Los alegres ratoncillos de Jerez

Ratoncillo sediento. / Fotografía de González Byass/ Youtube
Gastrohistorias

Reclamo turístico de la bodega Tío Pepe, los ratones llevan catando vino oloroso de González Byass al menos desde los años 30

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Si alguna vez se encuentran ustedes entre los centenares de personas que visitan diariamente las bodegas Tío Pepe en Jerez de la Frontera, verán, en un pasillo flanqueado por hileras de barriles, algo sorprendente: una escalera en miniatura apoyada en un catavino lleno de oloroso. Al lado, una escudilla con pan. Y con mucha, muchísima suerte, observarán allí una de las escenas más curiosas del mundo del jerez, la ceremonia de los ratones. Cuando les apetece, porque son sibaritas pero esquivos, unos cuantos roedores salen de sus escondrijos para subir por la escalerita, catar unos sorbos de Solera 1847 y pimplarse a la manera ratonil.

Estos alegres ratones son, junto con las botas firmadas por celebridades, el mejor reclamo de la antigua bodega La Constancia, construida en torno a 1855 por Manuel María González (fundador de González Byass) y que puede visitarse durante el recorrido turístico por las dependencias de Tío Pepe. Tímidos e intempestivos, los ratoncillos no están amaestrados y se asoman —para decepción de los turistas— cuando les da la real gana, pero haberlos haylos.

Fue José Gálvez Buzón, venenciador e histórico capataz de La Constancia, quiene inició la tradición de dar vino a los pequeños roedores que rondaban entre las sombras de la bodega. Nacido en 1881, trabajó en González Byass durante toda su vida y recibió en 1956 la Medalla de Bronce al Mérito en el Trabajo. Ese mismo año le dedicaba el diario ABC (edición de Sevilla, 8 de septiembre de 1956) un reportaje en el que Gálvez contaba que a lo largo de su carrera profesional había venenciado más de siete millones de copas de vino, unos 655 barriles. A los setenta y nueve años de edad, estaba parcialmente retirado y tan sólo servía jerez «a los señores de la casa y a sus amigos íntimos», entreteniéndolos con su charla, sus anécdotas y sus ratones. A aquellos simpáticos roedores les gustaba «embriagarse, coger su linda mona todos los días y ofrecer seguidamente a los visitantes funciones de circo, gratis, en el tingladillo de cuerdas que Gálvez montaba de bota en bota».

La amistad de Pepe Gálvez y los ratoncillos bebedores había comenzado mucho antes. En 1936, el hispanista y músico irlandés Walter Starkie ya contaba la historia de este flautista de Hamelín jerezano en su libro 'Don Gipsy', explicando cómo las largas horas pasadas en solitario dentro de la bodega habían servido para que el joven José entablara relación, migas de pan mediante, con la familia roedora que allí vivía. «Si no tuviera a sus amigos ratones se moriría de melancolía», decía. La afición de los animalitos al vino oloroso provocó que Gálvez decidiera montar un pequeño espectáculo para que al menos se ganaran el trago: un tenderte con cuerdas y otros obstáculos antes de alcanzar mediante una pequeña escalera el borde de la copa.

En 1938 esta tradición ratonera ya se vendía en prensa como una de las curiosidades de González Byass y uno de los alicientes para visitar sus bodegas. Reseñada como atracción turística en multitud de publicaciones de todo el mundo, fue objeto incluso de un cuento infantil escrito en 1973 por Jose María Sánchez Silva (autor de 'Marcelino pan y vino') con el título de 'Los alegres ratoncillos de jerez'. Ochenta años después de que el capataz y el ratón entablasen amistad, los trabajadores de Tío Pepe siguen honrando este vínculo y rellenan puntualmente el catavino a la salud del hombre que tanto hizo por el vino de Jerez y a la de sus fieles compañeros.

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