La cerveza del rey emperador

Carlos V sosteniendo una copa en La Adoración de los Magos (Marco Cardisco, s. XVI)./Wikimedia CC PD
Carlos V sosteniendo una copa en La Adoración de los Magos (Marco Cardisco, s. XVI). / Wikimedia CC PD

Carlos I y su pasión por la cerveza flamenca fueron la causa de la súbita popularidad de esta bebida en la España del siglo XVI

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

«La cerveza para ser buena ha de ser compuesta de trigo, cevada, avena e lupulos, que dizen en Flandres hyerva dela cerveza, e agua buena; ha de ser mucho cozida, y despues bien purificada, ha de ser clara e no turbia». Aunque la ortografía nos resulte un poco rara y falten las tildes, da gusto entender tan bien un texto de hace nada menos que quinientos años. Quien así habló de la cerveza fue el doctor Luis Lobera de Ávila, médico personal de su cesárea majestad Carlos I de España y V de Alemania. Lobera publicó en 1530 el libro 'Vanquete de nobles cavalleros e modo de bivir desde que se levantan hasta que se acuestan', una obra sobre hábitos saludables centrada en el régimen alimenticio que debía llevar un caballero. El eminente doctor se la dedicó al mismísimo emperador, quien seguramente hizo oídos sordos a todos sus consejos: de sobra conocida era su pasión desmedida por los placeres de la mesa. Pese a su grave prognatismo y a padecer de gota, Carlos consiguió casi siempre eludir las dietas que le imponían sus médicos y hacer de su capa un sayo imperial.

Ahora se cree que Carlos I (1500-1558) pudo sufrir bulimia, razón por la que comía y bebía sin mesura a pesar de que le hiciera daño, haciéndose llevar a su retiro de Cuacos de Yuste (Cáceres) frecuentes cargas de los alimentos más refinados: marisco, pescados, caza, carne o vinos. Afortunadamente, uno de sus mayores placeres estaba bien a mano. A Yuste le había acompañado un maestro cervecero flamenco, Henrik van der Hesen (llamado en algunos documentos Enrique van der Trehen o Duysen) que elaboraba para él cerveza al estilo de su tierra natal. Nacido en Gante y educado en Malinas, Carlos se había habituado desde pequeño a la oscura cerveza de Flandes, la cremosa, oscura y amarga bebida que tan bien iba con los platos de carne que a él le gustaban.

Cuando Carlos llegó a sus reinos peninsulares en 1517 casi nadie bebía cerveza en Castilla ni Aragón, y mucho menos como la flamenca de sus amores. Se cree que la hizo traer y que, a la vista de que era el trago predilecto del rey y su séquito extranjero, los castellanos comenzaron a aficionarse a ella. En 1530 Lobera de Ávila decía que «porque en España hay muy buenos vinos e muy buenas aguas e hay poca necessidad de cerveza no esta en costumbre», pero cinco años después el rey mandó venir desde Flandes a dos maestros cerveceros para que la elaboraran aquí. Uno de ellos fue el famoso van der Hesen, que según el inventario hecho a la muerte del rey emperador disponía en Yuste de una caldera de cobra para cocer la cerveza, cubas, calderos, embudos, horcas para revolver el grano y diversos toneles. Con este aparataje, malta de cevada, trigo y avena, el flamenco hacía una bebida que su señor gustaba de beber fría, helada con nieve o puesta al sereno durante la noche y consumida al amanecer. Esta cerveza debió de satisfacer enormemente a Carlos, que pagaba en vida doscientos cincuenta florines anuales al cervecero y especificó en su testamento que se le dieran ciento cuarenta florines de pensión de por vida y cincuenta mil maravedís por costes.

El legado de Carlos I sigue vivo cinco siglos después, en marcas que le han rendido homenaje (Charles Quint, la cacereña Blomberg o Legado de Yuste) y en su querida ciudad de Malinas, donde se sigue haciendo cerveza en el mismo beaterio que él conoció y con una receta similar que, por si les pica a ustedes la curiosidad, se llama Gouden Carolus Classic en honor del monarca más cervecero.

Cerveza Carolus.
Cerveza Carolus. / beertourism.com

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