La última entrevista de Carmen Alborch: «No renuncio a encontrar a alguien a quien coger de la mano de otra manera»

La última entrevista de Carmen Alborch: «No renuncio a encontrar a alguien a quien coger de la mano de otra manera»
Manuel Molines

La exministra concedió antes de verano una entrevista a 'Las Provincias', en la que la ya exsenadora socialista y escritora habló de su reencuentro con la universidad

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Acaba de aterrizar en Valencia, ya de forma definitiva después de un periplo de varias décadas en la escena pública, que tuvo su punto álgido como ministra de Cultura y ha terminado en el Senado. Se reincorpora a la Facultad de Derecho, donde se forjó aquella mujer que fue rompiendo, no sin un coste emocional, innumerables techos de cristal. Nos encontramos en el jardín botánico, un lugar que le trae recuerdos familiares, asociados a su padre, quien adoraba las plantas. Parece tranquila, «en tránsito», intentando adaptarse a una nueva vida en la que el teléfono «no ha dejado de sonar». No en vano Carmen Alborch conserva un ascendente importante en el mundo de la cultura y el feminismo y le salpican de ofertas para presentar libros, asistir a estrenos e inauguraciones o participar en movimientos reivindicativos, siempre con un objetivo muy presente: «Todos viviríamos más a gusto si hubiera menos desigualdades».

-Deja el Senado, ya está en la vida de a pie, ¿cómo ha sido ese cambio? ¿Siente que le falta algo?

-Prácticamente hasta principios de febrero estuve en Madrid como miembro de la Diputación Permanente del Senado y luego me he incorporado a la Facultad de Derecho, donde me estoy reciclando. Creo que ha estado muy bien, porque es como cerrar el círculo, volver al sitio de donde me fui antes de iniciar mis responsabilidades políticas.

-¿Cómo la han recibido?

-Muy bien, coincidió mi vuelta con la celebración del Día de la Mujer y la decana de la facultad organizó un homenaje a todas las que llevábamos más de 25 años. Ahí nos dimos cuenta del tiempo que había transcurrido. Y como siempre he tenido casa en Valencia, no ha sido un desarraigo. Hay además otra cosa fundamental, y es que si no pierdes a los amigos de tu lugar de origen supone un anclaje estupendo; además de la familia, por supuesto.

-¿Ha sentido entonces que Valencia era su lugar, que por Madrid estaba de paso?

-Siempre he sabido que mi lugar era éste. Irme a dar un paseo por el cauce del río Turia un domingo por la mañana, o por donde más me gusta, por la playa Es que son mis raíces. Madrid lo identifico más con el trabajo, y aunque también tengo buenos grupos de tertulias, además del teatro o la posibilidad de ver muchas exposiciones, en todo momento lo he vinculado a las actividades de entre semana. Tengo una cierta sensación de que para encontrarme a mí misma este es mi entorno.

-Usted no es de Valencia, sino de un pueblo muy pequeño que se llama Castelló de Rugat. ¿Qué bagaje lleva encima que provenga de allí?

-Guardo unos recuerdos fantásticos con mis yayos, con una libertad que no te da la ciudad. Ya de muy joven acudía a bailar a la verbena, jugaba en la calle o iba al cine, actividades que aquí en Valencia no podía hacer. En la casa de mis abuelos siempre había algún lugar secreto donde buscar misterios. Y mis padres, con mis tíos, tenían dos casas gemelas porque eran dos hermanos que se casaron con dos hermanas, donde abajo estaba el almacén de zapatillas. Ya de mayores íbamos en Navidad y en San Vicente, una tradición que hemos vuelto a recuperar con una familia, ahora, completamente diferente, crecida, hermosa, con los sobrinos nietos. Nosotros decimos que es como la Toscana italiana, la Vall dAlbaida está muy bien. Recuerdo cuando me nombraron hija predilecta del pueblo. Aquello fue muy emocionante, con la banda de música, la subida a la ermita. Y ver a la mujer que me cuidaba cuando era pequeña y todavía me dice la meua xica. Hay un entramado de afectos que siguen estando aquí.-Sus padres optaron por emigrar, venirse a la capital.-Siempre les agradeceré que decidieran ser emprendedores, porque en la ciudad había muchas más oportunidades. Imagínese que íbamos a las Esclavas y mis primas tenían que estar internas, mientras yo disfrutaba del privilegio de vivir con mis padres.

