Después de la batalla…

BENJAMÍN LANA

Dani García, el cocinero más versátil, profundo y sensible de Málaga, que si no fuera por ese otro portento de Cádiz con el que se hermana llamado Ángel León, diríamos de todo Andalucía, una mezcla de biblia y espeto traducida al lenguaje del disfrute mundial, ha llegado a lo más alto de lo que un restaurante puede aspirar dentro del reconocimiento que la cultura occidental latina, llamada magisterio (de maestro), reserva a los mejores y que equivale, más o menos, a las tres estrellas de la guía francesa -más de cien años dedicándose profesionalmente a lo mismo-.

Aquí no vengo a dar noticias, sino a ratificarles que lo que está pasando en esta región, con Marbella a la cabeza nacional otra vez por cosas buenas, es el momento dulce de uno de los grandes cocineros de este país que, por fin, ha terminado de ser reconocido sin voces de peso que protesten o hagan coros de bajos. Llevamos años escuchando que Dani García, aquel joven irredento del Tragabuches, aquel producto autóctono de una escuela malherida y casi muerta como La Cónsula ha llegado a lo más alto. El chico que afrutó y revolucionó el gazpacho, el que no tuvo miedo a la tecnología y al nitrógeno y a la madre que lo parió, el que asumió el sino de su generación y tuvo que convertirse en empresario antes que fraile, el que con todo el talento descomunal de cocinero pudo haber naufragado, superó todo aquello, volvió al principio creador y se ha convertido en uno de los grandes de España.

Bien y merecidísimo por Dani, maduro, creador de equipos, sensible y hedonista, disfrutón y un poco artista, como todo malagueño de bien. Y mejor por Andalucía. Porque lo de Dani, y anteayer lo de Ángel León, no son flores en la tundra, sino las plantas más exuberantes de una generación de cocineros como nunca antes hubo en Andalucía y que junto aun producto y unos vinos que empiezan a defenderse en el mundo con gallardía, con el rigor y el cariño que se merecen, pueden componer una de las señas de futuro más nítidas para una región que encaja como un anillo al dedo a las demandas y deseos de las sociedades occidentales y orientales más influyentes del mundo.

Yo volveré siempre. Podéis sentiros orgullosos.

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