Carles Puigdemont, el mesías accidental

Carles Puigdemont, el mesías accidental

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Un periodista de Girona. Fue la fórmula más repetida cuando en enero de 2016 hubo que documentar la sorpresa: tras el ultimátum de la CUP, el elegido para sustituir a Artur Mas era Carles Puigdemont. Atendiendo a lo usual de la profesión y al tamaño de la capital de provincia, aquello sonaba como «farmacéutico de Lugo» o «administrativo de Cáceres». Eso ayudó a que la opinión pública española pudiese concentrarse en lo importante: generar chistes sobre el peinado -frondoso, desordenado, beatlemaníaco- del nuevo president.

Puede entenderse que la figura de Puigdemont -que hoy ha sido detenido en Alemania tras meses de periplo por Europa- necesitase en aquel momento una explicación. Su relevancia no correspondía a la de un aspirante a la Generalitat. Era un diputado no demasiado conocido fuera de Girona, ciudad de la que había sido alcalde desde 2011. Lo increíble es que hoy, después de dos años bajo los focos, su figura sigue necesitando esa explicación. Puigdemont es un político que transmite una impresión extrañísima: la de ser al tiempo trivial e impenetrable. Observarle en momentos tan decisivos como las sesiones parlamentarias que aprobaron las leyes de desconexión resultaba fascinante. Sentado en su escaño y absorto en sus pensamientos o en su móvil, parecía molesto y aburrido, como quien no tiene más remedio que hacer tiempo en un lugar en el que no quiere estar.

Quizá esa incomodidad se explica porque en su cabeza y en su móvil brillaba alguna clase de Jerusalén celeste. Desde el comienzo se dijo que Puigdemont era un independentista «de una pieza». Incluso se aportaron anécdotas personales que iban de lo obsesivo (Puigdemont maniobrando en los peajes para pasar solo bajo carteles escritos en catalán) a lo increíble (Puigdemont buscando vuelos entre Barcelona y Madrid con escala en París o Bruselas para poder entrar a España desde otro país).

Parecían bulos, pero él mismo confirmó después extravagancias del estilo. Por ejemplo, la de registrarse en los hoteles extranjeros a deshoras, cuando el personal de recepción es menos experimentado, para poder identificarse «colándoles» un carné catalán. «Así nadie discutía mi nacionalidad», explicó, siendo ya president, otorgándole una novedosa importancia geopolítica a los mostradores de los hoteles.

Puigdemont es la verdad y el camino independentista. No se sabe si ese camino lleva a la gloria o al calvario

Otro de los aspectos de Puigdemont que se insinuó en aquel lejano 2016 es que era un político de temperamento afable pero de tendencia personalista. Para cerrar su discurso de investidura como president eligió una frase de Gaziel: «Soy falible, pero insobornable». Fuera de su contexto, es el autoelogio de un caudillo. Aunque lo mejor es que su contexto es un artículo de 1934 en el que Gaziel se define como «mal pescador de río revuelto» y presume de no utilizar, «como tantos», su trabajo de periodista «para escalar otros planos más altos y otras situaciones más pingües».

Datos personales

Nació en Amer en 1962. Trabajó en el diario 'El Punt' y la Agència Catalana de Noticies. Es diputado autonómico desde 2006. En 2011 fue elegido alcalde de Girona. En 2016 llegó a la presidencia de la Generalitat. Fue cesado el 28 de octubre. Se le imputan delitos de rebelión y sedición.

Fue una convención de pescadores de río revuelto lo que llevó a Puigdemont a la Presidencia de Cataluña. Él insistió cuanto pudo en que el puesto era «temporal» y muchos le otorgaron la función de una pieza a sacrificar, ya fuese por la ambición de Artur Mas o por los cálculos de Oriol Junqueras. Todo cambió el 29 de octubre, cuando huyó en secreto a Bruselas y se autoproclamó presidente en el exilio, iniciando una asombrosa odisea legitimista.

Rodeado de un pequeño grupo de fieles y redoblando su papel mesiánico, Puigdemont ha roto amarras con su partido. Al mismo tiempo, le ha complicado a Esquerra sus planes de capitalizar el ‘procés’. El anodino alcalde de Girona se ha convertido en un gigante simbólico: ese líder que camina por el bosque, mira a los ojos a los verdaderos catalanes y, sonriendo, dice su nombre. Iluminado por la presciencia de las ‘fake news’, retuitea las invectivas de sus rivales, lo que le llena de razón ante los suyos, y hace algo mucho más perverso con las dudas de sus aliados: las señala como herejías. Puigdemont es la verdad y el camino independentista. No se sabe si piensa que ese camino va a la gloria o al calvario. Tampoco si no entiende que ambas cosas son lo mismo. Su disco favorito, claro: la banda sonora de 'Jesucristo Superstar'.

 

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