Martin Scorsese en Gijón: «El cine enriquece, enseña e inspira»

El cineasta saludando al público que acudió a verle en el Jovellanos./Paloma Ucha
El cineasta saludando al público que acudió a verle en el Jovellanos. / Paloma Ucha

El Princesa de las Artes llenó el teatro Jovellanos con su voz, experiencias y enseñanzas

PACHÉ MERAYOGijón

Ovación para decirle adiós y ovación nada más salir a escena. Ambas intensas y sonoras. Estaba claro: en el patio de butacas, lleno hasta la bandera, había fieles y solo fieles. Seguidores del Scorsese maestro del cine y del Scorsese que no tiene prisa, que habla sin parar de lo divino y de lo humano. De hecho el punto y final llegó cuando el guía de la velada, el también director de cine y guionista SergioG. Sánchez, reclamó, mirando el reloj, el 'The end'. Fue una hora y media después de que el autor de alguna de las mejores películas de la historia del cine y último Premio Princesa de Asturias de las Artes se dejara llevar por los recuerdos de su infancia, su juventud, sus años de universidad y también por su presente continuo. Todo cosido siempre con los títulos de su propia filmografía. Una hora y media tras la que quedaron en pie experiencias y enseñanzas, pero sobre todo dos ideas para los que miran el cine desde la butaca y para los que lo hacen buscando el otro lado de la cámara. A los primeros, que no olviden que lo que ven en la pantalla –ya sean las grandes de siempre o las pequeñas que parecen querer gobernar ahora– es «pura cultura», porque el cine, dijo convencido, «enriquece, enseña e inspira». De hecho, él que, como recordó, vivió en una casa «en la que nunca hubo libros», conoció el mundo, la historia, la literatura y hasta la música, a través de las películas que veía con sus padres.

Para los segundos, los que un día han soñado con seguir sus pasos, otro recado: «Ya no hay excusa. Las nuevas tecnologías permiten hacer una película sin apenas recursos». Bueno, solo hay una, la falta de talento, pues, según él, si no hay de esa materia, nada se puede hacer. «La mejor escuela del mundo no te enseña a hacer una película.Te puede guiar en la técnica, pero solo podrás hacer cine si tienes dentro las cualidades necesarias, el deseo total y la fuerza».

Dicho lo cual recordó cómo él mismo descubrió, en medio de un Hollywood que producía títulos desde los grandes estudios, 'Shadows', la ópera prima escrita y dirigida por John Cassavetes («uno de mis mentores») con bajísimo presupuesto y toda la energía necesaria. Al verla, ese mismo mensaje que lanzaba anoche en el Teatro Jovellanos se lo envió a sí mismo. «Supe en aquel momento que no hacía falta implicar a los grandes estudios, que se podía sacar un proyecto adelante solo con talento».

Y no fue fácil llegar a ese convencimiento, porque Martin Scorsese había crecido viendo «cada día una obra maestra y creía que eso era todo, que eso era lo normal». Pronto a su vida y a su mirada llegaron las nuevas vanguardias, la 'nouvelle vague' francesa, el nuevo realismo italiano y el nuevo cine japonés «más allá de Akira Kurosawa» y con sus pautas y muchas risas de juventud, ya que aquellos planos interminables les enseñaron a observar la nueva narrativa, pero también a ser críticos. Sabían que, como dijo Godard, «una historia debería tener un principio, un medio y un final, pero no necesariamente en ese orden».

Sabían también que debía tener buenos actores, ¿pero cómo lograr que actúen? «Solo tenía claro que los parlamentos debían sonar bien al oído», decía ayer a preguntas de G.Sánchez. El problema era que no conocía el modo de llegar a ese punto. Lo supo tras rodar un documental con motivo del bicentenario de los Estados Unidos. «A mí me encargaron hacer una película básica a modo de análisis de la experiencia de los inmigrantes y pensé: ¿por qué no hacemos una película con mis padres?». Dicho y hecho. «En seguida mi madre tomó el control y algo hizo clic en mí interior. Ella con su carácter abierto y su movimiento de manos tipo Fellini y mi padre, muerto de vergüenza, marcando los silencios, porque él sabía quedarse callado. Los miré, utilicé la cámara y dejé hablar a la persona». Ese fue un nuevo comienzo en su vida y en su carrera. Se dio cuenta, contaba ayer, de que «se podía hacer una obra sin que fuera necesaria la pirotecnia del cine».

Lo que no se puede hacer es sin la mirada de un buen actor. En eso tuvo suerte, como ya había contado por la mañana en Oviedo. Encontrarse con Robert de Niro fue una de las bendiciones de la vida. Vivía cerca de él, «no éramos de la misma pandilla, pero nos conocemos desde los 16». Pronto empezaron a trabajar juntos y a ser imprescindibles el uno para el otro. Pero no es el único actor del que habló ayer. También se refirió a su otro gran actor fetiche, Leonado di Caprio. A él y a su mirada, «con ojos de actor puro, que no necesita hablar y uno le puede tirar en la nieve sin más, sin texto que interpretar».

Habló asimismo de la labor de montaje, confesando que «en la sala de edición había una norma, no dejar entrar nunca a Scorsese». Una norma que rompió pronto. «Tener el control del montaje es esencial y no se lo puedes dejar al estudio, ni al editor o editora, por eso volví a tomarlo contratando a alguien de mi confianza. La confianza es esencial en el cine». La cuestión es «encontrar el alma de lo que cuentas». A veces ese alma está en la violencia, «ante la que no podemos acostumbrarnos», a veces en la fe, de la que habló también. «Pero siempre está en el interior de cada cual».

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