Meira, así es uno de los 44 perros guía que trabajan en Castilla y León

Javier y Meira pasean por la Acera de Recoletos. /ALBERTO MINGUEZA
Javier y Meira pasean por la Acera de Recoletos. / ALBERTO MINGUEZA

Javier González Jara, usuario de la Once, ha encontrado un compañero para moverse «con más libertad y autonomía»

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

Meira es negro, tanto, y camina tan cerca, tan próximo, tan pegadito a Javier, que parece su segunda sombra, cuatro patas que se suman a dos pies, dos ojos para que se fijen en lo que Javier ya no puede ver. Meira, que además de negro es «cariñoso y dócil», que es «mimoso, trabajador y fiel», forma parte del escuadrón de 44 perros guía que trabajan en Castilla y León, de los seis escuderos que acompañan a otros tantos invidentes de Valladolid (cerca de mil en toda España). Meira, dice Javier González Jara (Ávila, 1975), se ha convertido en uno más de la familia. Lo cuenta mientras pasean por la Acera de Recoletos. Uno al lado del otro. Meira siempre a su izquierda, a su lado, tan cerquita que parece su sombra.

Otras sombras indeseadas invadieron la mirada de Javier cuando tenía 34 años y tantas cosas que mirar. Neuropatía bilateral óptica. Un problema genético que le afectó los nervios situados detrás del quiasma, primero como si fuera un velo, una neblina, bruma oscura, una mancha que avanzó «clínicamente muy rápido» hasta que apenas dos años después Javier dejó de ver. Ya la fuerza estrenó nueva vida. Hasta entonces había trabajado como administrativo en un potente grupo constructor de infraestructuras. La empresa prefirió otorgarle la incapacidad permanente antes que, con el apoyo de la Once, adaptar el puesto de trabajo.

Pensó Javier en estudiar fisioterapia. Al final, ha adaptado su día a día hasta conseguir la plena autonomía de la que goza hoy. Ypara ello, no solo su familia (esposa y dos hijos, de doce y diez años), sino que Meira ha tenido –y aquí la expresión también vale literamente– mucho que ver.

No todos los usuarios de la Once quieren perro guía... y no todos son aptos para conseguirlo. «Se trata de un ser vivo, de un compañero al que tienes que cuidar y atender;el bastón se guarda cuando llegas a casa y no hay que darle de comer», explica Javier, quien recuerda que uno de los primeros requisitos que se exigen es la capacidad de orientación del usuario.

«Un perro no es un GPS, eres tú quien tienes que crearte un mapa mental del sitio en el que te encuentras, eres tú el que tienes que saber el camino que quieres hacer y hacia dónde vas a ir. Por eso es importante que sepas orientarte y que al menos lleves un año de manejo absoluto del bastón», indica. Antes de asignar un perro guía, técnicos de la Once analizan la velocidad de zancada del futuro usuario y miden la fuerza que tiene en la mano izquierda. Porque todos los perros guía caminan a la izquierda de la persona a la que acompañan.

«Esto es importante porque, habitualmente, los peligros por la calle se encuentran allí, a nuestra izquierda (los bordillos, la calzada...), ya que el sentido normal de circulación dice que debemos caminar por la derecha». Hay también que superar pruebas psicológicas, un test de estabilidad emocional. «El perro está acostumbrado a trabajar, le gusta salir a la calle. Y si no lo hace, sufre. Imagina que tengo fuertes cambios de carácter, que un día estoy eufórico pero a la mañana siguiente me levanto con la idea de que no he superado la ceguera y me encierro en casa una semana. No puede ser».

A esto se une un control médico, por si hubiera una cojera, por ejemplo, que dificultara la compañía del perro. Y, por último, es necesario el visto bueno de un trabajador social que analiza el hogar al que llega el animal (si hay niños en la casa, si va a ser querido y bien tratado), así como las posibilidades económicas del usuario para que lo atienda sin problemas:correcta alimentación, vacunas, visitas periódicas al veterinario, pues requiere más control de analíticas que un perro normal y corriente.

