Cuartos

Nadal aplica la justicia divina a Nishikori y espera a Federer

Nadal celebra su victoria ante Nishikori./Kenzo Tribouillard (AFP)
Nadal celebra su victoria ante Nishikori. / Kenzo Tribouillard (AFP)

El español se mete en sus duodécimas semifinales en París con una contundente victoria ante el exhausto tenista japonés y luchará contra el suizo por el pase al partido decisivo

ENRIC GARDINERMadrid

Justicia divina es el término que explica que, a la larga, la justicia siempre acaba llegando. A Rafa Nadal y Kei Nishikori la justicia divina les llegó cuando este martes un destruido físicamente tenista japonés sucumbió ante el español (6-1, 6-1 y 6-3), que alcanzó sus duodécimas semifinales de Roland Garros.

Su rival el viernes por el pase al partido decisivo será Roger Federer, quien derrotó a Stan Wawrinka, por 7-6 (4), 4-6, 7-6 (5) y 6-4 en tres horas y 40 minutos, en un partido en el que también la lluvia hizo acto de presencia. Será el enfrentamiento número 40 entre ambos, el primero desde la final del Masters 1.000 de Shanghái en 2017 y el sexto en Roland Garros, donde no se enfrentan desde la final de 2011. Todos sus duelos en París se los quedó Nadal, incluyendo la única semifinal que disputaron, en 2005.

En cuartos Nishikori fue una marioneta. Un muñeco de trapo en manos de Nadal. Y la culpa no la tenía un mal día del japonés, si no que el nipón llegaba después de dos encuentros a cinco sets, el último de ellos, ante Benoit Paire, finiquitado en dos días, extendiendo el cansancio del pupilo de Michael Chang. Nishikori arrastraba una merma física que contra otro jugador quizás podría enmascararse, pero ante Nadal era imposible.

Porque el juego de Nishikori no da para plantear una estrategia de quemarropa. Una guerra relámpago o 'blitzkrieg' que decían los alemanes. Nishikori es, como Nadal, un jugador de trincheras. Un tenista que vive en el fondo buscando el hueco, encontrando el error.

Se montaba en el revés, tiraba con el látigo de la derecha, pero no le valía para mucho más que para ver cómo Nadal le mejoraba en todo. Sobre la pista Philippe-Chatrier, la principal de Roland Garros, había dos cosas invariables y una que iba y venía. Esta última era el sol. El astro rey se ocultaba y se asomaba por minutos, cambiando las condiciones de calor y mostrando la amenaza de una lluvia que se haría esperar.

Las dos invariables eran la solidez de Nadal y la fragilidad de Nishikori. Eso apenas se inmutó durante la hora y 50 minutos que se extendió el partido.

Tampoco se vio al japonés muy interesado en variar los versos del encuentro. Lejos de encontrar una solución en la agresividad o la locura, se encerró en lo que sabe hacer y los golpes le llovieron por uno y otro lado.

El partido era una especial reedición de aquella lucha por el bronce en Río de Janeiro 2016. Aquel día, Nadal llegó fundido después de perder en semifinales contra Juan Martín del Potro y tras conquistar el oro en dobles. Nishikori era muy superior por la ventaja física de la que gozaba, pero el orgullo de Nadal le llevó a remontar y forzar un tercer set marcado por la dudosa y antideportiva táctica de Nishikori, que se fue al baño y pasó muchos minutos allí, cortando de raíz la inercia del manacorense.

El bronce acabó colgado del cuello del nipón, quien quedó marcado para siempre, como lo estuvo su entrenador Chang, después de aquella final de Roland Garros en 1989.

Desde aquello, Nadal y Nishikori se han visto en dos ocasiones, la final de Montecarlo el año pasado y este cruce de cuartos de final. Lo que no reprochó el balear en su día, lo ha respondido en la pista. Dos victorias incontestables, duras y de las que, como aquel tercer y cuarto puesto de 2016, se quedan marcadas en la piel.

Cuando el marcador sonreía un 6-1 y 6-1 Nishikori pidió la atención del médico en tres ocasiones por un problema en el codo y en el hombro derecho, nadie podía apostar por una sorpresa en la Chatrier. Hasta que apareció la lluvia y trastocó los planes de todos. El partido se suspendió durante más de una hora y el aguacero sobre París hizo temer una cancelación hasta el miércoles.

Pasado el tiempo, el sol volvió a hacer acto de presencia y Nadal, al que separaban dos juegos del triunfo, sentenció lo que sin la lluvia tendría que haber acabado mucho antes.