-¿Qué le ha quedado de ese emprendedor que era su padre?

-El tener iniciativa, el arriesgar, seguramente ser un poco osada. El atreverte a iniciar ciertos caminos, la imaginación y un espíritu de hacer cosas que he volcado en el tema público pero también en lo privado con la galería Temple, por ejemplo. La curiosidad creo que es otro elemento esencial para no anquilosarte. Mis padres eran muy modernos y eso me gusta.

-Este lugar, el jardín botánico, le trae a usted muchos recuerdos.

-A mi padre le encantaban las plantas y aquí se encontraba muy a gusto. Venía mucho y también iba a Nàquera, donde tenía ya de mayor un jardín muy bonito. Le gustaba estar en contacto con la tierra. Recuerdo que pasaba horas y horas solo. Era para él una manera de hacer su tránsito, de irse despidiendo del mundo, después de haber tenido una vida muy agitada.

-Usted empezó en la universidad y, como dice, ahora vuelve. ¿Qué le gustaría transmitir a esos alumnos tantos años después de que usted se fuera?

-La pasión por el conocimiento, que los títulos puede que no resulten todo lo eficaces que deberían, pero es que aprender, la reflexión, el espíritu crítico y el saber pensar tiene un valor inestimable, aunque cuando eres joven no seas tan consciente de ello. Lo he echado de menos, el contacto con los estudiantes, de los que tenemos que aprender muchísimo, porque es tomar el pulso al país. Ahora me parecen jovencísimos, tienen unas estéticas informales que me encantan. A veces me dicen: «Cuando le cuente a mi madre que te he conocido». El día en que venga un alumno y me diga que su abuela estudió conmigo será estupendo.

-Ha conseguido casi todo en política. ¿Se considera una persona ambiciosa?

-No había hecho un proyecto vital de querer ser ministra y, ojo, me parece muy legítimo que haya chicas que lo tengan. Cuando me han planteado algo lo he convertido en un reto, y viene a colación de tomar iniciativas, de no tener miedo, de decirte a ti misma aunque sientas vértigo: «¿Por qué no?» A veces con muchísimas inseguridades, pero creo que sí he tenido la habilidad, combinada con la suerte, de estar en equipos buenísimos.

-¿Se ha sentido líder? ¿Ha visto que la gente la seguía?

-Líder es una palabra muy grande. Yo creo que hemos sido muchas las personas de mi generación que nos consideramos vanguardistas, y al estar ahí vamos intentando superar estereotipos que se encuentran anclados y son muy firmes. Intentar hacer las cosas bien, tener criterio, ser coherente y al mismo tiempo humilde. Al entrar en la escena pública causaba sorpresa, porque no había mujeres, así que sientes que tienes una responsabilidad que te motiva y te retroalimenta. De ahí a líder...

-Pero me da la impresión de que mujeres como usted se tienen que crear una coraza ante las críticas, para que ser vanguardistas no les llegue a afectar en su proyecto vital. ¿Cómo se consigue?

-No te hace desistir pero eso no quiere decir que no lo pases mal, todos somos vulnerables. A cualquiera nos gustaría que todo el mundo nos quisiera pero es imposible. Hay cosas ante las que lloras de rabia, de incomprensión, de sufrimiento. Por una crítica no, pero es que cuando lloramos, lloramos por muchas cosas al mismo tiempo. No sé si le pasa a usted: cuando suelto unas lágrimas en el cine lo hago por la película, pero también por la desigualdad en el mundo o porque me viene a la cabeza el recuerdo de mi madre, por ejemplo. Todo se junta.

