Discurso de agradecimiento de los Premios Castilla y León 2018, por José Luis Puerto

Discurso de agradecimiento de los Premios Castilla y León 2018, por José Luis Puerto

El poeta salmantino, ganador del Premio Castilla y León de las Letras 2018, ha sido el encargado de agradecer los galardones en nombre de todos los homenajeados

El Norte
EL NORTEValladolid

Castilla y León es una de las comunidades españolas y europeas con una mayor proyección histórica y –pese a hallarse en el presente como ensimismada– ha sido una comunidad que ha tenido una amplísima vocación de universalidad.

Hoy, en esta ceremonia de entrega institucional de los Premios Castilla y León, he de agradecer, en nombre de todos los distinguidos, el que nuestra Comunidad, a través de los distintos jurados, haya reconocido la labor de las personas, instituciones y asociaciones presentes, dentro de los ámbitos en los que trabajamos, investigamos y creamos.

Por ello, me es grato compartir este galardón con Álex Grijelmo, Vicente Rives Arnau, la Asociación de Ayuda al Drogodependiente, el Grupo de Piragüistas de Castilla y León, así como con el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, que atesora obras artísticas tan hermosas de nuestra edad de oro.

Castilla y León es, sobre todo, una casa de la palabra. Así la sentimos. Los cimientos y la estructura de la misma están configurados por nuestra lengua. Pues nuestra tierra es fundadora de una de las lenguas más conocidas y habladas de la humanidad, que alberga en su seno una hermosa y vasta concepción del mundo, que nos universaliza a todos, que nos sitúa en el espacio de la fraternidad, ya que cuando alguno de sus hablantes pronuncia, como nosotros, «pan», «amigo», «llanura», «cordillera», «prodigio», «abrazo»…, tales palabras resuenan en todos nosotros, por ese vínculo secreto que se establece en quienes formamos parte de la misma comunidad en el decir.

Uno de los espacios más significativos de nuestra casa de la palabra lo constituye la poesía. La lírica moderna de Castilla tiene un hermoso pórtico fundacional, marcado por el amor filial, por la gravedad meditativa y sentenciosa, así como por ese maravilloso racimo de metáforas en torno al paso del tiempo, a la brevedad de la vida, a la fugacidad de los placeres mundanos y a la implacable presencia de la muerte. Tal pórtico fundacional de nuestra lírica castellana lo constituyen las Coplas por la muerte de su padre, del palentino Jorge Manrique.

La palabra de esa casa común de nuestra lengua, que nombra cada uno de nuestros espacios, vibra, por ejemplo, en 'La Celestina', en el 'Lazarillo de Tormes', en las odas de Fray Luis de León o en algunos poemas de Miguel de Unamuno, que verbalizan ámbitos y seres de nuestra amada Salamanca; o se vuelve intensidad metafísica, arrebato amoroso e iluminación verbal en muchos de los textos de nuestros dos grandes místicos, los abulenses Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

El hilo de la palabra se hace música y canto, al tiempo que adquiere una sonoridad hechizante, como revelación del ser humano y del mundo, en los versos de los ya indicados Fray Luis de León y San Juan de la Cruz. Tal música verbal vuelve a surgir en nuestra contemporaneidad, se vuelve a recrear en la tradición poética castellana en la poesía de Claudio Rodríguez y de Antonio Colinas –maestros ambos a los que guardamos enorme gratitud y autores los dos de mundos poéticos en los que vibra cordialmente nuestra tierra y en los que percibimos lo universal humano de un modo pleno–, por no poner sino dos ejemplos muy altos entre nosotros de esa vibración musical, reveladora y humanizadísima de nuestra lírica.

Frente a tantas perspectivas apocalípticas sobre ella, la poesía sigue siendo manadero, fuente inagotable que surge del lado cordial del ser humano, esa fuente que mana y corre, de que hablara San Juan de la Cruz, aunque nos encontremos en la noche del mundo.

El momento noventayochista castellano alcanza su plenitud poética en ese libro hermoso de Antonio Machado que es 'Campos de Castilla', honda visión intrahistórica, metafísica, paisajista, regeneracionista y civil de nuestra casa de la palabra. Y también en no pocos textos poéticos y prosísticos de Miguel de Unamuno, que convirtió a Salamanca en centro irradiador desde el que proyectara su creación y su vida.

La palabra se serena y se vuelve al tiempo vibrante y hasta metafísica, para nombrar el espacio castellano y su elevación cósmica, como patena ofrecida a los cielos, en la poesía de Jorge Guillén, que nombra Castilla como «cima de la delicia», al tiempo que la siente y la percibe en vuelo hacia lo alto: «todo en el aire es pájaro» –exclama.

