Una dura historia labrada en piedra siria que ahora se esculpe en Palencia

Una dura historia labrada en piedra siria que ahora se esculpe en Palencia
Marta Moras

El maestro cantero Ahmad Louai Tabanjat huyó de la guerra de Siria y trata de labrarse una nueva vida junto a su familia en Palencia

Marco Alonso
MARCO ALONSOPalencia

La más bella de las historias puede estar escondida bajo toneladas de escombros, pero solo unos pocos son capaces de retirarlos para llegar hasta ella. Miguel Ángel lo dejó bien claro al acabar 'La Piedad', cuando dijo aquello de «la escultura estaba dentro de la piedra. Yo únicamente he tenido que eliminar el mármol que le sobraba», una frase que bien podría haber salido de la boca del protagonista de estas líneas, el maestro cantero Ahmad Louai Tabanjat, que desde los doce años eliminó lo que sobraba a las piedras de Siria para convertirlas en obras de arte, pero en 2012 se vio obligado a huir de su ciudad natal para eliminar lo que sobraba en su vida: la guerra.

Ahmad Louai Tabanjat ahora es un refugiado sirio que vive en Palencia, pero antes era un empresario de éxito de Alepo, con hasta cincuenta empleados a su cargo. Su empresa de construcción daba tantos beneficios que le permitió tener una casa en el centro de la ciudad y otra, a las afueras. Su fama como trabajador de la piedra creció en una ciudad en la que el 90% de los edificios se realizaban con este material, pero todo cambió el 19 de julio de 2012, cuando grupos rebeldes e islamistas iniciaron una sangrienta ofensiva que acabó con miles de vidas y convirtió en escombros todos sus trabajos. La vida de Ahmad, la de su mujer y la de sus tres hijos dio un giro de la noche a la mañana y el éxito se esfumó de repente. «Cuando vino la guerra, nos fuimos de la casa del centro de Alepo para vivir en la que teníamos a las afueras, a 10 kilómetros de la ciudad. Pero solo pudimos estar allí un mes porque vimos que no era seguro», recuerda emocionado este refugiado, que decidió emprender rumbo al Líbano para poner a salvo a su familia.

«Cuando fuimos al Líbano teníamos mucho miedo. La carretera era muy peligrosa, solía haber tiroteos»

«Cuando nos fuimos al Líbano teníamos mucho miedo. La carretera era muy peligrosa, solía haber tiroteos y, aunque yo tenía dos coches, decidimos ir en autobús porque pensamos que era más seguro. Desde Alepo a Damasco dimos un rodeo y tardamos doce horas en llegar, pese a que por la carretera se tardaban solo cuatro horas. Pero llegamos a salvo y pudimos entrar», recuerda Ahmad que, una vez en el Líbano, volvió a demostrar sus dotes con la piedra para abrirse paso en su nuevo país y dar de comer a su familia. El trabajo de este refugiado sirio pronto llegó a oídos de las más altas esferas libanesas y el Gobierno le encargó la construcción en Beirut del monumento que rinde homenaje al exprimer ministro Rafik al Hariri, que fue asesinado en 2005. Ahmad realizó el encargo en el mismo lugar en el que un coche bomba acabó con la vida del exprimer ministro y de 22 civiles, pero pronto decidió que lo mejor para él y su familia era poner rumbo a Europa.

Ahmad, su mujer, sus dos hijas –de 13 y 11 años– y su hijo –de 10– tomaron un vuelo desde Beirut con rumbo a Madrid el 26 de julio de 2016. Llenaron las maletas de ilusiones y también de incertidumbres antes de viajar a España, y es que se embarcaron sin siquiera saber cuál sería la ciudad en la que acabarían viviendo. «Estuvimos esperando en el aeropuerto hasta que un Policía preguntó por la familia Tabanjat, la nuestra. Entonces dijimos que éramos nosotros y nos pusieron una pegatina en el pecho en la que ponía 'Palencia'», recuerda Ahmad, que conoció de esta manera el nombre de la ciudad que se convertiría en su hogar.

Han pasado 2 años, 3 meses y 2 días desde aquel 26 de julio de 2016 y los cinco integrantes de la familia Tabanjat se encuentran plenamente integrados en la sociedad palentina, de la que forman parte después de haber recibido la inestimable ayuda del Programa de Refugiados de Cruz Roja Española. El proceso de adaptación fue complicado y el aprendizaje del idioma, el gran escollo a superar. «Los primeros días fueron muy difíciles porque no conocíamos nada. Por no saber, no sabíamos ni una sola letra del español y los traductores que teníamos eran marroquíes, que hablan árabe pero de una manera muy distinta. El árabe que se habla en Marruecos, Túnez o Argelia es muy diferente al que hablamos en Siria, Líbano o Jordania», explica Ahmad, que presume con orgullo de que sus hijos han aprendido con una facilidad pasmosa el castellano, una lengua que él también habla, aunque aún con alguna dificultad. «Los niños aprenden más rápido, no tienen problemas en la cabeza y eso les ayuda», asegura.

«Puedo hacer cualquier cosa en piedra, pero mi religión me impide hacer personajes»

La ausencia de preocupaciones contribuye a que todo fluya de una manera más natural, y para Ahmad la mejor forma de evadirse de los recuerdos negativos es trabajar con sus herramientas. La radial, el rotalín y el cincel son la mejor terapia para este profesional de la talla, que volvió a disfrutar de su oficio de la mano de Jesús Merino, un empresario hotelero que le ofreció trabajo para modelar varias piedras que quería utilizar como elementos ornamentales en su alojamiento rural, el hotel 'En el Camino', ubicado en Boadilla del Camino. «Una amiga inglesa que tengo me comentó que iba a clase de español con un señor de Soria que me podía ayudar con las piedras. Al final, el señor de Soria resultó ser de Siria, por la mala pronunciación de mi amiga, y en lugar de un peón de albañil era un artista», explica Merino.

El Hotel Rural 'En el Camino' ha encontrado en Ahmad el mejor profesional para decorar sus estancias y lo ha hecho a un coste muy inferior de lo que se puede esperar. «Le comenté al empezar –hace más de medio año– que le iba a dar un sueldo adecuado a un trabajo de restauración, pero que no le podía pagar su arte, con lo cual le dije que le iba a engañar. Siento que he contratado a Dalí para que me pinte el salón, pero le estoy pagando de acuerdo a un convenio», explica con franqueza Jesús Merino, que teme la llegada de alguien dispuesto a pagar lo que realmente cuesta este arte, la aparición de otro empresario que le prive del talento que brota de las manos de Ahmad, castigadas por la dureza de la vida y de su trabajo, pero tan delicadas que son capaces de convertir una piedra en una rosa en menos de 20 minutos.

Rosas, motivos geométricos, arabescos, volutas... Nada se resiste a las manos de Ahmad, salvo una cosa: las representaciones humanas, dado que profesa una religión que se lo impide. Los musulmanes no pueden representar a ningún ser que tenga alma y esta circunstancia hace que su creatividad se limite. «Puedo hacer cualquier cosa, pero mi religión me prohibe hacer personajes. Por ejemplo, si alguien me ofrece un trabajo y me dice que quiere que haga a Jesucristo, no lo puedo hacer», concluye Ahmad, que sigue esculpiendo cada día su vida, la de su mujer y la de sus hijos con un cincel en una mano y un martillo en la otra, con esas herramientas que le permiten evadirse de los problemas y le ayudan, como a Miguel Ángel, a retirar lo que sobra para encontrar la belleza que se esconde en el interior. Esa que solo unos pocos pueden sacar a la luz.

 

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