Contra el mito de la 'puta feliz'

Seis mujeres que han vivido en persona la prostitución. /J. R. Ladra
Seis mujeres que han vivido en persona la prostitución. / J. R. Ladra

Los testimonios de mujeres que narran la explotación sexual en primera persona acaban con la idea de que la prostitución es una profesión como cualquier otra

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

A los quince años, la irlandesa Rachel Moran empezó a ejercer la prostitución. «Era una niña sin hogar», dice. Una frase que encierra una larga y dolorosa historia que la convirtió en víctima de la explotación sexual. Un «infierno» que duró siete años. «Toda la prostitución es traumática: que 7.000 hombres utilicen tu cuerpo y te toquen a la fuerza es un trauma», afirma Moran, que reconstruyó su vida y ahora es directora de la organización de supervivientes del abuso sexual Space Internacional y autora del libro 'Pagado por. Mi viaje a través de la prostitución'.

Una de las primeras lecciones que se aprende al hablar con las mujeres que han logrado salir de la prostitución y rehecho sus vidas tiene que ver con el lenguaje. La prostitución no es una «industria» que atiende a unos «clientes». Tampoco es un «trabajo», ni una «actividad económica». Es explotación de mujeres. De mujeres pobres. «No somos vaginas en venta», clama Fiona Broadfoot, fundadora de la organización Build a Girl Project y superviviente de la trata de mujeres en Reino Unido.

La historia de cada una de las sobrevivientes de la explotación sexual tiene un punto de partida común: son captadas desde muy jóvenes por personas cercanas, a veces sus propios padres, y quedan atrapadas en un circuito que las aísla de su entorno. «El proxeneta llega, hace promesas económicas y a veces de amor, y siempre termina coaccionando, pero yo nunca viví ni esa riqueza ni ese cariño», asegura la colombiana Beatriz Rodríguez, directora de la Asociación de Mujeres Productoras de Cárnicos del Caquetá, en la conferencia 'Avances y retos de futuro contra la trata y explotación sexual de mujeres y niñas', celebrado en Madrid y que ha reunido a víctimas de diferentes países del mundo, que ahora lideran la lucha contra la trata de mujeres y niños.

Elegir España para este encuentro no es casual. «España se ha convertido en el país con mayor demanda de sexo pagado en toda Europa», aseguran desde la Coalición contra la Trata de Mujeres (CATW) y la Comisión para la Investigación de Malos Tratos a Mujeres, ambos organizadores del foro, basados en datos de una investigación del 2017 realizada por el sociólogo de la Universidad de Otawa, Richard Poulin. Varios otros datos dan cuenta de la magnitud de un fenómeno que no tiene cifras exactas ni oficiales. Lo ejercen entre 50.000 y 100.000 mujeres y por cada una hay cuatro hombres que la utilizan, según la asociación Feminicidio.net. Otro dato, aportado por Rodríguez: en el Caquetá, la región colombiana donde ella nació, vive medio millón de personas y 42.000 de sus mujeres han emigrado a España para ejercer la prostitución. «El cuerpo de la mujer es un renglón económico muy interesante para el fisco», asegura Rodríguez.

Quienes hablan en primera persona se enfrentan a un gran mito, el de la «puta feliz». Una leyenda que ellas mismas creyeron alguna vez, muy al principio. «El relato que se construye es el de la puta feliz que se empodera siendo penetrada vaginal, anal y bucalmente», denuncia la hispano-rumana Amelia Tiganus, miembro de Feminicio.net. «Porque los 'puteros' quieren putas felices. Si nos ataran a la cama ellos no pagarían por nosotras. Yo nunca pensé ni quise ser puta. Pero te dicen: no seas tonta, utiliza tu cuerpo. Cuando te captan es como una luna de miel. La vida es bonita, no por lo que haces en ese momento sino por lo que viene después, el sueño. Nadie piensa en ser puta toda la vida. Después viene el infierno, que está aquí al lado. Dejémonos de inventar historias de Pretty Woman».

