por separarse de sus colegas de ERC para buscar una defensa jurídica para su causa. Muy puntilloso con su abogado Javier Melero, no ha perdido ojo a la vista.

El lector empedernido que perdió el hilo

Uno de los grandes enigmas de las 52 jornadas ha sido el libro de Rull. Tapadas sus cubiertas para pasar desapercibido, se le ha visto muy centrado en las letras, pasando páginas y asintiendo cuando algo le parecía interesante. Ha estado absolutamente ausente durante muchas horas. Y solo cuando los testigos -pocos- le afectaban directamente, seguía atento su declaración, pero en líneas generales perdió pronto el hilo del juicio.

La fiel compañera de confidencias

Casada, con dos hijos ya mayores y una nieta, dicen sus allegados que es una mujer «entrañable». «Es muy 'chiquitina', parece incapaz de hacerle daño a nadie», opina un conocido en la sala de vistas. Maestra y sindicalista de UGT reconvertida al independentismo, ha sido la inseparable compañera de Forcadell. No solo en el juicio sino en las prisiones donde llevan casi 15 meses. Muy atenta al juicio, no ha dejado de tomar notas estos meses.

El letrado retraído que pasó de puntillas

Su condición de abogado y su carácter retraído, apenas ha dejado ver sus emociones en la sala de vistas, han caracterizado su paso por el Supremo. Prudente, alejado de la línea dura de otras defensas, ha preferido pasar de puntillas consciente de su posición intermedia y la alta probabilidad de que todo quede en un mal sueño. No se ha movido del sitio pese a que los nervios de la primera sesión, allá por febrero, le jugaron una mala pasada.

La extrovertida que aguantó el tipo

Cercana, habladora, extrovertida y agradable. Así se ha desenvuelto fuera de la sala de vistas la acusada, que comenzó las sesiones algo nerviosa pero que pronto cambió su manera de afrontar el juicio. No es para menos. No está en el grupo de la rebelión ni en prisión preventiva. Y este factor diferenciador le hicieron atisbar su horizonte procesal de forma más sosegada. Se le ha visto muy integrada con sus colegas de banquillo: Vila y Mundó.

El risueño «botifler» que se ganó al personal

La esencia del acusado que asumió desde el inicio por qué estaba ante el tribunal. Cuando se estira mucho la cuerda, al final se rompe. Y la imprudencia tiene consecuencias, viene a pensar. Dicharachero, guasón y risueño, le señalaron como el «botifler» (traidor) del 'procés' y en el juicio quisieron aislarlo. Pero acabó congeniando con sus compañeros de banco. Llegó a pedir los 50.000 euros de fianza por su «extrema necesidad» económica.