Focos de luz en la oscuridad

«La naturaleza humana en situaciones difíciles, se muestra grandiosa, y nos permite ver a ese gran superviviente que siempre llevamos dentro»

Focos de luz en la oscuridad
Fotolia
ELKIN LUISProfesor de la Facultad de Educación y Psicología. Universidad de Navarra

Hoy rememoramos el Día Europeo de la Depresión, un reconocimiento de un problema de salud mental que tiene efectos a nivel individual con unas repercusiones en todos los ámbitos de la persona, y que en última instancia se convierte en un problema de salud pública.

En este día me gustaría recordar que no existe un cuadro único de depresión, no solo porque su causa puede ser distinta, sino porque cada persona la experimenta con una configuración igualmente distinta de síntomas y particularidades. Esto es importante porque, a la hora de pedir ayuda, los profesionales intervendrán de una manera u otra.

Durante el día de hoy se recordarán los síntomas y algunas causas que repercuten en el estado de salud mental de las personas con depresión, sin embargo, y precisamente hoy, quiero sacar a relucir algunas ideas sobre efectos positivos secundarios que subyacen en las personas que han pasado o están en procesos depresivos. Y para ello me centraré en la tristeza, que continuada en el tiempo, es una de las características que indican que una persona está sufriendo depresión.

Parémonos un segundo: la tristeza, a día de hoy, es considerada como algo negativo; la evitamos, no queremos estar ni que nuestros seres queridos estén tristes. Y menos que este sentimiento sea continuado en el tiempo.

Una mala experiencia tiene efectos negativos sí, pero, ¿no aprendemos de ello? Imaginémonos una habitación oscura, una persona sentada de cuclillas, intentando evitar que el frío controle su cuerpo. Sobre él, un haz de luz que impide ver cualquier cosa a su alrededor. Esta es la imagen de una persona sumida en su tristeza -profunda-, en sus pensamientos que -a menudo- reafirman miedos e inseguridades, y que la persona es incapaz de controlar.

Aunque parezca lo contrario, probablemente se puede considerar que esa persona está en un momento óptimo, pues está en un momento de su vida en el que necesita pararse y profundizar en él mismo, haciendo uso de un proceso fundamental para la toma de decisiones, su capacidad analítico-introspectiva. Conocerse, entender de dónde surgen esos miedos y… reconocer que existe gente a su alrededor con la que cuenta en este doloroso camino pueden ser recursos que facilitan planes de mejora personal a largo plazo.

En el momento en el que esta persona reconoce que tiene una red de apoyo (familia, amigos que lo sustentan), esa habitación va a comenzar a iluminarse poco a poco.

Hoy en día vivimos en una sociedad más sensibilizada con las emociones positivas, producto de ser percibidas como una mejora del crecimiento personal, etc. La tristeza, entendida como una situación particular, permite analizarse a uno mismo y a establecer líneas de mejora -crecimiento personal- que el sujeto pone en práctica, siendo ya consciente de sus debilidades. De este modo, y tras un proceso agudo y doloroso, la persona se conoce mejor, y cuenta con recursos y redes de apoyo con las que enfrentarse a futuras experiencias (similares a las que le condujeron a la depresión) de las que salir airoso. No defiendo que experimentar depresión sea bueno, lo que defiendo es que la naturaleza humana en situaciones difíciles, se muestra grandiosa, y nos permite ver a ese gran superviviente que siempre llevamos dentro.

Por otro lado, cuando la persona que está sufriendo encuentra en su entorno apoyo, se genera una bidireccionalidad entre ellos. Si una madre sabe que su hija no está bien emocionalmente, estará »en alerta» observando para avisarle de que es momento de pedir ayuda; es decir, de que genere conductas de autocuidado. Precisamente ese estado de alerta, permite que la madre se plantee: «¿Y si yo estuviera en esa situación, qué haría?

Finalmente, cuando hemos acompañado a nuestro ser querido en su dolor y vemos qué estrategias ha utilizado para mejorar; aprendemos consciente o inconscientemente de ese valor pedagógico. Esta idea me hace cuestionarme que si la motivación que tiene el autocuidado del otro fomenta una motivación en cuidarme; escucharme y conocerme, pueda llegar a identificar y prevenir «situaciones futuras de riesgo». De este modo, y como he señalado antes, al final, el uno cuida del otro. Y si esta idea de la bidireccionalidad se eleva a una escala mayor, con suerte, el día de mañana podríamos hablar del «Día de la sociedad del cuidado mutuo».