SI LA MEMORIA FUERA SOLO UNA FECHA

Tendremos que arrebatarle el discurso a los sectarios y cederle la palabra a las inteligencias más generosas. Las que saben que el 1 de octubre es lunes para todos. También en Cataluña

VÍCTOR DEL ÁRBOLEscritor

Es difícil encontrar a alguien en Cataluña que no recuerde lo que estaba haciendo el 1 de octubre de 2017. No podía ser de otra manera: en el contar dónde se estaba, con quién y haciendo qué hace un año, hay una necesidad de reivindicar nuestro papel en esa parte de la historia. Toda sociedad se cohesiona en torno a una relato colectivo que necesita efemérides, fechas elegidas para simbolizar una causa común, y el 1 de octubre tiene los ingredientes necesarios: relato y épica. Sin embargo, la relación entre lo vivido y el recuerdo que se tiene de ello no siempre se ajusta a la realidad, como tampoco lo es la forma en que se transmite. Me gustaría leer algún día las memorias del señor Junqueras, del Major Trapero, y contrastarlas con las del ya exministro Zoido o las del coronel Pérez de los Cobos, por ejemplo. Sería casi utópico sentar frente a frente a unos y a otros y someter a escrutinio sus recuerdos y la interpretación de los mismos. Sin cámaras, sin acólitos, veríamos qué memoria surgiría. Tal vez una que justificase sus decisiones de entonces. Pero lo que es seguro es que no olvidarán nunca, y por circunstancias bien distintas, esa fecha. Como tampoco la olvidarán las miles de personas que acudieron a las puertas de los colegios, ni los agentes a los que se ordenó desalojarlos. Pocas veces se ha vivido tantísima tensión en las calles de Cataluña.

Negar que aquel día cambiaron muchas cosas es pretender vivir en una realidad sin fundamento. Las consecuencias políticas de lo ocurrido son de todos conocidas; en cuanto a las históricas y a las sociológicas, están por ver. Se necesitará tiempo y perspectiva para analizarlo a fondo. Pero algo ya podemos avanzar: la crisis más grave que ha vivido este país desde el 23-F de 1981 ha sacudido los cimientos de aquello que creíamos saber de nosotros mismos y de los demás. Todo se ha puesto en tela de juicio, desde la Jefatura del Estado hasta su composición territorial, pasando por la propia Constitución o la separación de poderes. Pero también ha puesto a prueba nuestra capacidad de empatía, nuestra paciencia y ha despertado fantasmas que creíamos desterrados para siempre. Nos vemos empujados a fijar nuestras ideas ante vecinos, amigos, familiares, en el trabajo, en la escuela y a veces con un resultado desalentador.

El 1 de octubre y su onda expansiva sigue entre nosotros porque, habiendo algo en la violencia que repele de manera natural, cuando esa violencia se ejerce en nombre de un Estado democrático contra sus propios ciudadanos la repulsión se convierte en estupor primero y en rabia después. Muchos seguimos preguntándonos cómo es posible que aquellas escenas pudieran darse en la España del siglo XXI. Un funcionario de policía no actúa o se inhibe sin una directriz y alguien la dio ese día. Bajo el paraguas del cumplimiento de una orden judicial se quiso ejemplificar la autoridad del Estado con firmeza y esa fue una gran torpeza política que tuvo el efecto contrario al pretendido, y que otorgó a la consulta un valor mucho mayor del que le hubiera correspondido en el plano meramente simbólico, una vez anuladas incluso las mínimas garantías de imparcialidad en el proceso. Nada de eso era necesario, y para cuando alguien quiso darse cuenta y dio orden de parar semejante despropósito, el daño estaba hecho. Las imágenes corrían por las televisiones de medio mundo, convirtiéndose en la mayor baza propagandística del independentismo, no solo para su consumo interno, sino para elaborar un discurso que presentase a la España del año 2017 como si todavía fuera la de 1939. Esa idea es injusta, deshonesta, ofensiva para muchos de nosotros, pero realmente eficaz a la hora de presentarse internacionalmente como víctimas.

Un año después ¿qué hemos aprendido? Desde Waterloo se enrocan en la retórica épica, sin un solo mea culpa, mientras escriben libros con una verdad absoluta que solo lo es para quien se la cree. Vender declaraciones simbólicas y Chateaux en Espagne sigue siendo la marca de la casa. Y entretanto, en la calle Génova el endurecimiento del discurso con metáforas desafortunadas de «pistolas en la mesa» suena a desesperación por el espacio perdido y a demagogia de la peor catadura.

Se preparan las municipales y eso está en el horizonte, nadie quiere bajar unos decibelios el ruido, incluso tenemos candidato jacobino venido de París para enseñarnos orden y concierto. Si solo nos fiáramos de esa memoria del agravio podríamos concluir que el único futuro es el abismo y el sálvese quien pueda. Pero por suerte la política profesional, siendo inevitable y eterna, también es coyuntural. La mayoría de mortales no podemos vivir permanentemente en la excepcionalidad. El paroxismo se agota cuando estamos obligados a las fatigas y a las alegrías cotidianas, de modo que llevemos lazo o no, tengamos las ideas que tengamos, la inercia de la convivencia va ocupando su espacio natural. Sabemos que estamos obligados a entendernos, con esta Constitución o con otra, con estos interlocutores o con otros diferentes, con fórmulas que tal vez ni siquiera se vislumbran ahora, pero algo es seguro: al final tendremos que arrebatarle el discurso a los sectarios y cederle la palabra a las inteligencias más generosas de uno y otro lado. Las que saben que el 1 de octubre será lunes para todos. También en Cataluña.

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