«El perro es de la Once hasta que se jubile y nosotros lo recibimos en usufructo. Desde que nace y hasta que llega a tus manos, la Once ha tenido que desembolsar, de media, 31.000 euros por cada perro, para su cuidado e instrucción. Todo ese dinero procede de la solidaridad de los ciudadanos. Cuando compras un cupón, un rasca, colaboras también con la formación de perros guía».

Para ello existe una escuela en Boadilla del Monte (Madrid), donde nacen 115 perros al año. La Once mantiene además acuerdos con un centro de Nueva York (de donde llegan cinco canes al año) y otro más en Rochester (Detroit, EEUU), de donde procede Meira, rebautizado así en España, con el nombre de un pueblo de Lugo y la inicial 'm', porque los nombres de todos los perros de esa camada comenzaban con esa letra. Meira es un labrador retriever que, junto con los golden retriever, es la raza más habitual de perros guía, aunque también hay pastores alemanes y caniches gigantes (cada vez más porque sueltan menos pelo y provocan menos alergias).

«Son perros que vienen de camadas genéticamente buenas y que, cuando tienen mes y medio, superan un test para comprobar que no tienen problemas de socialización ni serán agresivos». Después, durante su primer año, conviven con una familia de acogida, «normalmente con niños», que se comprometen a cuidarlo, a no dejarlo solo durante más de dos horas, a llevarlo con ellos a la oficina o al puesto de trabajo «para que se acostumbren a estar en contacto con la gente».

Al cumplir 14 meses, el perro vuelve al centro de Boadilla, donde comienza el trabajo con un instructor, exclusivo para él, que durante los siguientes seis u ocho meses le prepara para que adquiera destrezas. «Hay una educación específica para todos los perros: se les enseña a evitar desniveles, como bordillos, a esquivar obstáculos, como mesas o farolas, a marcar el inicio o el fin de peldaños, a subirse a escaleras mecánicas...Y luego hay una instrucción específica, en función de la persona con la que va a estar, para que se adecue a su estilo de vida, su velocidad de paso...». Para eso es vital la conexión entre el instructor (la de Meira se llamaba Catherine)y el futuro compañero del perro, quien debe explicar cuál es su rutina diaria, cómo es su casa, dónde es el lugar y la localidad donde el perro va a vivir.

Llega entonces el momento del encuentro, en una residencia donde, durante tres o cuatro semanas, junto con el instructor, perro guía y usuario trabajan juntos para conocerse, para aprender a dar y recibir instrucciones, para coger confianza y saber cómo cuidar el uno del otro. «Al principio mi mujer no veía con buenos ojos lo del perro guía, pero ahora, cuando ve la autonomía que he conseguido, no se lo imagina de otra manera. Tampoco yo. Meira me ha dado mucha libertad, más rapidez para moverme, más seguridad. Yle hemos cogido tanto cariño...».

Cuenta Javier que la sociedad está cada vez más sensibilizada y es difícil encontrarse con trabas para moverse con el perro guía. Dispone de una tarjeta verde que consigna que Meira puede entrar sin límites en cualquier espacio público (o privado de uso público), salvo la UVI o quirófanos. «Cada vez hay menos problemas, aunque yo me he encontrado con alguno, por ejemplo en Correos».

Meira acompaña a Javier en todo momento. Acaban de volver de Madrid y Bruselas, donde han participado en varios foros en los que la Once estaba convocada. Tiene el perro cuatro años y medio y al menos otros seis por delante antes de su jubilación. «Se hacen mayores y pierden facultades». Por eso, dejan de prestar servicios como perros guía. La mayor parte de los dueños deciden quedárselo, como si fueran una mascota normal, que convive con el nuevo perro guía de reemplazo. Cree Javier que será la alternativa que elija. Otra opción es devolverlo a la escuela de instrucción, quien se encarga de buscarle un hogar de acogida (especialmente con gente mayor o con la familia que lo cuidó de cachorro). La Once tiene además una residencia para perros ya jubilados.