El almacén de la palabra

Torre robotizada de la segunda sede de Alcalá de Henares. / Virginia Carrasco

La Biblioteca Nacional cuenta con un desconocido depósito en Alcalá de Henares con 250 kilómetros de estanterías que custodian 20 millones de documentos

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUAMadrid

En un terreno yermo y alejado del centro histórico de Alcalá de Henares (Madrid), se yerguen seis torres que custodian una inmensa producción bibliográfica que amenaza con crecer hasta el infinito. Es la desconocida segunda sede de la Biblioteca Nacional de España (BNE), pues la primera, ubicada en un palacio neoclásico del Paseo de Recoletos de la capital, está al borde de la saturación. El edificio alcalaíno, diseñado a base de cubos y que crea la ilusión en el visitante de un libro que abre sus páginas, funciona como depósito secundario de la institución. Si se colocaran una detrás de otra, las estanterías cubrirían la distancia entre Madrid y Burgos (250 kilómetros). Es una construcción que aunque anonada al visitante, ya se ha quedado pequeña para sus actuales 20 millones de documentos, una cifra que no deja de crecer a diario. En su interior hay pocos trabajadores, una escasa plantilla que cuida sin embargo de un descomunal patrimonio bibliográfico. Pese a su dimensión ciclópea, se necesitaría una séptima torre para albergar la vasta producción editorial y cultural que se produce a diario en España. Porque este almacén es más que una clásica biblioteca, es un bazar colosal donde se alojan mapas, carteles, periódicos y revistas, casetes, películas en VHS, discos de vinilo y compactos, anuncios de fiestas patronales, postales, recordatorios de la primera comunión y hasta entradas de teatro. Todo este abigarrado catálogo es un tesoro para el investigador del presente y del futuro y una caja fuerte contra el olvido.

Como la Biblioteca de Babel descrita por Jorge Luis Borges, la de Alcalá es interminable. Las salas tienen un aire aséptico, lejos del polvo que crían los libros viejos. El complejo se inauguró en 1993 con tres torres, y en 2009 se levantó la última. «Tenemos un grave problema de espacio. La Ley de Depósito Legal obliga a todos los editores a ingresar dos ejemplares de cada publicación, al menos en lo que atañe a prensa, revistas y monografías. Así las cosas, las dos sedes acumulan casi 34 millones de ejemplares, lo cual es solo una estimación», dice Beatriz Albelda, jefa del Área de Coordinación de Colecciones de la Biblioteca Nacional.

Eva Mínguez supervisa libros de iglesias y conventos.
Eva Mínguez supervisa libros de iglesias y conventos. / Virginia Carrasco

Cada año ingresan en la sede de Alcalá entre 400.000 y 500.000 ejemplares, algunos procedentes de la casa madre de Recoletos, con el propósito de ir liberando espacio para que en la sede de Madrid queden solo los títulos más consultados. Las joyas bibliográficas, como el Códice de Metz, un tratado de astrología que data del siglo IX y que es el manuscrito más antiguo de cuantos se conservan en España, permanece en Recoletos. En Alcalá, en cambio, los libros más antiguos son los procedentes de monasterios e iglesias de la desamortización de Mendizábal (1836).

Los almacenes de la villa universitaria guardan ahora la prensa española publicada desde 1958 y que antes se mantenía archivada en la Hemeroteca Nacional. Todo ello no es óbice para que los diarios y revistas estén microfilmados y digitalizados. Los ejemplares más antiguos están encuadernados y sus lomos tienen letras grabadas en oro, pero ahora se prefiere conservar en carpetas. Así se evita guillotinar la página, que no deja de ser una mutilación de la copia.

Código de barras

Una de las cosas que más sorprenden al visitante es el depósito robotizado, un espacio de 15 metros de altura donde dos millones de documentos se archivan en bandejas formando columnas y pasillos. Las estanterías se superponen desde la base hasta la cima, dibujando una colmena libresca en cuyo centro se desenvuelve el autómata. La máquina trabaja a oscuras, no necesita luz para identificar un código de barras que está pegado en el lomo de cada libro. Gracias a unos brazos mecánicos cuyos movimientos son ejecutados por un sofisticado programa informático, el robot da con la ubicación del documento y hace descender la bandeja hasta dejarla en manos del empleado. Los volúmenes se organizan mediante un «almacenamiento caótico», en virtud del cual se asignan huecos a los documentos sin atender a ningún orden concreto. Es el mismo sistema del que están dotados los grandes centros logísticos y almacenes industriales. El adjetivo «caótico» puede inducir a error, porque a la postre con este sistema se registran muchos menos errores, se optimiza el espacio y se acelera la colocación de los documentos.

