Fred Vargas y la literatura (policiaca)

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El personaje creado por la Premio Princesa de las Letras 2018 es un magnífico ejemplo de la frescura del género policiaco y de las múltiples caras que podemos encontrar en él

IVÁN MARTÍN CEREZO

Hablar de Fred Vargas, Premio Princesa de las Letras 2018, dentro de la literatura es hablar de una de las grandes escritoras que ha dado el género policiaco, género que goza en la actualidad de gran popularidad. Precisamente por esta cuestión, en más de una ocasión ha sido tildado de subliteratura, infraliteratura, literatura popular o literatura de consumo para relegarlo a un segundo plano del sistema literario.

Premio a la «infraliteratura»

El galardón que en octubre recibirá en Oviedo Fred Vargas (pseudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau) ha distinguido no solo a la escritora, sino también al género policiaco en el que se inscribe su obra, y anteriormente a otros autores que también se han acercado al mismo o a otros considerados «populares».

En este sentido, el Premio Princesa de Asturias de las Letras ha reconocido con anterioridad a Leonardo Padura, creador del detective Mario Conde, o a John Banville, quien, bajo el pseudónimo de Benjamin Black, escribe novelas negras. También ha destacado el trabajo de Margaret Atwood, algunas de cuyas obras toman elementos del género policiaco (hay estudios que así lo demuestran), sin olvidar su relación con otros géneros como la distopía (íntimamente relacionada con la ciencia ficción) en El cuento de la criada. Sin embargo, este reconocimiento hacia los escritores de género, considerándoles simplemente escritores, no siempre sucede, ni siquiera hoy en día.

Raymond Chandler, al escribir al crítico literario James Sandoe en una carta fechada el 26 de enero de 1944, ya se manifestó en este sentido. Decía que había que hacer algo frente a la segregación que existía por parte de la crítica entre novelas y novelas policiacas. Según comentaba, por muy buena que fuese, una novela policiaca, por el hecho de serlo, no merecería para la crítica apenas atención y rara vez un escritor de policiaca sería tratado simplemente como un escritor.

Chandler, así, ya advirtió que los géneros literarios en sí mismos no son ni buenos ni malos, sino que son las obras las que deben analizarse, con independencia de que tengan ciertas marcas reconocibles que facilitan «encasillarlas» dentro de alguno.

AFP

La literatura policiaca se caracteriza por la investigación racional de un hecho criminal, normalmente uno o varios asesinatos, que es llevada a cabo por el protagonista de este tipo de relatos, el detective. Así, en toda narración policiaca vamos a encontrar siempre dos historias, la historia del crimen y la historia de la investigación. Será precisamente labor del detective llevar a cabo esta última para explicar la primera, lo que le conducirá a resolver el caso y dar con el criminal.

El detective, de esta manera, se convierte en el protagonista absoluto de este tipo de narraciones y suele eclipsar, por tanto, al resto de personajes que también aparecen de manera habitual, como son sus compañeros o integrantes de su equipo de trabajo y los criminales. Y si bien sus características pueden ir desarrollándose a medida que va resolviendo diferentes casos, de ahí que la serialidad sea casi una norma en este género literario, es normal que ya aparezcan en el primero de ellos. Por este motivo, es importante ir al texto que lo ve nacer (aunque no suela ser el mejor).

El hombre de los círculos azules

El comisario Jean-Baptiste Adamsberg, creado por Fred Vargas, nace a la literatura con 45 años y afrontando su traslado a París en su nuevo puesto de comisario del distrito 5, tras 20 años de servicio en el sur de Los Pirineos. Si el detective suele ser percibido como alguien excepcional entre los suyos e incluso a veces se marcará esta cuestión haciendo referencia a que viene de fuera, para que sea visto como alguien que no pertenece al espacio en el que le toca vivir, Adamsberg no será una excepción.

Durante su estancia en Los Pirineos, su inspectora le pronostica que no tendrá ningún futuro en la policía. Inmediatamente, él se encarga de desmentirlo al solucionar varios casos irresolubles para sus compañeros. Precisamente, este hecho será una constante en su trayectoria y lo relaciona con los detectives clásicos del género, empezando por Auguste Dupin.

