El crimen de Villabáñez: asesinó a cuchilladas a su hijo porque le originaba «mucho gasto»

El crimen de Villabáñez: asesinó a cuchilladas a su hijo porque le originaba «mucho gasto»
El Norte

Pedro García, 'El Teleno', era considerado por sus vecinos como un hombre difícil y adicto a la bebida. Una noche, tras intentar envenenar a su hijo en la cena, lo mató mientras dormía

Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Todos en Villabáñez sabían que era un hombre difícil y de mal humor; algunos incluso le catalogaban de medio loco y borracho empedernido; sonadas eran, de hecho, las terribles peleas con sus propios hijos, hasta el extremo de maltratarles o regatearles la alimentación.

Así decían que era Pedro García, alias 'El Teleno', padre de Abelardo, Carlos y Alberta, liencero de profesión nacido en Villarejo de la Sierra en 1842. Tan insoportable se había convertido la convivencia familiar, que el hijo mayor, aun siendo necesario su concurso como mano de obra en el hogar, había decidido alistarse en el Ejército aun a riesgo de ser enviado a combatir a Cuba.

Lo peor ocurrió aquel 29 de octubre de 1897, después de que Pedro ordenara a su hijo Abelardo, un adolescente de 16 años, ir a por agua a la Caballería. El chaval cumplió la orden sin rechistar, pero con tan mala suerte que, mientras regresaba a casa, se le cayeron los cántaros y se hicieron añicos.

No quería ni imaginar la bronca que se avecinaba. Fue tremenda. Al finalizar los improperios paternos, Abelardo intuía que aún le aguardaba más castigo. Algo se temía.

Acudió en busca de su íntimo amigo, Fernando Ortega, joven de 17 años, y le convenció para que le acompañase a casa con la excusa de que debía entregarle una carta dirigida a su hermano, que se encontraba en la ciudad, pues también tenía pensado ingresar en el Ejército.

Vino tóxico

La cena discurrió con total normalidad. Aún más, el padre, en actitud sospechosamente amable, animó al amigo a beber un poco de vino y a quedarse a dormir esa noche en casa. Fernando aceptó esta última proposición, pero no acompañó a Abelardo en los tragos.

Una vez en el cuarto, un dolor inhumano se apoderó de su estómago; las náuseas eran insoportables, se retorcía en el suelo como un animal herido. Fernando llamó rápidamente al padre y este, algo desairado y con cara de pocos amigos, preparó a su hijo una taza de té. Nada que temer hasta el momento.

Tardaron los jóvenes en conciliar el sueño a causa de la intoxicación sufrida. Primero se durmió Abelardo y, acto seguido, Fernando. Soñaba plácidamente cuando unos golpes nerviosos le despertaron: eran los pies de su amigo, incapaces de contenerse. Alarmado, el joven dio la luz y se topó con un espectáculo macabro.

Frente a él estaba el padre; en una mano portaba un cuchillo y en la otra una pistola. De pronto miró a su lado: Abelardo se agitaba en horribles espasmos, se desangraba sin remedio: una cuchillada en el cuello y otra en el cráneo le estaban arrebatando la vida.

«Silencio o te pego un tiro», bramó Pedro antes de salir del cuarto, esconder las armas y borrar las huellas. Regresó al rato: «Ahora ya puedes gritar», le indicó, no sin antes amenazarle de muerte si contaba a los agentes la verdad de lo ocurrido.

Por eso la primera declaración de Fernando, emitida ante el juez instructor, Manuel García, y el actuario, Pedro Ajo, torció la realidad hasta el extremo de señalar que reparó en la desgracia de su amigo tras un alarido de este y que en ese momento no había nadie en la habitación; hasta se inventó que fue al salir a buscar ayuda cuando se topó de frente con el jefe de la casa, alarmado igualmente por los gritos.

Mas la pericia judicial y las presiones de la Guardia Civil terminaron por deshacer el embrollo: por dos ocasiones, Pedro García, que enseguida fue detenido y conducido a prisión, confesó el crimen. Incluso reconoció que previamente había intentado envenenar a los jóvenes vertiendo en el vino una sustancia altamente tóxica.

Por eso EL NORTE DE CASTILLA, en su edición del 2 de noviembre de 1897, alababa la gestión de García y Ajo y detallaba la verdad de los hechos con pelos y señales. No había otro culpable que el padre, por mucho que este, en pleno juicio, se desdijese de su versión inicial alegando maltrato de la Guardia Civil y del personal de la cárcel, y culpando de todo al amigo de su hijo.

No lo tuvo excesivamente difícil el fiscal Rodríguez de Celis en el juicio, celebrado el 5 de diciembre de 1898, para demostrar la culpabilidad del progenitor. Apoyado en un exhaustivo informe antropológico de Álvarez Taladriz, describió al acusado de asesino sin piedad y sin locura aparente, calificó los actos de parricidio con la circunstancia de alevosía, y solicitó para García la pena capital.

El defensor, aparte de negar el asesinato y achacárselo a Fernando Ortega, adujo que, en caso de haberlo cometido su cliente, habría sido en situación de locura o embriaguez.

La sentencia, leída por el jurado el 7 de diciembre de 1898, condenó a García a la pena de muerte a garrote. Cuando este la escuchó, explotó de ira: «¡Yo soy Dios, a Dios no lo matan; por eso no me matarán!». La versión oficial es que asesinó a su propio hijo porque le generaba demasiado gasto.

Cuando un año más tarde, a finales de noviembre de 1899, estaba todo listo para proceder a la ejecución, numerosos paisanos de Villabáñez se afanaban en conseguir el indulto o, al menos, que la sentencia se ejecutara en Madrid. Para esto último laboró activamente el mismo alcalde del pueblo.

Pero no tuvieron suerte: la ejecución tuvo lugar en la localidad vallisoletana a las ocho de la mañana del viernes, 24 de noviembre de ese mismo año. Cuentan que hasta en los últimos momentos, Pedro García «se mostró tranquilo y hasta cínico». Un enorme gentío presenció su muerte.