El desastroso convite de boda de Felipe V

Felipe V y María Luisa de Saboya contrayendo matrimonio, grabado de 1701./Wikimedia Commons CC PD
Felipe V y María Luisa de Saboya contrayendo matrimonio, grabado de 1701. / Wikimedia Commons CC PD

El primer Borbón estuvo a un tris de no consumar su matrimonio con María Luisa de Saboya por una batalla entre cocina española y francesa

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Felipe V (1683-1746), primer Borbón reinante en nuestro país después de que Carlos II El Hechizado muriera sin herederos, no tuvo un comienzo fácil en España. A la Guerra de Sucesión se sumó el rechazo de parte de la nobleza y la sociedad, que le veían como un rey extranjero. No era para menos ya que el joven príncipe francés, nieto de Luis XIV, había sido criado a la manera gala y en la suntuosidad de la corte de Versalles, muy lejos de la seriedad de sus parientes los Austrias españoles. Con 17 años se enfrentó a la labor de reinar un país desconocido para él y de mantener la unión política entre Francia y España.

El choque entre las costumbres de ambos países constituyó un frecuente quebradero de cabeza para Felipe V, quien no quería olvidar sus raíces ni tampoco ofender a sus nuevos súbditos. El frágil equilibrio entre su tierra natal y su patria de adopción se vio en peligro al poco de llegar a España y con ocasión de su matrimonio con María Luisa de Saboya, en 1701. La pobre Maria Luisa tenía tan sólo 13 años cuando se casó con Felipe, primero por poderes en Turín y después otra vez en persona en territorio español. El obispo de Figueras bendijo su unión y como en todas las bodas que se precien, después hubo un convite que acabó como el rosario de la aurora. Se montó un follón tremendo por la comida servida en el banquete que a punto de estuvo de terminar (antes de empezar) con el matrimonio del rey y todo por un quítame allá ese plato francés.

El historiador Juan Ortega Rubio relata la anécdota en su obra 'Historia de España' tomando como referencia las memorias de Luis de Rouvroy, duque de Saint Simon. «Se había dispuesto, mezclando el arte culinario con la ciencia diplomática, componer la cena con manjares aliñados a la francesa y con platos adobado a la española, en número igual de unos y otros, para iniciar por tan singular manera la fusión apetecida entre Francia y España. Parece que la mezcla de manjares española y extranjeros, esa fusión de cocinas propias y extrañas, no fue del agrado de las damas encargada de servirla a sus reyes, las cuales decidieron por unanimidad que ningún plato confeccionado a la francesa llegase a la presencia de la recién casada. Y así aconteció. Fingiéndose agobiadas por el peso de unos, quejándose excesivo calor de otros, unas veces tropezando al andar, otras vacilando al tratar de colocarlos en la mesa, las damas dejaron caer, ya el contenido solo, ya el contenido con el continente de los platos franceses, de los cuales ni uno solo se vio en la mesa, honra que solamente lograron los platos de la cocina española».

Felipe y María Luisa, muy elegantes, fingieron que no se daban cuenta de nada pero allí todo el mundo se olió el pastel. «Después de aquella larga y enojosa cena, el Rey y la Reina se retiraron, y entonces lo que se había contenido mientras duró la comida estalló. La reina se puso a llorar como una niña que era, lamentándose entre suspiros y sollozos de la ausencia de sus damas piamontesas. María Luisa, que no había cumplido catorce años, se creyó perdida en medio de damas tan altaneras y llegada la hora de recogerse, dijo clara y rotundamente que no quería verificarlo y que deseaba tornarse a su país. Felipe, que se había desnudado ya, estaba esperando […] Mucho desagradó aquella niñería a Felipe V, quien como rey y como novio se consideró agraviado y sintió enojo».

La pataleta de la reina duró tres largos días en los que se negó a consumar con su marido y se temió gravemente por la alianza con Saboya. No sabemos qué le contaría Felipe a María Luisa ni si finalmente le darían de comer a la francesa, pero al final la cosa se arregló. Eso sí, la cocina gala al final se salió con la suya y se convirtió en el estándar de la corte española durante el siglo XVIII.

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