Para sorpresa de bibliómanos, los libros almacenados en los silos se ordenan por tamaño en vez de por temática, género o fecha de publicación. Es la mejor forma de aprovechar los huecos disponibles. El segundo hogar de la BNE atesora una rica colección de carteles, que van desde los cinematográficos a los taurinos, pasando por religiosos, políticos, electorales y sindicales. En las estanterías descansa una de las mejores colecciones de cartelería política de la Transición. Muchos pósteres están aún por catalogar, una tarea titánica. «Poco a poco nos vamos poniendo al día. Algunos venían en cajas y permanecían doblados, lo que nos obliga a aplanarlos y en ocasiones a restaurarlos», apunta Beatriz Albelda.

Trasvase de documentos

Entre la biblioteca del Paseo de Recoletos y la de Alcalá de Henares hay un continuo trasvase de piezas. Cada día entre 300 y 500 ejemplares se desplazan desde el depósito de la periferia a la sede capitalina. Antes de la una de la tarde todos los préstamos han de estar listos para su traslado en cajas. Algunos libros no pueden cederse. «Un volumen dedicado por el autor convierte al libro en un ejemplar singular y en consecuencia no se puede donar», argumenta Eva Mínguez, jefa de servicio de Acceso al Documento.

La temperatura óptima para conservar todo este legado debe ser de 20 grados -si bien puede oscilar dos grados arriba o abajo-, mientras que la humedad no ha de superar nunca el 45%.

La residencia oficial de todos los libros que se publican en España desde hace tres siglos se nutre no solo de los ejemplares que los editores están obligados a depositar. «Cada vez son más numerosas las donaciones, a las que hay que añadir los libros que la Biblioteca Nacional compra por considerar que tienen especial interés». Muñoz Molina, Juan Goytisolo; la fundadora de Tusquets, Beatriz de Moura, o el poeta José Hierro han legado sus archivos personales. También Forges y Peridis, sus dibujos.

Aparte de incunables y todo tipo de manifestaciones bibliófilas arcanas, el departamento de Bellas Artes de la Biblioteca Nacional guarda todo lo susceptible de ser coleccionado por su valor gráfico. En la sede central hay una serie de materiales que son excepcionales testimonios de su tiempo; son los llamados 'ephemera'. Lo que estaba pensado que tuviera una duración breve se revela como un utilísimo instrumento para documentar una época. Los estantes y repisas de la BNE están repletos de objetos que el tiempo ha indultado: cromos, cajas de cerillas, calendarios murales, felicitaciones, orlas y un montón de etiquetas de cajas de pasas y de naranjas de finales del siglo XIX. Nada se tira. Se guardan carnés de baile, abanicos, paipais, recortables, facturas y hasta teatrillos de papel.

El depósito de Alcalá de Henares cuenta con una rica muestra de carteles.
El depósito de Alcalá de Henares cuenta con una rica muestra de carteles. / Virginia Carrasco

Siguiendo este mismo espíritu, el edificio de Alcalá de Henares, que se compone de 59 depósitos, ejerce de custodio de la memoria colectiva. También dispone de un buen acervo de piezas que se preveía que tuvieran una existencia efímera. Son las publicaciones menores, en las que abundan los catálogos de subastas, pregones, programas de mano, folletos publicitarios o diplomas. «Con el tiempo han adquirido un interés enorme para los investigadores», explica la funcionaria.

Segunda sede
Aspecto del edificio / V. C.

Torre robotizada

El edificio de la segunda sede de la Biblioteca Nacional, situado en Alcalá de Henares (Madrid), fue diseñado por el arquitecto Francisco Fernández Longoria. Consta de seis torres que ocupan una superficie de 40.000 metros cuadrados. En una de ellas, de 15 metros de altura, funciona un robot que localiza los ejemplares.

250

kilómetros es la longitud que suman todas las estanterías si se colocaran una detrás de otra. Cada año se incrementa en 500.000 el número de ejemplares. La ley de Depósito Legal obliga a donar dos documentos de cada título, aunque las colecciones están continuamente creciendo gracias a las donaciones de particulares y la compra de ejemplares de especial interés. La sede de Alcalá ya alberga más de la mitad de los documentos de la institución. En ambas sedes se alojan 32 millones de ejemplares.

Préstamos

La sala de lectura dispone de una capacidad para 40 personas. Cada día se trasladan desde Alcalá al Paseo de Recoletos entre 300 y 500 libros.