Una larga calle con mucho encanto

Castrojeriz, uno de los hitos del Camino de Santiago, en la provincia de Burgos. /Javier Prieto
Castrojeriz, uno de los hitos del Camino de Santiago, en la provincia de Burgos. / Javier Prieto

Castrojeriz, uno de los hitos del Camino de Santiago en la provincia de Burgos

JAVIER PRIETO

Prueba de que echarse a los caminos y viajar hasta la tumba del apóstol Santiago era de todo menos un juego es que Castrojeriz llegara a contar hasta con siete hospitales de peregrinos. Es decir, a estas alturas del Camino, con un par de etapas por delante todavía para alcanzar la mitad del recorrido –para quienes hayan comenzado en Roncesvalles, claro–, los peregrinos llegaban en tal estado físico y mental que lo que en realidad necesitaban antes de continuar era una reparación integral de mecánica, chapa y pintura. Solo así se explica tal profusión de entidades religiosas dedicadas a tratar llagas, fiebres, calenturas, cojeras y desvaríos varios.

Con tantas camas y enfermeros volcados en aliviar los destrozos que causaba el andar por aquellos caminos sin ley, Castrojeriz debió de lucir durante el esplendor de las peregrinaciones medievales como una de las «áreas de servicio» más anheladas en el largo viaje hacia poniente. Y todo ello sin mencionar aún que quienes llegaban a Castrojeriz por la vía jacobea debían hacerlo pasando antes por la misma puerta de un hospital que se encontraba situado dos kilómetros antes de la localidad: el General de San Antón, uno de los hospitales de peregrinos más famosos de toda Europa.

Por todo esto, y por la estupefacción que produce ver cómo la carreterita que llega desde Hontanas se cuela por entre las arcadas del pórtico de aquel viejo monasterio, merece la pena empezar la visita a Castrojeriz tal cual la hacían –y la hacen hoy en día– los peregrinos que viajan hacia Santiago: acercándose antes hasta las ruinas del hospital de San Antón, sede en su momento del Comendador Mayor y Preceptor General de la Orden para toda Castilla, Andalucía, Granada, Portugal y las Indias Orientales. En España, la orden desapareció por petición del rey Carlos III en 1791 y los restos del hospital se pusieron en venta con las desamortizaciones del siglo XIX.

Distintas instantáneas de Castrojeriz. / Javier Prieto

Lo de pasarle el camino bajo sus arcos sucede desde que en el siglo XVI se construyeron unos contrafuertes para afianzar una fachada que acusaba las fatigas propias de quien ha visto pasar sin inmutarse a tanto desfallecido.

Casi sin tiempo para reponerse de las melancolías que despierta el esqueleto arquitectónico aún en pie, aparece enseguida el recorte en el horizonte de Castrojeriz, una localidad cuyos orígenes se remontan al estratégico castro vacceo habitado en torno a los siglos IV y II a.C., pero cuyo desarrollo, historia y trazado urbano quedó indisolublemente unido al paso por ella del Camino de Santiago. Presidida desde lo alto por las ruinas de un castillo legendario, Castrojeriz es, sobre todo, una larga calle-camino de casi dos kilómetros de longitud, una de las más extensas de todo el Camino y, junto a la capital, uno de los dos hitos jacobeos más importantes de la provincia.

La entrada en la localidad se hace por el barrio crecido en torno a la excolegiata de Santa María del Manzano, uno de los tres enormes templos que despuntan sobre los tejados del caserío. El edificio, además de templo, es un enorme cofre lleno de tesoros expuestos al público en forma de Museo de Arte Sacro, que contiene tallas medievales, pinturas flamencas, pergaminos, piezas de orfebrería y una escultura en piedra policromada del siglo XIII, la de la Virgen gótica que el rey Alfonso X el Sabio convirtió en protagonista de un puñado de milagros que los peregrinos hicieron famosos a fuerza de repetirlos por el Camino.

De ahí en adelante, el caserío de Castrojeriz es como un chicle cuyo eje vertebrador fuera la calle Real. En ella se encuentra, enseguida, la iglesia de Santo Domingo, notable templo de hechuras góticas reconvertido en Oficina de Turismo y en el Centro de Interpretación sobre el Camino de Santiago 'Iacobeus'.

Base de la fortaleza.
Base de la fortaleza. / J. Prieto

Más adelante se abre la plaza Mayor, un pequeño desahogo urbano de perfil tan estirado como el resto del caserío, con soportales y casas de distinta época. Y en el otro extremo del chicle queda el templo de San Juan, levantado en parte, en el siglo XVI, por Rodrigo Gil de Hontañón, arquitecto de las catedrales góticas de Salamanca, Segovia y Plasencia. En su interior, además de un encantador claustro, encontramos una colección de enterramientos de muchos de quienes en los siglos XV y XVI, la época de esplendor tanto de la villa como de toda la Castilla lanera, acabaron convertidos en ricos mercaderes de lanas gracias al comercio establecido con los Países Bajos. Hoy, para explicar todo eso, acoge la exposición permanente 'De Castrojeriz a Brujas. Comercio y mecenazgo en el Camino de Santiago'.

No se acaban aquí las sorpresas de Castrojeriz. Callejeando hacia abajo aparecen estupendas muestras de arquitectura señorial, como la Casa de Gutiérrez Barona o los restos del palacio de los condes de Castro, y también popular, como las casas medievales del Arco de la Sardina; un estupendo Museo Etnográfico repleto de objetos del ayer; los restos del convento de San Francisco comidos por la vegetación o el de Santa Clara, en el que es pecado no salir con una caja de sus «puños de san Francisco».

Hacia arriba quedan sus bodegas, casas cueva y, en lo más alto, la guinda de la visita: un castillo de vistas tan largas –y estratégicas, claro– sobre las circundantes llanuras como densa es su dilatada historia.

Información: Oficina de Turismo (iglesia de Santo Domingo). Miércoles a domingo, teléfono 947 37 85 88;web: castrojeriz.es