Abusos en la Iglesia

Una víctima de la pederastia en la Iglesia de Astorga: «El sacerdote José Manuel Ramos era un depredador sexual. En esa época se pusieron las botas»

La víctima leonesa que destapó los abusos en el Seminario Menor de La Bañeza, durante una entrevista a leonoticias. /Inés Santos
La víctima leonesa que destapó los abusos en el Seminario Menor de La Bañeza, durante una entrevista a leonoticias. / Inés Santos

La víctima que sacó a la luz la pederastia en la Iglesia de León se defiende en una entrevista de las acusaciones de chantaje del obispo de Astorga y recuerda que jamás pudo ponerle precio a su infancia y que nada ha cambiado

ANDREA CUBILLAS
ANDREA CUBILLASLeón

Francisco Javier guarda con recelo su intimidad. Es lo poco que conserva, después de que le robaran su infancia, su ilusión, su inocencia. De la forma más cruel. En mitad de la noche, con el silencio y la penumbra como cómplices. Rompiendo los sueños más inocentes.

«Se acercaba a mi cama, introducía sus dedos en mi ano, mientras se tocaba con la otra mano. Las silenciosas lágrimas que derramaba no eran para él ni impedimento ni un límite y solo te quedaba pensar que el tiempo pasaría y que terminaría pronto», relata en su carta.

Sin embargo, para este leonés el tiempo se detuvo en ese instante, que le atormentan casi cuatro décadas después. Sus ojos, empañados en lágrimas, le delatan; su voz temblorosa contagia el dolor que aún vive a diario.

Más información

No olvida cada segundo que vivió allí. El mismo que relató en las cartas que envió al Papa Franciasco. «Apretabas los ojos y respirabas, no podías nada más. Hasta que por fin terminaba y notabas el asqueroso y húmedo y caliente flujo que había derramado encima de mí».

Pero ya no quiere hablar más de ello. El recuerdo es demasiado doloroso y, pese a la insistencia de quién escribe, no lograr volver a dibujar con sus palabras el horror que vivió junto con su hermano gemelo. El mismo que pidió auxilio «y la Iglesia se lo denegó».

El horror en primera persona

«Don José Manuel se acercaba a mi cama, introducía sus dedos por mi ano mientras se tocaba con la otra mano, las silenciosas lágrimas que yo derramaba no eran para él un impedimento ni un límite y solo te quedaba pensar que el tiempo pasaría y que terminaría pronto, apretabas los ojos y respirabas, no podías hacer nada más, hasta que por fin terminaba y notabas el asqueroso, húmedo y caliente fluido que había derramado encima de ti.

Cuando ya se había marchado, tenía que levantarte, tembloroso, llorando y atravesar descalzo el dormitorio para ir a lavarte con agua fría y retirar de tu cuerpo el vomitivo semen que tenías encima. Jamás he podido quitarme la mácula con la que condenó a vivir el resto de mis días y me frustra haberle dado el gusto de haber mantenido en silencio tan repulsivo secreto.

Cuánto extrañe los brazos de mi madre, el cobijo de su pecho, sentirme como cualquier otro niño, protegido en su regazo, saber que nada malo podía pasarme mientras estuviera allí.

Cuántas veces quise decírselo, las mismas que callaba por temor, sin saber si lo que vivía era normal aunque en mi interior, ya conocía la respuesta.

Esto condicionó mi futuro, me robaron mi infancia, mi ilusión, mi inocencia. Mientras las demás niños de mi edad estudiaban y soñaba con un futuro, a mí me negaron el mío.

Para mi hermano ya no hay ayuda, porque la vida me lo arrebató pero yo no puedo vivir con esto más tiempo, y es por ello que no quiero callar más, me siento burlado y engañado y quiero que el mundo conozca mi verdad.

La verdad, esa verdad que nos hará libres y no la que se está haciendo creer con las celebraciones y actos de ensalzamiento a la trayectoria canónica de un párroco que, lejos de prácticas las enseñanzas de Nuestro Señor, oculta su cara y sus más rastreros instintos bajo unos hábitos manchados de pecado».

