Atasco trágico en el Everest

El colapso en la cima del Himalaya se salda con cinco fallecidos en las últimas horas, en una ruta que duplica por cien los ascensos en dos décadas. Carlos Soria recuerda cómo logró subir al tercer intento en 2001

Juan J. López
JUAN J. LÓPEZ

Poco antes del amanecer del 22 de mayo de 2001, el zamorano Martín Ramos, el palentino Tente Lagunilla y el abulense Pedro Rodríguez disfrutaban de la soledad del ascenso «hacia el techo del mundo». Románticos de una época pasada, de alpinismo que bebía de las gestas de Messner, buscaban la primera cima en el Everest para una expedición castellano y leonesa. «Salimos sobre la una de la madrugada y conseguimos llegar pasadas las diez», recuerda Ramos, quien incide que entonces tuvieron que equipar prácticamente todo el trazado que unía el campo cuatro con la mítica cumbre del mundo.

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La cordada castellano y leonesa estaba acompañada de una expedición alemana, a la que acompañaba un sherpa. «Poco antes del escalón Hillary, el nepalí decidió que tenían que darse la vuelta... Nos quedamos solos», añade en relación a un ascenso que ese día solo consiguieron dos expediciones. Esta semana y casi dos décadas después, la cima la hollaron doscientas personas de los 250 'turistas' de montaña que buscaron emular la gesta de 1953, con el primer ascenso de la historia.

El reguero de personas de la arista que tuvieron que equipar Ramos, Lagunilla y Rodríguez, ha destapado una realidad comercial que «ensombrece» el alpinismo, y que ya se ha cobrado la vida de cinco personas. «Es un espectáculo deprimente. Es feo ver a toda esa gente ahí, pero quién tiene la potestad para decir algo», afirma Carlos Soria. El abulense logró llegar a la cumbre solo un día después que sus «colegas». «Había intentado hacer cumbre en dos ocasiones anteriormente. En 1986, lo intentamos una expedición muy preparada de Madrid. Sin oxígeno, ni sherpas... Nos quedamos a 7.700 metros por la arista norte después de tres meses allí», subraya. «Lo volví a intentar con un sherpa en 2001, y a 8.400 metros y después de pasar dos noches muy malas, me di la vuelta. Tenía fuerzas para llegar, pero no creía que pudiese volver...», agrega el octogenario himalayista.

Fue un año después y el 23 de mayo cuando Soria –y en solitario tras dejarle tirado «un caradura de sherpa– cuando lograba ver «el amanecer más impresionante desde el Everest».

Policías nepalís y miembros de los servicios de rescate transportan el cuerpo de uno de los escaladores fallecidos.
Policías nepalís y miembros de los servicios de rescate transportan el cuerpo de uno de los escaladores fallecidos. / EFE

Al alpinista abulense entiende que la montaña, «que no tiene culpa de nada y es una de las más impresionantes del mundo», se ha convertido en el mejor negocio para Nepal. «Lo que ocurre allí, pasa también en el Mont Blanc durante casi cuatro meses, o en el Kilimanjaro durante todo el año. La curiosidad del Everest es que solo se puede subir unos días, tras el monzón y después de otra ventana de buen tiempo, en la que los sherpas han equipado todo con cuerdas para las expediciones», explica Soria.

«Todo es una cuestión de dinero», coincide Martín Ramos, quien lo explica con el ejemplo del multimillonario que quiere ir a una estación espacial. «¿Es astronauta? No, pero tiene el dinero para que le pongan el traje... Eso sí, que no toque ningún botón, porque se prepara...», indica el zamorano.

«Un milagro que solo haya cinco muertos»

A la conversación se suma el madrileño Carlos Suárez. «Es un milagro que solo haya cinco muertos con toda esa gente», explica. «No terminamos de entender que la montaña es incontrolable. Puede dar buen tiempo, pero entra una tormenta, y estaríamos hablando de una tragedia aún mayor», señala.

Martín Ramos hace alusión a la película 'Everest', en la que se narra la trágica expedición en la que perdieron la vida ocho alpinistas en 1996. «Era en el 96... ¡En el 96! y ya se consideraban un peligro los ascensos comerciales», afirma. «El próximo es el K-2. Ya hay días en los que hay cumbres de casi cincuenta personas», añade Suárez, quien no ve una solución. «Eso no es alpinismo, ni es nada. Es como tomarse un helado con los ojos... Te pierdes todas las sensaciones».

Para Carlos Soria, la solución también «es muy complicada». «Es de lo que vive Nepal. Por ejemplo, China ya ha reducido el número de permisos, pero Nepal prácticamente da todos los que se pagan», explica. «Tiene que meterse la Unidad Internacional de Alpinismo», concluye, mientras Ramos zanja, «hoy en día, con dinero, es más fácil ir al Everest que a algún parque natural de España».