¿Cómo pudo llegar Villarejo a los más altos despachos?

José Manuel Villarejo /Jorge Zapata (Efe)
José Manuel Villarejo / Jorge Zapata (Efe)

El excomisario se labró durante años con sus historias de 007 una aureola de policía clave en la seguridad del Estado

Melchor Sáiz-Pardo
MELCHOR SÁIZ-PARDOMadrid

¿Cómo un personaje tan turbio como José Manuel Villarejo podía codearse hasta hace tres años con las más altas instancias políticas y judiciales del país? ¿Cómo llegó el excomisario en 2009 al despacho de María Dolores de Cospedal en Génova o a compartir mesa, mantel y todo tipo de confidencias con Dolores Delgado y Baltasar Garzón? ¿Cómo pudo un tipo como él llegar a entrevistarse con Corinna zu Sayn-Wittgenstein en su domicilio de Londres y en compañía de Juan Villalonga?

La respuesta, y en eso coinciden todas las viejas glorias policiales entrevistadas para este reportaje, es que «la imagen de aquel Villarejo no era ni mucho menos la del Villarejo que se conoce hoy». El Villarejo presunto delincuente de hoy, especialista en grabar a todos sus interlocutores por si llegado el momento podía sacar algún partido de esos audios, comenzó a salir a la luz al mismo tiempo que el gran público comenzó a conocer de su existencia entre 2014 y 2015 a raíz de una triple coincidencia: su implicación en los casos 'Gao Ping', 'Pequeño Nicolás' y 'Ático de González'.

Hasta entonces, Pepe Villarejo era, probablemente, el mando policial más valorado por sus superiores uniformados y políticos, que le compraban sin filtros sus historias dignas de agente 007 y miraban hacia otro lado cuando llegaban los rumores de que andaba por el filo de la legalidad.

Sus jefes le toleraban todos su deslices porque le consideraban como una pieza clave en la seguridad del Estado desde que en 1993, entonces como inspector jefe, se reintegrara en la Policía, cuerpo había abandonado diez años antes tras enfrentarse, entonces como líder sindical, con el mismísimo Felipe González y el director de la institución, Rafael del Río. Volvió, según decía él mismo, a petición del socialista José Luis Corcuera, convertido ya en un empresario y en espía. Villarejo se vanagloriaba de que sus contactos eran demasiado preciados para dejarlos sin aprovechar.

Sea como fuere, consiguió cobrar de la Policía sin tener nunca un puesto de trabajo asignado en ninguna dependencia policial. Llegó a ser comisario de «servicios especiales» cuando esa unidad no existía y logró la protección directa de Interior sin interrupción, desde 1993 a 2014. Los ministerios que dirigieron José Luis Corcuera, Antoni Asunción, Juan Alberto Belloch, Jaime Mayor Oreja, Mariano Rajoy, Ángel Acebes, José Antonio Alonso, Alfredo Pérez Rubalcaba y Antonio Camacho le facilitaron fondos reservados e identidades falsas (se hizo llamar Javier o Villar entre otras muchos nombres).

«Era Dios»

«Todos los secretarios de Estado, (porque ellos controlaban el registro de identidades falsas), todos los directores de la Policía, todos los subdirectores del cuerpo y, buena parte de los ministros conocían de la existencia de Villarejo y sabían que compaginaba sus negocios (desde clínicas contra la impotencia masculina a empresas para la contratación de artistas) con sus actividades policiales. Sabían a lo que se dedicaba y se lo toleraban», afirma con rotundidad uno de los comisarios que compartió aquellos años. «Villarejo se había convertido en Dios y tenía acceso a todos. Todos le cortejaban», resume el mismo comisario.

Villarejo respondió con creces a tanta manga ancha de sus jefes. O al menos, eso narraba él mismo en las sobremesas, que luego se amplificaban por todo el cuerpo. Se jactaba de haber puesto su trama empresarial (de la que entonces no se conocía que había sido construida de forma turbia a través del blanqueo) al servicio de las operaciones más delicadas de la Policía.

Él mismo presumió ante algunos de los mandos entrevistados para esta información que usó sus empresas para colocar camareros en bares frecuentados por miembros de ETA en el País Vasco francés o que sus redes lograron vender a los etarras explosivos en Bruselas con mochilas balizadas para su seguimiento. Unas historias que nunca han sido corroboradas. Sus empleados en América Latina, y eso sí que lo admite un alto mando de los servicios de información, de la Policía, informaban puntualmente de los movimientos de la colonia terrorista, particularmente en Uruguay y Cuba.

El caso es que su supuesta ayuda a la lucha antiterrorista (verdadera o inventada) le abrió las puertas a la Audiencia Nacional, hasta llegar al mismísimo juez Baltasar Garzón, a quien había intentado desacreditar en 1994 a cuenta de los GAL (con el 'informe Veritas') y que luego se convirtió en íntimo amigo.

46 empresas

Para entonces, el excomisario y sus 46 empresas servían para todo. O eso afirmaba él a quien le quisiera escuchar y servir de altavoz al mito de héroe que estaba alimentando. Si había que captar al traficante de armas Monzer Al Kassar, allí estaba él. Sus compañías, afirmaba, sirvieron de tapaderas para infiltrarse en las redes yihadistas de finales de siglo en Oriente Medio (él mismo presumía de haberse disfrazado de tratante de caballos). El dinero que salía de sus empresas pagaba confidentes en Melilla.

Dicen que, incluso, España consiguió pasar datos a la CIA sobre el tráfico marítimo de agentes químicos para uso terrorista gracias a los chivatazos que le daban al excomisario. «Llamaban a Villarejo cuando había que liberar a un español secuestrado en el extranjero y casi siempre salía bien», recuerda un alto responsable del Gobierno.

Solo algunos de los excompañeros del excomisario, preso desde hace un año, aseguran que nunca supieron que grababa todas sus reuniones. La mayoría, admiten que lo sospechaban o, directamente, lo sabían. Sobre todo, en los últimos tiempos.

Ahorros para la jubilación

Los que le conocen a José Villarejo afirman que a partir de 2006-2008, cuando vio acercarse su jubilación, empezó a cambiar su forma de actuar conforme aumentaban las grabaciones. Fue arrinconando (que no dejando totalmente) sus supuestos trabajos «al servicio del Estado» para potenciar una suerte de «superagencia de detectives privada» aprovechando su aureola de mito policial y sus contactos tanto dentro como fuera de la Policía. Incluso, usando medios del Ministerio del Interior, como las bases de datos confidenciales, para realizar informes, como el que le encargó el empresario Juan Muñoz, marido de Ana Rosa Quintana.

Sus tarifas a los 'VIP' eran astronómicas, hasta 200.000 euros por un dossier, y sus métodos (incluida la obtención de información a través de prostitutas, «vía vaginal», como él la denominaba) fueron tendiendo cada vez más al «chantaje».

Esa es la época, explican mandos policiales, en que se reunió, todavía con el marchamo de policía pata negra, con Dolores de Cospedal para recibir encargos al margen de su trabajo en el Ministerio del Interior.

Villarejo, el comisario sin rostro, el de los grandes y supuestos servicios a España, estaba comenzando a convertirse (o simplemente a revelar su auténtico rostro) como el Villarejo delincuente y mediático. En el comisario de las grabaciones y las redes de extorsión.

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