Los cooperantes españoles piden mejores condiciones laborales

Jóvenes misioneros en una calle de Ebebiyin/R. C.
Jóvenes misioneros en una calle de Ebebiyin / R. C.

En España más de 2.500 personas trabajan en organizaciones internacionales, religiosas y ONG con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la población de 96 países

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

El acto para celebrar el Día del Cooperante comenzó con un minuto de silencio. Dos miembros de Acción Contra el Hambre habían sido asesinados en Sudán. Un recordatorio del riesgo que asumen los que trabajan en el terreno en proyectos de desarrollo o humanitarios. En España hay 2.677 personas cooperando en distintos proyecto en 96 países, según datos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid). Un cuerpo de ayuda formado, en su mayoría, por mujeres (56%), de más de 35 años, que está adscrita a algún organismo religioso (42%). «No tiene un valor estadístico», advierte Aina Calvo, directora de la agencia. «Es una fotografía». Las cifra de cooperantes llega a 2.808 si se incluye a los integrantes del equipo Start, que viajó a Mozambique, cuando ocurrió el ciclón Idai.

Quienes se «enfrentan con nobleza a un mundo despiadado», explica Calvo, se encuentran en África Subsahariana (42%), América (38%) y Magreb y Oriente Próximo (11%), y además de organizaciones religiosas, también pertenecen a Organizaciones No Gubernamentales (32%), otros organismos internacionales (17%) y a la propia Aecid (6%). Gente altruista que, sin embargo, no está contenta con sus condiciones de trabajo. «Reivindicamos mejoras laborales», exigió Julián Egea, responsable de la Aecid en Panamá desde 2008. «Nuestras carencias están en las retribuciones, la seguridad social, el desarraigo. Lo de hoy (el asesinato de dos cooperantes) es una muestra palpable de que estamos al borde del abismo. Por qué no ocurren más desgracias».

La situación de los españoles que están por el mundo para brindar «solidaridad» a los «más vulnerables» necesita una revisión, coincidió Juan Pablo de Laiglesia, secretario de Estado para la Cooperación: «La mejor fortaleza de la cooperación española reside en su capital humano en todos los niveles y escenarios. La construcción de sociedades más justas, pacíficas y sostenibles no sería posible sin el altruismo de los que trabajan en la cooperación. Pero también hay que dar satisfacción a sus exigencias, como el grado universitario, la cobertura de los derechos sociales y el retorno a la profesión en España con una justa retribución».

«En caso de no satisfacer estas expectativas, corremos el riesgo de descapitalizarnos», concluyó De Laiglesia.

Juego de equilibrio

Aunque la cooperación internacional «puede significar voluntariado en algún momento también es una profesión», mantiene Marta Pérez de Pulgar, consultora independiente experta en Oriente Medio. «Nos enfrentemos a dilemas frente a los recursos moderados. Establecer prioridades, y eso significa que alguien se quedará sin atención».

Pérez del Pulgar dice que al resolver esos dilemas se parece a «jugar a ser Dios», y buscar el equilibrio entre la satisfacción de «salvar una vida» y la frustración de no saber «qué va a pasar con la vida» del que queda fuera del sistema de cooperación. «Cooperación o barbarie», dice Eliza Paz, de la Alianza por la Solidaridad-ActionAid. «La frustración es parte del trabajo. Pero los cooperantes tienen resilencia. Al final del día, lo que pesa es la satisfacción».

Una estrategia, la del «día a día», para encarar el «desastre» de lo «macro» y quedarse con la «satisfacción de lo micro», en palabras de Egea, que pone de ejemplo su trabajo con «70 chavales que eran pandilleros y ahora trabajan de soldadores en el Canal de Panamá. Se estaban matando con pistolas y oliendo pegamento el año anterior». No obstante, «lo que se vive en el terreno es descorazonador». Se pretende acabar con la pobreza «pero no se ven grandes avances. Los cooperantes no estamos especialmente emocionados. ¿Es realmente útil nuestro trabajo?», se pregunta Egea. «Tenemos estrategias y políticas pero no un marco presupuestario».

La muerte de los dos cooperantes africanos planea otra vez sobre sus palabras. «Lo que ha ocurrido hoy, pasa demasiado», sentencia Paz. «Antes de empezar cualquier proyecto se debe garantizar la seguridad. Pero no solo de nosotros. También la de los líderes comunitarios y campesinos, pues vemos un incremento de asesinatos entre quienes reclaman sus derechos».