Por qué Trump dirá que es un éxito la reunión con Kim Jong-un

Donald Trump, en una imagen de archivo./EFE
Donald Trump, en una imagen de archivo. / EFE

El presidente de EE UU está forzado a 'vender' como una victoria el encuentro con el líder norcoreano tras el fiasco en la cumbre del G-7

MERCEDES GALLEGOCorresponsal. Nueva York

Es muy posible que Donald Trump no esté viendo la cadena Fox en Singapur, pero si leyera los titulares de 'The New York Times' se encontraría con que «Trump destruye Occidente», dice el columnista David Leonhardt; «Debacle en Quebec», sostiene el Nobel Paul Krugman; o «El caos del G-7 da a China otra victoria comercial», según la CNN.

En ese contexto el mago de los ratings, autor de «El Arte del Trato» no puede permitirse dos pinchazos seguidos en la diplomacia internacional, así que ocurra lo que ocurra hoy en el Hotel Capella de Singapur, la histórica cumbre con Kim Jong Un será un éxito. Lo dirá el hombre que aseguró tener pruebas de que Barack Obama nació en Africa, que vio salir el sol durante su ceremonia de investidura mientras caía la lluvia sobre la multitud que le aclamaba –«la mayor de la historia. Punto», zanjó su portavoz Sean Spicer-. El mismo que en 2003 aplaudió ante las cámaras el «tremendo éxito» de la invasión de Irak pero en la campaña de 2006 aseguró ser el único candidato que se opuso a ella «fuerte y claro».

Como sólo habrá tres personas más en la habitación -Kim y los traductores de ambos- será difícil desmentir el resultado. Cualquier verificación de un acuerdo total para la desnuclearización de la península coreana tardaría al menos siete u ocho años, dicen los expertos. Hacerla irreversible será casi imposible, porque nadie puede deshacer el conocimiento acumulado por sus científicos durante décadas.

Con la parafernalia mediática que ha llevado hasta Singapur a 3.000 periodistas, Trump pretende enterrar el caos que dejó en Quebec. Convencido de que necesitaba dar un golpe sobre la mesa para que Kim le respete, desde el avión dio instrucciones a su equipo para que retirase su firma del comunicado final de la cumbre en el que los aliados habían trabajado toda la noche para conseguir su adhesión y azotó al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, por decir en público lo que ya había dicho en público y en privado: Que para los canadienses imponer aranceles del 10% sobre el aluminio y 25% sobre el acero basándose en la seguridad nacional es «insultante» y que, «lamentándolo mucho pero con firmeza», corresponderán con aranceles equivalentes el 1 de julio.

«Débil y deshonesto»

A juzgar por la virulenta reacción del mandatario estadounidense en Twitter, que acusó a Trudeau de «débil y deshonesto», se diría que el canadiense había cometido pecado capital. «El mayor error de cálculo político de la historia moderna que haya hecho ningún líder canadiense», juzgó al día siguiente Peter Navarro, el asesor económico de Trump que inspira sus medidas proteccionistas. «Hay un lugar muy especial en el infierno para los líderes extranjeros que se involucren de mala fe en diplomacia con el presidente Donald J. Trump y luego intenten apuñalarle por la espalda cuando sale por la puerta», añadió con saña en la Fox, que ven los seguidores de Trump.

Para ellos era también la foto del encuentro con los líderes del G-7 distribuida en las redes sociales en la que ya no se ve a Angela Merkel con los puños sobre la mesa, sino a todos rodeándole en actitud suplicante. Desde esos tuits que la canciller alemana calificó después de «deprimentes», el presidente estadounidense adelantó que se avecinan «aranceles sobre la importación de automóviles que inundan el mercado estadounidense».

No hay duda de que el magnate no se sentía cómodo en ese club de países occidentales creado para las grandes economías del mundo que comparten los valores democráticos. Su insistencia en readmitir a Rusia, cuya economía tiene un tamaño similar al de España y menor que Brasil, sólo encontró eco en el nuevo amigo europeo de Trump: el primer ministro italiano Giuseppe Conte, el populista con quien comparte sentimientos antiinmigrantes y contrarios a la UE. Tras atacar a Trudeau tuiteó una foto con Conte, al que en Quebec felicitó efusivamente por su «gran victoria».

El asesor económico de Trump Larry Kudlow aseguró que Trudeau no le dejó más remedio que retirarse del comunicado y aplicar nuevos aranceles porque sus comentarios le debilitaban frente a Kim Jong-un. «Sólo tenía que agarrar su victoria en la cumbre y cerrar la boca», dijo con fastidio. Los líderes europeos descubren así que sus esfuerzos para congraciarse con el impredecible inquilino de la Casa Blanca no funcionarán a menos que estén dispuestos a someterse a sus deseos. Trump, con su instinto, ya ha olfateado que le toleran a duras penas y sólo se alineará en este nuevo orden mundial con los poderosos a los que admira o los que estén dispuestos a servir de agentes del caos.

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