Hay todo un itinerario que los poetas van realizando a lo largo del tiempo, en la edificación y configuración de esta casa de la palabra que es la tierra en que vivimos, que, en nuestra contemporaneidad cuenta con expresiones muy variadas y hermosas.

Una de ellas adquiere un sesgo experimental y vanguardista, conocido como poesía visual, que tiene en Urbe del palentino César M. Arconada una de nuestras más tempranas muestras; pero que, a partir de los años sesenta del siglo pasado, cuenta con extraordinarios creadores, hoy ya clásicos, como son el vallisoletano Francisco Pino, el palentino Felipe Boso o el salmantino José-Miguel Ullán y otros poetas más recientes, que continúan su andadura creativa por tales itinerarios.

Desde ese momento histórico hasta hoy mismo, la poesía en nuestra tierra se ha ido manifestando, en las diversas provincias, a través de grupos, movimientos, revistas, colecciones, poetas..., sobre los que no podemos aquí, por desgracia, dar ni siquiera noticia. En algunos de tales movimientos, colecciones y revistas, hemos participado con entusiasmo y entrega, al tiempo que hemos realizado una tarea editora, plasmada en libros, cuadernos y pliegos poéticos. Con no pocos de los poetas guardamos una buena amistad y con algunos menos una sintonía creativa. Como emblema de la figura del poeta contemporáneo en nuestra tierra, quisiéramos recordar –como cifra y nombre que abarcara a todos nuestros líricos– la figura del llorado y recordado Aníbal Núñez.

En todo lo que hemos realizado, hemos pretendido que exista lo que llamaríamos una fraternidad de los poetas y una fraternidad de la poesía, por el beneficio y bien social que implica tal tipo de creación.

La palabra de esta casa de todos que es nuestra tierra se alberga también en el corazón de nuestro pueblo, en esos campesinos castellanos y leoneses que viven en la intrahistoria unamuniana, quienes, a través de sus ritos, creencias, celebraciones, labores, cantos y cuentos, romances y leyendas, refranes y oraciones… y otros tipos de tradiciones orales expresan su imaginario, su modo antiguo y sabio de estar en el mundo.

Siempre hemos sentido que la verdad más hermosa del mundo se encuentra entre las gentes más humildes. En ellas, también, la palabra arde y pronuncia el mundo de un modo creativo.

Nosotros –y esta es una de nuestras más importantes tareas–, desde los años ochenta del pasado siglo, llevamos recogiendo, transcribiendo, catalogando, estudiando y editando todo ese patrimonio etnográfico de nuestro pueblo, particularmente del ámbito leonés –del que procedemos y en el que residimos–, en las provincias de León y de Salamanca, pero también en la mítica comarca extremeña de Las Hurdes.

Sería bueno que, con el concurso y apoyo de las instituciones públicas, preparáramos equipos de jóvenes, para que recogieran y estudiaran este importante patrimonio etnográfico, en peligro de desaparecer.

Concebimos la poesía como palabra vibrante, que nace del sentir, de esa 'vividura' de que hablaran nuestros clásicos y que Américo Castro recogiera como uno de los rasgos esenciales de nuestras letras. Palabra intensa, palabra honda, pero al tiempo tocada por la claridad. Palabra que ilumina el mundo y a los seres. También palabra que –como expresara Miguel de Unamuno– conjuga sentimiento y pensamiento, elegía y cántico.

El oficio del poeta es –en su trato con las palabras y en la plasmación de su mundo propio, sin el cual no hay verdadera poesía– un hondo oficio de inocencia, como nos propusiera Claudio Rodríguez. De ahí que no sea extraño que el gran lírico irlandés W. B. Yeats nos avise de que ese hondo oficio de inocencia que es el poetizar corre el peligro de ser ahogado, en un mundo tan materialista y pragmático como el que nos toca vivir, cuando nos indica: «y por todas partes / se ahoga el ritual de la inocencia.»

Un ritual que hemos de proteger, si queremos que la poesía siga existiendo y esté impregnada de esa sacralidad que le pertenece, para poder seguir siendo palabra iluminadora y humanizadora, esa palabra intensa que nos salve.

El poeta alberga intacto el niño que ha sido, el niño que un día fue. Pues, como se ha dicho –Rainer María Rilke, entre otros–, la verdadera patria del ser humano es la infancia, como también lo es la lengua originaria, con la que expresa el mundo.

