El testimonio de Michael Cohen opaca la cumbre con Kim Jong-un

Michael Cohen. /EP
Michael Cohen. / EP

El exabogado de Trump pinta ante el Congreso al presidente como un mafioso que da órdenes indirectas, habla en clave y deja el trabajo sucio a otros

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (EE UU)

La audiencia más esperada en Washington ofreció este miércoles una mirada intimista al modus operandi de Donald Trump, deleitó a sus opositores y borró del mapa informativo la cumbre con Kim Jong-un, pero no reveló nada nuevo sobre la trama rusa. «Donald Trump es un racista, un embustero y un estafador», afirmó su exabogado Michael Cohen bajo juramento ante el Comité Judicial de la Cámara de Representantes. Un mafioso dispuesto a hacer «cualquier cosa para ganar», pero nada que le ligue directamente con los rusos para alzarse presidente.

Trump no tiene correos electrónicos, no manda mensajes de texto, ni da órdenes directas para no mancharse las manos, pero todo el mundo a su alrededor sabe lo que quiere y actúa con diligencia. En Trump Organization no se hacía nada sin su consentimiento, aunque había algunos personajes que operaban por su cuenta, como Roger Stone, que le mantenía informado por teléfono sobre sus progresos. Eso es lo que ocurrió el día que le llamó para decirle que había hablado con Julian Assange y sabía que en los próximos días Wikileaks iba a soltar «una cantidad masiva de 'e-mails' que dañarían la campaña de Hillary Clinton». Pero de ahí a que coordinara su lanzamiento va un gran trecho.

«Rusia, si estás escuchando, espero que seas capaz de encontrar los 30.000 'e-mails' que faltan», deseó Trump en voz alta durante uno de sus mítines ocurrido en julio de 2016. A esas alturas los piratas informáticos del Kremlin ya habían intentado hackear 76 cuentas de la campaña de Clinton, pero los que Trump buscaba eran los que la exsecretaria de Estado borró del servidor que se había hecho instalar en su casa de Chappaqua para tenerlos bajo su control. Una vez solicitados oficialmente al terminar su mandato entregó los que consideró de trabajo y borró unos 33.000 que, según ella, trataban sobre asuntos peronales: «Los planes para la boda de Chelsea, el funeral de mi madre, condolencias de los amigos, mis rutinas de yoga o las vacaciones familiares». Nadie ha podido demostrar lo contrario, pero los seguidores de Trump están convencidos de que esos correos borrados corroborarían su complicidad en turbios asuntos de estado, como la muerte del embajador estadounidense en el consulado de Bengazi (Libia). Ni Rusia ni Wikileaks han podido encontrar esos correos.

Cohen ni siquiera pudo aportar información alguna sobre transacciones en dinero negro que Trump hubiera hecho con oligarcas rusos, como intentaron concluir los congresistas demócratas que este miércoles le interrogaron públicamente durante más de cinco horas. Lo más fascinante de su testimonio fue la mirada íntima que compartió sobre el hombre con el que ha trabajado durante diez años y al que considera cada día más peligroso, particularmente ahora que millones de seguidores han caído bajo su conjuro y están dispuestos a ejecutar sus deseos, como lo hizo él mismo. «Si te dice que esta es la corbata más bonita que ha visto en su vida no discutes. Ya sabes lo que tienes que hacer».

A los 40 años, cuando empezó a trabajar para Trump Organization, Cohen estaba fascinado con el magnate al que consideraba un hombre carismático símbolo del éxito. Con el tiempo dice haber descubierto que no es más que un fraude, alguien que inflaba los números para entrar en la lista Forbes de los más ricos del mundo y los minimizaba a la hora de evadir impuestos u obtener pólizas de seguro más económicas de los bancos. Lo sabe bien porque él fue uno de sus matones. Le arreglaba los números, escribía las cartas para intimidar a sus acreedores, amenazaba a los periodistas, pagaba el silencio de sus amantes (lo que más lamenta, por respeto a Melania, «una buena persona que no se merece eso»). Ahora que la justicia le ha dado caza y espera sentencia advierte de que «quienes sigan a Trump ciegamente sufrirán las mismas consecuencias» que él.

Los congresistas republicanos dedicaron todo su tiempo a exponerle como un mentiroso, convicto de perjurio, entre otros cargos, al que no hay que darle crédito. Anticipándose a ello Cohen llevó consigo todos los documentos que ha podido encontrar para demostrar sus acusaciones, pero si algo le dio crédito fue su defensa del hombre al que acusa de ser un fraude cuando se le preguntó por la cinta grabada en la cámara de seguridad de un ascensor en el que presuntamente Trump le pega a su esposa. «No creo que exista», aseguró. «Si algo puedo decir de Míster Trump es que nunca, jamás, haría una cosa así, no le creo capaz», le defendió.

«A su manera, me estaba diciendo que mintiera»

AFP.-«Antes de nada, quiero agradecerles a todos por estar hoy aquí. Me siento honrado. Agradezco al presidente Cummings por darme la oportunidad de decir la verdad y espero que, como dijo el presidente Cummings, ayuda a sanar Estados Unidos», ha señalado en una breve declaración tras su testimonio, refiriéndose a Elijah Cummings, presidente de la comisión de Reformas Gubernamentales y Supervisión del Congreso.

«Trump directamente no me dijo que mintiera al Congreso, así no es como él funciona», ha explicado, en referencia a su declaración al Congreso en 2017 sobre cuándo se produjeron las conversaciones respecto al proyecto inmobiliario del magnate en Moscú. No obstante, «a su manera, me estaba diciendo que mintiera», ha añadido, explicando que por sus declaraciones públicas y privadas llegó a la conclusión de que quería que lo hiciera.