Amelia Tiganus
Amelia Tiganus / J. R. Ladra

     

Amelia Tiganus (Rumanía), miembro de Feminicidio.net

El recuerdo del sudor ajeno

«No pasé hambre ni frío. Soñaba con ser profesora. Era una niña muy cariñosa. Un día volvía de la escuela, con mi uniforme y mi mochila, y me violaron cinco hombres. Yo callé, no le dije nada a mis padres, porque me sentía avergonzada. Esas violaciones se hicieron sistemáticas. Yo siempre mantuve el silencio. A los trece abandoné los estudios. Porque primero te excluyen de tu mundo para después captarte. Me trajeron a España, a un prostíbulo de carretera, un verdadero campo de concentración. Durante 24 horas tenía que estar disponible, tenía que ver las películas pornográficas que ponían. Comía y dormía cuando me lo decían. Me quitaban el dinero. Hay economías de pueblos enteros que dependen del puticlub que tienen al lado. A mí lo que me estremece es el recuerdo del sudor ajeno. El asco. Sentir todo el manoseo y la brutalidad que te cae encima con ese sudor. Que revivo cuando sueño o vienen los 'flashback'. Y, en aquel prostíbulo, me estremecía dormir en el mismo sitio donde recibía cientos de penetraciones que se convertían en una tortura».

Melanie Thompson.
Melanie Thompson. / José Ramón Ladra
Melanie Thompson (Estados Unidos), estudiante

Crecer en hogares de acogida

«Nací en Nueva York y tengo 22 años. Muy joven ya salía con chicos de la escuela primaria, y bebía con ellos. Me emborrachaba, no volvía a casa hasta la una de la madrugada. Mi madre, que siempre fue muy sobreprotectora, me llamaba, me pedía que volviera, preguntaba dónde estaba. No le hacía caso. Una noche de fiesta fui secuestrada y empecé a ejercer la prostitución. Siempre en páginas de contacto de internet. A los trece fui arrestada por la policía. También estaba en la lista de personas desaparecidas. El juez me envió a un centro de menores. Un año después me entrevistaron en el 'New York Times' y en ese momento supe qué quería hacer, cuál era mi vocación. Ejercí la prostitución durante ocho años, mientras iba de un hogar de acogida a otro, pero me apliqué para seguir estudiando. Hice varias entrevistas. Recibí ayuda. Después de muchas sesiones con otras 'hermanas' me reconocí como una superviviente. Por mucho tiempo creí que era mi culpa haber sido prostituida. Me sentía culpable porque me habían secuestrado por haber bebido alcohol. Pero logré entender que yo era una niña sin capacidad de decisión, que no había dado mi consentimiento. Ahora estudio sociología».

Myles Paredes.
Myles Paredes. / José Ramón Ladra
Myles Paredes (Filipinas), presidenta de la Cooperativa Bagong Kamalyan

Culpada por la familia

Fui violada por a los siete años por mi propio padre y mi tío. Mi padre también había violado a mi madre, que fue obligada a casarse con él. Es la tradición. De esa manera se 're-dignificaba' y sus familiares podían olvidarla. Yo quedé embarazada a los trece años. Huí con mi hijo pero mi padre me encontró. Al principio rechacé volver con él. Pocos meses después, me convenció. Con el tiempo dejé a mi familia. Las condiciones de vida eran precarias. En Manila encontré un trabajo en una cantina. Era un buen trabajo, con un buen salario. Después me dijeron que me prostituyera. Entré en un burdel, el propietario me violó, contraje muchas enfermedades. No podía negarme a nada, porque me golpeaban. No tenía más opción. Tuve otro niño, enfermo del corazón. Por mucho tiempo pensé en morir. No sabía qué hacer, sólo quería pagar el tratamiento del hospital a mi hijo. Un grupo de apoyo a prostitutas, de los que hay muy pocos en Filipinas, me ayudó. Son mujeres luchadoras, imparten cursos de entrenamiento y empoderamiento. Tenían una visión distinta a la de mi familia, que me culpaba de mi situación, y logré salir».

 

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