María Zambrano, en 'Hacia un saber sobre el alma', alude a la conexión de la poesía con el ámbito de lo sacro. «La poesía primera –nos indica– es lenguaje sagrado». Y, como luego en distintos momentos dirá Octavio Paz, la poesía es una pervivencia entre nosotros de los antiguos lenguajes sagrados. Porque es una palabra impregnada de sacralidad. Y siempre hemos sentido que no hay creación verdadera sin una intensa vida del espíritu.

La palabra poética nos consuela, nos protege y nos sana, crea sentido y nos lo otorga. Es cosmos y crea cosmos, frente a todos los caos y devastaciones que, como seres humanos, nos toca padecer y sufrir, tal y como sobradamente ha expresado la literatura contemporánea.

La memoria de la niñez, del territorio del origen, la naturaleza, el transcurso del tiempo, los seres próximos, las gentes humildes, la meditación sobre el mundo y sobre el existir, o sobre el propio hecho de crear… son algunos de los hilos con los que tejemos nuestra poesía, unos hilos que tratamos de que vibren en el corazón y en el alma de los otros. Porque el poeta es el tejedor de palabras y la creación lírica, como su tejido que es, ha de plasmar, de modo intenso, musical y claro, esos universales del sentimiento de que Antonio Machado hablara.

El escritor –sentimos– no ha de estar como una vedete todo el día en el primer plano, en el escenario de la sociedad del espectáculo en que se ha convertido nuestro mundo –como lúcidamente analizara Guy Debord. Ha de estar detrás, retirado, en un plano menos visible, en su telar íntimo de palabras y silencios, en esa «pobrecilla / mesa, de amable paz bien abastada» de que hablara Fray Luis de León; eso sí, en permanente contacto con la vida, de la que ha de extraer los hilos para su tejido, para cada una de sus páginas.

Y que ese tejido creado, que ese texto vibre en nosotros cuando, como lectores, lo recreamos, para que así se produzca ese milagro de una belleza creada y recreada de continuo por autor y lector. Porque solo a través de ese mecanismo, la letra, la literatura habrá cumplido su función de trascender la vida y el mundo, también de trascendernos y de convertirse en el mayor archivo de la belleza y de la memoria con que cuenta el ser humano.

Castilla y León, sí, es comunidad y es casa de la palabra, y, por ello, casa también del entendimiento, un entendimiento que hemos de propiciar y favorecer siempre, para alcanzar entre todos ese ámbito de la fraternidad que nos hace la vida más soportable.

En este momento crítico de la historia y del mundo, no podemos permitir que esa casa de todos que es nuestra comunidad de Castilla y León se nos vacíe y arruine, se nos venga abajo y termine convertida nuestra tierra en un erial. Tenemos que abandonar el ensimismamiento y postración en que parecemos languidecer y trazar de nuevo itinerarios de esa universalidad que ha caracterizado a nuestra tierra.

Cada uno de nosotros, desde nuestra responsabilidad y desde nuestra labor, hemos de contribuir para que aquí, en nuestra tierra, haya vida, haya presente y futuro para todos: trabajadores de todos los tipos, desde los más humildes hasta los especializados, investigadores, docentes, sanitarios, campesinos, profesionales cualificados, emprendedores…

Y que, de ese modo, la historia de Castilla y de León no sea solo cosa del pasado, sino que vislumbremos entre todos un horizonte de porvenir. Para que así siga encendida la llama de nuestra lengua –recreada y revitalizada por gentes de otros continentes y culturas– desde su centro irradiador, como el patrimonio más universal y más hermoso que nuestra tierra ha dado al mundo.

Porque esa casa de la palabra que es Castilla y León ha de seguir dando vida a esa música verbal de nuestro idioma, que es, sí, nuestra verdadera patria.

Queremos terminar, como última señal de nuestra gratitud y la de todos los premiados, con un poema propio y reciente, con el anhelo de que vibre en el corazón de todos quienes asistís al presente acto y con atención nos escucháis.

'PÁJARO DE LA AURORA'

Pájaro de la aurora

Que nos traes al alba

La melodía de la anunciación,

Ahora que enero expira

Y la luz acentúa su presencia

Para quedarse con nosotros

Y guiarnos y ser

Orientación gozosa a nuestros pasos.

Pájaro de la aurora,

Pájaro de la luz,

Otórganos la claridad

Transparente y hermosa de tu canto,

La inspiración secreta que lo impulsa,

Dota a nuestra palabra de los dones

Que se albergan en ti

Para emprender las sílabas su vuelo.

Muchísimas gracias.