Gastrohistorias

Cuando España sufrió 'el síndrome del burger'

Imagen de Pixabay, CC-PD./
Imagen de Pixabay, CC-PD.

La rápida popularización de la hamburguesa en la España de los años 70 creó una legión de detractores que le atribuían poderes alienantes y propagandísticos

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

O la amas o la odias. La hamburguesa no tiene término medio, y ahí están para demostrarlo desde las ínfimas hamburguesitas acartonadas, que cuestan poco más que un café, hasta las voluptuosas burgers deluxe premium gourmet muy caras, muy finas y de carne de unicornio lo menos. Hay quien se enorgullece de no llevarse nunca ninguna a la boca y quien alardea de que son su pecado favorito pero, ¿cuándo llegaron a España y por qué se hicieron tan populares?

La hamburguesa, invento estadounidense basado en la tradición culinaria alemana, aterrizó en España escalonadamente, casi con disimulo. Símbolo inequívoco del estilo de vida americano, su expansión global vino de la mano del cine, la cultura pop y de las ansias de muchos por mimetizar los hábitos yanquis. Lo americano era moderno, novedoso, juvenil, y antes del desembarco hamburguesil en España adoptamos modas pioneras como la del chicle (años 10-20), la de la Coca Cola (años 30) y la de los sándwiches y otros sencillos platos de comida rápida, popularizados en los primeros restaurantes automáticos. En nuestro país existían ya los filetes rusos (llamados a veces imperiales después de la Guerra Civil) y los «filetes a la hamburguesa», que aparecían ya en los menús del día allá por el año 1910. Comerlos entre pan y pan no debió de constituir una novedad demasiado apabullante (por algo llevábamos décadas hincando el diente en el pepito de ternera), pero sí que dependió de un nuevo concepto de local hostelero: la cafetería americana. Este nuevo tipo de establecimientos (siempre de nombre Nebraska, California o Alaska) llegó en los años 50 a Madrid y otras ciudades basado en el modelo estadounidense del diner con largos horarios y oferta simple y barata.

La firma de los Pactos de Madrid entre EEUU y nuestro país, en 1953, abrió la puerta a las bases militares de Torrejón, Rota o Morón, además de a una importante troupe de ciudadanos americanos que buscaban sol y precios baratos. Las cafeterías americanas fueron un éxito total y, películas mediante, el público fue demandando cada vez más productos que permitieran emular a las estrellas del celuloide. En 1953, el restaurante Paladium (Tetuán 19, Madrid) anunciaba a la vez que el cocidito madrileño, el bacalao a la vizcaína o el bistec con patatas la hamburguesa por ocho pesetas de entonces. Los primeros autoservicios (1957) y supermercados (1958) ya tenían hamburguesas —aquí entendida como filete de carne picada— entre sus productos, y tuvieron que limitar la compra máxima a dos paquetes debido a la gran demanda. En 1962 las hamburguesas de la base americana de Torrejón de Ardoz eran objeto de deseo para media España y atroz infamia imperialista para la otra mitad. El 10 de junio de ese año se celebró el 'Día de la Amistad' entre España y EEUU abriendo las puertas abiertas de las bases militares, en las que se instalaron puestos de refrescos, perritos calientes y hamburguesas. Un sueño cumplido para algunos, mientras que la publicación 'España republicana' en el exilio echaba pestes del imperialismo gastronómico yanqui. Tampoco estaban muy contentos los del otro bando, que comenzaron a ver peligrar según ellos la sacrosanta tradición culinaria española debido a la «atracción inane de la comida ajena». Dio igual, porque la conquista de la hamburguesa era cosa hecha. En 1965 abrió al parecer un Wimpy en Barcelona y en 1970 se ofertaba como si tal cosa en Sevilla, dentro de un menú veraniego para señores que andaban de rodríguez: «el Mesón de la Chuleta le ofrece degustar el menú que para los Rodríguez hemos preparado: gazpacho andaluz, gran parrillada o hamburguesa de ternera, helado, pan y vino, 140 pesetas» (ABC Sevilla 20-6-1970). En 1971 unos cuantos jóvenes norteamericanos residentes en España montaron Foster's Hollywood, mientras que cuatro años después llegó Burger King y McDonald's en 1981.

La locura por la hamburguesa fue tal que en los años 70 se llegó a acuñar el término de «síndrome del burger» para hablar del deseo irresistible por comer más hamburguesas. En prensa se hablaba de la «degradación de la sociedad americana, atacada en su conjunto por el síndrome del burger» y se instaba a los lectores ¡a comer en su lugar «callos, cocido y otros platos de la tierra igualmente suaves y de digestión ligera»! En 1978 Tony Manero volvió loco a todo el mundo con 'Fiebre del sábado noche', sus movimientos disco baile y su chulería zampando hamburguesas. El síndrome había llegado para quedarse.

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