Gastrohistorias

Al príncipe de Gales sólo le gustó el cocido

El príncipe Eduardo de Gales en 1876, de 'The Prince of Wales' tour' (H. W. Russell, 1877). /
El príncipe Eduardo de Gales en 1876, de 'The Prince of Wales' tour' (H. W. Russell, 1877).

En una visita a Madrid en 1876, el futuro rey de Inglaterra Eduardo VII pidió que le sirvieran un menú típicamente español que no le convenció del todo

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

La gastronomía española goza actualmente de merecida fama en el mundo entero gracias a Adrià, las tapas, el gazpacho y olé, pero no siempre fue así. Es más, durante siglos la cocina de nuestro país fue vilipendiada por los extranjeros, quienes la consideraron demasiado fuerte, demasiado simplona y con un regusto a ajo y aceite que sus delicados paladares no podían soportar. Tanto fue así que los propios españoles acabamos por creer que nuestros platos tradicionales no eran dignos de las grandes mesas y a principios del siglo XIX la burguesía adoptó la cocina francesa como ejemplo a imitar.

Los menús de banquetes y fastos oficiales se plagaron no sólo de recetas galas sino que se escribían directamente en lengua francesa, incluso aunque no se dominara el idioma y se pusiera todo a la virulé. La epidemia gastrogabacha fue de tal calado que en torno a 1875 resultaba casi imposible dar con un hotel o restaurante de categoría en el que ofrecieran comida española, y los viajeros europeos podían disfrutar en Madrid, Barcelona o Sevilla la misma dieta que en París, Londres o Viena. Ahora que viajamos precisamente para vivir experiencias únicas y buscamos la autenticidad allá donde vamos esta uniformidad decimonónica nos puede parecer un horror, pero entonces la gente no tenía un gusto tan aventurero y se primaba lo civilizado sobre lo pintoresco. Así es que los reyes españoles durante el XIX y hasta bien entrado el siglo XX tuvieron casi siempre al frente de sus cocinas un chef francés, e incluso pese al famoso amor de Isabel II por los callos y la pepitoria, comían en los eventos oficiales con menús a la francesa.

Imagínense pues ustedes la sorpresa que causó en 1876 que a un alto dignatario extranjero se le diera una comida íntegramente española. El conejillo de Indias no fue otro que Alberto Eduardo de Sajonia-Coburgo-Gotha, hijo de la reina Victoria y futuro rey Eduardo VII de Inglaterra (1841-1910). El príncipe de Gales estuvo de viaje oficial en España en abril de 1876, después de un largo periplo por la India, Grecia y Egipto. Tras visitar Gibraltar, Eduardo desembarcó en Cádiz y de allí viajó a Sevilla (donde pisó la feria), Córdoba y Madrid, lugar donde le recibió efusivamente el rey Alfonso XII, quien llevaba poco más de un año en el trono. Alfonso había estudiado en la academia militar inglesa de Sandhurst y acompañó personalmente al príncipe de Gales y a su hermano Arturo en sus visitas a Aranjuez, Toledo o El Escorial, enseñándoles también el museo del Prado, el Congreso y organizando para ellos varios bailes y un desfile militar. Durante todo este periplo los príncipes ingleses comieron al estilo continental, con un desfile interminable de consommés, purées, mousses, roast beefs y tournedos.

Menú de la cena oficial del 26 de abril de 1876, ofrecida por Alfonso XII al príncipe de Gales.
Menú de la cena oficial del 26 de abril de 1876, ofrecida por Alfonso XII al príncipe de Gales. / Biblioteca Víctor Balaguer.

Pero aparentemente, harto de tanto puturrú, el príncipe Eduardo quiso probar algo diferente en su última jornada en Madrid. Ese día le ofrecieron una comida típicamente española con un menú escrito en castellano, ¡lo nunca visto! Fue tal la novedad que la lista de platos fue recogida en casi todos los periódicos de la época: de primero cocido a la española, luego bacalao a la vizcaína, vaca estofada con menestra a la andaluza, calamares en salsa negra, ropa vieja a la castellana, pollos con arroz a la valenciana, perdices escabechadas y de postre bartolillos de Botín. Para beber la muestra fue igualmente nacional, a base de manzanilla, vino de Valdepeñas, Cariñena y jerez amontillado.

Lo que podía haber sido un triunfo de la cocina española, con muestras de sus distintas gastronomías regionales, acabó como el rosario de la aurora. Fue público y notorio que el príncipe inglés tan sólo comió cocido y que hizo ascos a todo lo demás, ay, y la noticia corrió por todo el país, dando alas a los que creían que eso de los menús castellanos era un despropósito. Habría que esperar bastante años más para que nuestra cocina se liberara de los prejuicios, y todo por un príncipe tiquismiquis.

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