-¿Ha llorado mucho?

-La injusticia siempre me ha generado mucha impotencia, porque a lo mejor has hecho un trabajo impresionante con tu equipo y no ha sido reconocido. Entonces no niego que alguna lágrima he soltado, pero en privado, en un rincón. Recuerdo cuando mataron a Tomás y Valiente. Entonces era ministra, tenía que ir con Felipe (González) a la SGAE y él se excusó porque estaba destrozado. Fue una de esas mañanas en las que explotas a llorar en público. Acababa de ocurrir y es tan horrible Pero no pasa nada, no es una muestra de debilidad llorar, y eso lo tendrían que aprender los hombres, porque se trata de manifestar una emoción.

-Quizás queda mucho camino por hacer. Los hombres no tienen problemas para hablar de términos como ambición o liderazgo mientras ocultan emociones. Las mujeres, al revés.

-Cuando yo era joven una mujer no podía ser ambiciosa, y menos en lo público. Ambición y mujer parecían términos contradictorios, casi si eras ambiciosa habría que temerte. Sin embargo, una niña ya puede decir que quiere ser presidenta del Gobierno. Por ejemplo, yo ahora quiero ganar dinero para ser mecenas (ríe). Es como la respuesta a esa pregunta que te hacen, ¿de mayor qué quieres ser? Es que veo que hay unos proyectos culturales fantásticos y pienso que tener recursos económicos para desarrollarlos sería estupendo.

-En un mundo donde no hubiera cultura, desde luego no estaría Carmen Alborch.

-Imposible, imposible. ¿Se imagina un mundo sin música, sin literatura, sin películas, sin teatro, aparte de las obras de arte? Yo procuro ir todas las semanas al cine y soy asidua del teatro o la ópera. Además leer me entusiasma, pero es que las series, las películas que ponen en televisión, también es cultura. Hay programas que son deleznables, que no los veo, pero al mismo tiempo es un medio que te facilita el acceso a contenidos que son fantásticos.

-Su libro Solas es un referente para muchas mujeres. ¿Continúa viéndose sola en el futuro?

-Me veo como ahora, una falsa sola. Estoy sola en el sentido de que no tengo pareja, pero vivo siempre rodeada de personas a las que quiero y que me quieren, y además de muy distintas maneras, porque los afectos no son un único tipo de amor. Así que, aunque hace muchísimo tiempo que no tengo a nadie a mi lado, no hay que cerrar ninguna puerta a nada. No renuncio a encontrar a alguien a quien coger de la mano de otra manera, no hay que bloquearse en ese sentido.

-¿Se ve tranquila?

-Me gustaría tener unos recursos que me permitieran estar tranquila, llevando una vida saludable, tanto física como emocionalmente. La Nobel de Medicina, Rita Levy-Montalcini, decía con cien años que su cerebro estaba mejor entonces que cuando era más joven, porque tenía curiosidad, activa la cabeza y se preocupaba por los demás. Si eso lo practicas, ya hay bastante ganado. Bueno, debería hacer más ejercicio físico, pero siempre digo: «Ya lo haré». Y luego reírnos. El sentido del humor es fundamental aunque haya momentos en los que te malhumoras porque te duele la espalda, porque te conmueven situaciones de desigualdad, por incomprensión

-¿Está satisfecha cuando echa la vista atrás? ¿Tiene muchas losas?

-Me siento muy afortunada, aunque soy consciente de mis errores y me riño con frecuencia a mí misma. Además, exijo bastante a los demás y cuando alguna vez he tenido un pronto o una reacción brusca me ha provocado luego un gran desasosiego. No me cuesta pedir perdón e invierto mucho tiempo en intentar corregirlo.

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