Carmen Calvo: leal, feminista y autoritaria

Carmen Calvo: leal, feminista y autoritaria

La nueva vicepresidenta acredita una carrera política con luces y sombras, pero cuenta con la confianza absoluta de Sánchez

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Para algunos es la sorpresa del Gobierno, no tanto por formar parte del mismo, que en el PSOE se daba por descontado, sino por ser la número dos. Carmen Calvo no tiene entre los socialistas el ascendiente ni el prestigio de otros dirigentes. Pero atesora un valor fundamental para Pedro Sánchez, la lealtad. Cuando Andalucía era un erial de apoyos en las primarias socialistas del año pasado -todos, o casi, estaban con Susana Díaz- la exministra de Cultura apostó por el que parecía predestinado a perder.

Esa fidelidad combinada con un discurso feminista a prueba de bombas y un carácter fuerte, mandona, según algunos de los que han trabajado con ella, configuraron el perfil que buscaba el presidente del Gobierno para su mano derecha. No se aleja mucho del molde de sus antecesoras, Soraya Sáenz de Santamaría y María Teresa Fernández de la Vega, en un cargo coto exclusivo de mujeres desde hace 14 años, con el breve paréntesis de Alfredo Pérez Rubalcaba.

Sánchez quiere que su Gobierno tenga una impronta feminista y la doctora en Derecho Constitucional, nacida hace 61 años en la localidad cordobesa de Cabra, es una garantía. Su discurso no deja lugar a las dudas. Cree que «hay que acabar con el estereotipo del amor romántico, es machismo encubierto»; se definió como «cocinera antes que fraila», defiende el uso del término portavoza -«las mujeres necesitamos nombrar como consideremos oportuno y la Academia (de la Lengua) irá depurando», argumentó-; y se enfada con la imagen de la ministra florero - «tenemos que soportar que cuando nos miran en lugar de ver la gestión que estás haciendo, se fijan en si llevas tacones o en cómo vas peinada»-.

Había dejado la política enfadada con su partido porque en las elecciones de 2011 pretendía relegarle en la lista de Córdoba detrás de la exalcaldesa y exdirigente de IU Rosa Aguilar, pero volvió con ganas de revancha hacia los que la habían menospreciado y que ahora bailaban el agua a Susana Díaz. Se convirtió en la secretaria de Igualdad de la comisión ejecutiva del PSOE. Sánchez vio en ella una capacidad que otros no atisbaron y la promocionó a portavoz del partido para contrarrestar el impacto informativo de los Consejos de Ministros del viernes. Desde esa tribuna presentó los proyectos legislativos de igualdad salarial y de igualdad de trato entre hombres y mujeres en el ámbito laboral, dos de los retos estrella del nuevo Gobierno.

Pero el feminismo no es su única credencial, tiene una larga carrera política, fue diputada en el Parlamento andaluz, parlamentaria en el Congreso, consejera de Cultura con Manuel Chaves, ministra con José Luis Rodríguez Zapatero y vicepresidenta del Congreso. Sánchez delegó en ella la negociación con Sáenz de Santamaría la aplicación del artículo 155 en Cataluña. Se resistió a que la intervención alcanzara a los medios informativos públicos, sobre todo TV-3, una petición del PSC, que el líder del PSOE hizo suya, y ella contra pronóstico sacó adelante.

«Dixi y Pixi»

Es, junto a Josep Borrell, la única que conoce los entresijos del Consejo de Ministros después de ocupar durante tres años la cartera de Cultura. Una gestión con luces, Quinto Centenario de El Quijote; y sombras, la ley del cine. Mantuvo sus más y sus menos con la escritora Rosa Regás, directora de la Biblioteca Nacional; vivió la disputa de los 'papeles de Salamanca'; anunció bajadas del IVA para los productos culturales que no pudo materializar; y luchó con éxito desigual contra la piratería audiovisual.

De aquella época, quedaron perlas que la han perseguido durante años. «Estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie», comentario que desató una buena polvareda. Pero quizá la más descacharrante fue su esgrima verbal con un senador del PP que le reprochó la crisis del cine español, «periodo negro, Calvo Dixit». A lo que la ministra, que creyó que le comparaban con los ratoncitos, respondió «Dixi ni Pixi será su señoría». Después explicaría que hizo la alusión a los roedores «en andaluz» y negó que desconociera el latín, «sé más latín que pelos tengo en la cabeza».

Ahora se ha convertido en la piedra angular del nuevo Gobierno socialista y tendrá que coordinar un gabinete de políticos contrastados, una tarea que requiere una mano izquierda que se le desconoce.

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