El detective de la literatura policiaca es capaz de ver donde el resto no podemos hacerlo y de establecer conexiones con hechos aparentemente inconexos, de ahí que destaquen por sus cualidades intelectuales más que por su físico, aunque siempre haya excepciones. Adamsberg es pequeño, fuerte y delgado y con una cara que no pasa desapercibida: nariz demasiado grande, boca torcida, ojos borrosos y caídos, huesos del maxilar inferior muy evidentes.

Su compañero Danglard es incapaz de hacerle una caricatura porque es como si tuviera sesenta caras en una: «Se podía imaginar que Dios se había encontrado sin materias primas cuando había fabricado a Jean-Baptiste Adamsberg» (El hombre de los círculos azules). A pesar de ello es de alguna forma atractivo y la desproporción de sus rasgos faciales contrasta con la belleza de sus manos, que semejan las de una estatua de Auguste Rodin.

Además de esta cuestión, los detectives suelen caracterizarse por alguna afición o costumbre que los haga diferentes. Si, para pensar, Holmes tocaba el violín, Adamsberg hará dibujos en papelitos o paseará, lo que pondrá nerviosos a sus compañeros hasta que se acostumbren a ellos y a sus muchas veces enigmáticas frases.

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Paleando nubes

Igual que Holmes sorprende a Watson en su primer encuentro al preguntarle por su estancia en Afganistán, sin que nadie le hubiese dado detalles de la misma, Adamsberg sorprenderá a Danglard en el primer caso que le vemos resolver al comienzo de El hombre de los círculos azules. El comisario está convencido de que el hijastro del muerto ha cometido el crimen y que la prueba definitiva que lo incriminará será el haberse deshecho de un par de zapatos, ya que está seguro de que se los manchó con la arcilla del terreno en el que cometió el asesinato.

Adamsberg se asemeja también a los detectives clásicos del género, especialmente a los americanos, porque frente a su exitosa carrera profesional su vida personal suele ser un auténtico fracaso. Esto hace que en cierto modo se humanice el personaje y lo veamos más cercano. También se pueden ver ciertas reminiscencias a Maigret por su tranquilidad, compasión y capacidad de observación. Adamsberg es un personaje único cuya voz y manos adormecen, transmitiendo una tranquilidad que contrasta con la vertiginosa gran ciudad. De ahí que su percepción del tiempo sea diferente, que tienda a llegar tarde y que no suela usar reloj.

En este sentido, aunque Adamsberg sea muy ametódico, la resolución de sus casos siempre se basa en los hechos y no es tan intuitivo como pueda parecer. Necesita tiempo suficiente para pensar en ellos: mientras dibuja, mientras pasea o mientras está con otros personajes. De ahí que cuando empiezan a formarse en su cabeza las ideas que los conectan, a salir los pequeños renacuajos de los que habla, las protoideas, se abstraiga, se ponga a «palear nubes», para que ese momento de inspiración no se volatilice y pueda establecer la conexión que hay entre ellos, que en algún momento anterior le ha pasado desapercibida.

El personaje creado por Fred Vargas es un magnífico ejemplo de la frescura del género policiaco y de las múltiples caras que podemos encontrar en él. Sus textos se caracterizan por estar bien construidos y por aportar unos personajes secundarios entrañables y divertidos que sirven de contrapunto al infierno en el que muchas veces tiene que vivir el detective. Textos en los que la Historia está presente y en los que las leyendas y mitos toman nueva vida.

Por todas estas cuestiones ha recibido Vargas el premio Princesa de Asturias de las Letras. Y porque, más allá de gustos personales, es muy buena escritora.

Si Raymond Chandler pudiera escribir de nuevo a James Sandoe, creo que le diría que las cosas están un poquito mejor.

Este artículo ha sido escrito por Iván Martín Cerezo, profesor Contratado Doctor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad Autónoma de Madrid.

Este artículo fue originalmente publicado en The Conversation

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