Por él, que falleció en un fatídico accidente de tráfico, sigue alzando la voz cuatro años después de denunciar los abusos sufridos en el curso 1988/89 en el Seminario Menor de La Bañeza (León), donde los padres envían a sus hijos a educarse en los valores de la Iglesia y que para muchos fue un auténtico «Infierno».

«Quiero limpiar su honor, sea como sea». Y por ello, se sienta frente a la cámara de leonoticias. El escenario una sala blanca, sin ningún identificativo, en la que Francisco se sitúa de espaldas a la cámara. Sin embargo, la primera pregunta le pone en alerta y, aunque ya no tiene miedo, no puede ocultar su nerviosismo, que intenta aliviar jugueteando con el cable del micrófono entre los dedos.

Los cómplices

Pese a ello, sus palabras son contundentes. «José Manuel Ramos Gordón era un depredador sexual. Pero no era un hecho aislado, en esos años se ponían las botas». Pero no fue el único culpable. Detrás de ese horror vivido en una infancia marcada por los abusos sexuales se esconden más nombres. El de los cómplices, que callaron, como las paredes de las frías habitaciones del seminario, las vejaciones que se sucedían cada noche.

«Si ahora es difícil, denunciar en los años 90 eso era inviable. Además de decirlo te partían la cara, cargabas con el muerto y tirabas para adelante»

«Lo que han hecho no lo pagan ni con dinero ni con perdones ni con nada.Que no me pidan más veces perdón porque no lo acepto. Si lo hubiesen hecho de otra manera, quizá la rabia desaparecería. Para mí son gente malvada».

«José Manuel Ramos Gordón corrompió lo sagrado, el cuerpo y el espíritu de unos niños. Pero tampoco les importó a los que lo supieron y callaron. Los cómplices fueron los más culpables de todo. Si ahora es difícil denunciar, en los años 90 era inviable. Además de decírtelo, te partían la cara. Tenías que cargar con el muerto y tirar hacia adelante», asevera.

Pero su hermano sí sacó el valor suficiente para ponérselo en conocimiento a Javier Redondo, el por aquel entonces tutor de sexto de EGB, que también calló. Como él, los nombres y apellidos de más miembros de la Diócesis de Astorga que aparecen en las cartas remitidas al Vaticano y que fueron llamados a declarar en la Vicaría en el marco de la investigación pontificia.

Sin embargo, lamenta, ni ha trascendido ni ha tenido consecuencias porque «han querido limitarse al pederasta. Tocar lo demás era peligroso». Es más, después de que se dio la voz de alarma y se pidió auxilio, recuerda Francisco, empezaron los castigos, el acoso psicológico y los tratos inhumanos y vejatorios «porque éramos peligrosos al tener una información muy poderosa. Y de eso, no han querido hablar».

Si hubo sentencia para José Manuel Ramos Gordón. También condena: un año de privación de oficio de párroco. Y, aunque Francisco obtuvo la sentencia, el reconocimiento de lo qué había vivido, esa verdad seguía oculta, en el silencio y, en el exterior, el sacerdote seguía oficiando misa y recibiendo homenajes de sus feligreses.

Silencio

Frente a ello, Francisco dio un paso. «Mantuve el silencio pero siempre tuve claro que lo iba a llevar a los medios de comunicación porque era la única manera de combatir eso».

A partir de ese momento, otras víctimas relataron desde el anonimato el horror vivido en el Seminario de La Bañeza, Astorga fue escenario de una manifestación de exseminaristas pidiendo la condena de los encubridores de los abusos y dos víctimas dieron el paso a denunciar.

La primera contra Ramos Gordón, en su etapa en el colegio Juan XXIII de Puebla de Sanabria (Zamora); la otra contra Ángel Sánchez Cao, hoy sacerdote de la localidad gallega del Barco de Valdeorras, al que se le acusan de abusos sexuales en el seminario leonés y que hoy está siendo objeto de investigación bajo secreto pontificio.

