Aquellos bares automáticos

Cliente eligiendo comida en un bar automático de Nueva York, 1936./Wikimedia Commons CC-PD
Cliente eligiendo comida en un bar automático de Nueva York, 1936. / Wikimedia Commons CC-PD

Los locales de autoservicio automatizado fueron una revolución en la España de principio del siglo XX

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Hay gente para la que echarse uno mismo la gasolina o autocobrarse la compra del súper constituye una absoluta ignominia. Para otros, estos gestos significan ahorro de tiempo y un ejercicio de modernidad teniendo en cuenta la que se nos viene encima con el futuro comercio robotizado. Si es usted de los que echan pestes del pago por el móvil y de esos restaurantes de comida rápida que sirven directamente a través de la ventanilla del coche, consuélese: hace mucho, mucho tiempo que el modelo comercial se automatizó y no es usted el primero que reniega de ello.

Los primeros bares automáticos, locales en los que se expendía comida y bebida a través de máquinas de autoservicio, se abrieron a finales del siglo XIX con diversidad de opiniones entre el público. Hubo quien alabó su espíritu moderno, a tono con unos tiempos en los que la revolución industrial había acelerado el ritmo de vida y la masa obrera necesitaba alimentarse de forma cada vez más barata y rápida. Por supuesto, los restaurantes mecanizados también encontraron férreos detractores, en gran parte debidos a la supuesta alienación que creaba el hecho de ir a comer sin intercambiar ni un triste «buenos días». Los bares automáticos contaban con ingenios mecánicos (lo que ahora llamaríamos máquinas de vending) que a cambio de unas monedas proporcionaban cerveza, vino, refrescos o bocadillos, sin necesidad de camareros ni de conversaciones superfluas.

Estos curiosos establecimientos aparecieron en Berlín en torno a 1895 y allí los conoció el periodista Julio Camba durante su etapa como corresponsal en Alemania. En su libro 'Alemania, impresiones de un español' (1916) hablaría de la pasión de los germanos por todo género de máquinas y de la asepsia que esta vida mecanizada imprimía a sus costumbres. Entre los cacharros que más levantaron la cólera de Camba estaban los teléfonos automáticos, las expendedoras automáticas de billetes y, cómo no, los restaurantes automáticos, «un aparato que sirve igual a todo el mundo y que no tiene jamás en cuenta el que uno sea antiguo cliente de la casa o el que uno vaya a comer a ella pro primera vez, no conoce nunca nuestros gustos».

A Camba seguramente le dio un disgusto morrocotudo saber que su némesis gastronómica empezaba a implantarse en España. Primero tímidamente y con no mucho éxito, como en el caso del instalado en el Teatro Japonés de Madrid (1902) o el del que estuvo frente al Teatro Victoria del Paralelo barcelonés, en 1918. En 1913 y sin decir nombres se habló en la prensa nacional de un restaurante de este tipo que después de proveerse de mil cucharillas para remover el café, se encontró con que los clientes las hicieron desaparecer en diez días aprovechando que no había supervisión. Tampoco ayudaba que las máquinas funcionaran unos días sí y cinco no, ni que la picaresca imaginara métodos para engañarlas a base de trozos de metal o fichas trucadas. A finales de los años 20 la mejora de las máquinas, muy extendidas ya en toda Europa y Estados Unidos, hizo que el negocio se volviera más seguro y los bares automáticos brotaron como setas por el panorama nacional.

En Barcelona primero, con el «Bar Automatic» (Rambla Canaletas 8 y Rambla del Centre 21), y Madrid después, con magníficos ejemplos de la hostelería automatizada como el Automático Presto, el bar del Hotel Hispalia (calle Alcalá), el Toki Ona (en la actual plaza de Tirso de Molina) o el Tánger, los dos últimos abiertos en el año 1935. Después llegaron Sevilla, Valencia, Bilbao y Vitoria, aunque algunos de ellos no fueron íntegramente automáticos sino que contaron con servicio de barra, cambio de monedas y elaboración propia de los platos, que a través de pequeños montacargas se subían de las cocinas hasta las trampillas de las máquinas.

Estos ingeniosos establecimientos, desaparecidos durante la Guerra Civil y la posguerra, fueron la avanzadilla de lo que ahora llamamos comida rápida y abrieron la puerta a un nuevo mundo plagado de oportunidades comerciales insospechadas. Como decía Ramón Gómez de la Serna en sus greguerías, el bar automático fue « la magia por un poco de cal­derilla».

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