Un testimonio que empujó a la Diócesis de Astorga –dependiente del seminario- a ofrecer comparecencias públicas para dar explicaciones. Antes, recuerda Francisco, silencio. Por ello, insiste en acusar al obispo de Astorga de encubrir los abusos.

«Muchas veces me arrepiento, pienso si esto merece la pena, pero veo a mi hijo y pienso en los niños y eso me da fuerza para seguir adelante. Pienso en mi hermano, en limpiar su honor y eso me da fuerza para seguir hasta donde haga falta»

«Quizá no le gusta esa palabra», señala Francisco, pero la realidad «es que amparó y defendió al pederasta. Ramos Gordón está en la casa sacerdote donde vive el señor obispo. Debajo del mismo techo y mantel comen el pederasta y el que lo defiende y lo ampara. Que cada uno juzgue si eso encubrir».

Porque la realidad, continúa, es que el «criminal», tras cumplir su año de condena, hubiera regresado a una parroquia, «poniendo en riesgo a otros niños. El obispo se burló en mi cara por silenciarlo, como hicieron los que veían lo que cada noche ocurría en el seminario».

No es de extrañar que, a pesar de que la Iglesia le ha reconocido ser una víctima, Francisco no se siente como tal. Con más razón hoy. El obispo Juan Antonio Menéndez –que se ha negado a ofrecer una entrevista a este medio-, al que la Iglesia española le ha asignado la labor de presidir la nueva comisión antipederastia, le ha acusado públicamente de chantaje por negarle el pago de 300.000 euros.

«Jamás le dije que si no aceptaba mis pretensiones lo llevaría a los medios de comunicación. Era algo que iba a hacer sí o sí», remarca con rabia Francisco, que aún recuerda esas primeras reuniones en la sede de la Diócesis de Astorga, en la que el vicario judicial le preguntó qué era lo que quería.

«No era capaz de poner precio a mi infancia y mi niñez». Frente a su silencio una primera oferta. «Me dijo que si me ofrecían 50.000 euros me podía sentir ofendido. No contesté. Me limité a decir que en otros países, como en Estados Unidos, las indemnizaciones de la iglesia eran millonarias. Pero insistí en que no podía fijar una cantidad».

Ante ello, recuerda Francisco, encontró una solución. «Estableció que podíamos ser resarcidos como otras partes del mundo y acepté», tal y cómo se redactó en el acta de la reunión. «El vicario lo redactó y me dijo, fíate de estos dos curas y déjalo así. Yo entendí que eso me beneficia». Por ello, no sale de su asombro al escuchar al obispo de Astorga acusándole de chantaje y le exige que rectifique.

«Los abusos eran algo habitual y José Manuel es un depredador sexual ya lo ha demostrado la segunda denuncia. En esa época, se pusieron las botas»

Una piedra más en este calvario que recorre y atormenta cada día a este leonés pero que, a la vez, le ha dado las fuerzas, el valor, el coraje y la valentía que no encontró cuando tenía 10 años para pedir justicia, para impedir que un niño vuelva a pasar por lo mismo que vivió, para impedir que se destrocen más vidas.

Por ello, aunque a veces se pregunta si su lucha merece la pena, piensa en los niños, en su hijo, en su hermano, en limpiar su honor y recupera la fuerza para seguir adelante «hasta donde haga falta. Sé que estoy dejando la piel en esto pero con lograr librar a un niño de ese sufrimiento, merecerá la pena».

Porque si algo tiene claro Francisco, es que la Iglesia no les va a proteger. «Los pederastas seguirán satisfaciendo sus necesidades y sus cómplices intentarán ocultarlo por todos los medios. Dicen que va a cambiar, pero nadie se lo cree», sentencia.

Es el relato de Francisco Javier en primera persona pero que esconde el sentir y el pensar de muchas otras víctimas con las que habla y comparte el infierno que jamás olvidarán. Algunas piensan en si dar el paso, otras directamente prefieren callar, más después de ver la actuación de los últimos casos. «No quieren sufrir más, ya tenemos lo nuestro», concluye.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos