'Las palabras de esta tierra': discurso íntegro de Álex Grijelmo

'Las palabras de esta tierra': discurso íntegro de Álex Grijelmo

La defensa y divulgación del idioma le han valido al escritor y periodista natural de Burgos Premio Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades 2018

El Norte
EL NORTEValladolid

Señor presidente de la Junta de Castilla y León, querido Juan Vicente. Autoridades, señoras y señores.

El mayor invento del ser humano son las palabras. Sin ellas no habría existido ninguno de los demás.

Desde las articulaciones guturales de nuestros antepasados burgaleses de Atapuerca hasta las obras maestras del ingenio como 'El Quijote' o 'Cien años de soledad', la palabra posibilita la argumentación y marca el camino de todo conocimiento.

Las palabras son la ropa que nuestra inteligencia se pone para salir a la plaza pública. Los demás percibirán con ellas el aspecto de nuestro pensamiento y la profundidad de nuestras emociones.

La tecnología de las palabras apenas ha cambiado durante siglos. Todas ellas forman un mecano de prefijos, sufijos, infijos, desinencias, raíces, artículos, pronombres, verbos, adjetivos, preposiciones...

Los soportes en los cuales se plasmaron han ido cambiando, sí, desde la tablilla de arcilla a la pantalla que llevamos en el bolso o el bolsillo, pero muchas palabras han recorrido todo ese trayecto incluso sin transformación alguna en su escritura.

Así es, algunas las escribimos ahora igual que aquellos romanos que nos construyeron las calzadas y nos tendieron los acueductos.

Por ejemplo, decimos «fortuna», decimos «déficit», decimos «audio»... Decimos «homicida», «multa», «fámulo», «disciplina», «dúplex». Ésas y otras muchas palabras se han mantenido sin alteración durante miles de años, tal cual las pronunciamos hoy.

Las palabras constituyen una herramienta de la razón, pero se hallan tan imbricadas en el pensamiento que se nos hace imposible separarlas de él. ¿Cómo pensar sin palabras? ¿Cómo razonar sin ellas? ¿Cómo distinguir sin palabras?

Si un urbanita va al campo, verá solamente árboles. Si lo acompaña un lugareño, verá robles, hayas, arces, enebros, cedros, tejos o endrinos. Como ha escrito Juan José Millás, ese ejemplo demuestra que «la palabra es en cierto modo un órgano de la visión».

(Juan José Millás 25 de febrero de 2009. Artículo Las palabras de nuestra vida, publicado en La Opinión de Tenerife y otros diarios)..

Con palabras se hiere y con palabras se consuela. Con palabras podemos hacer sangre y con palabras podemos alimentarnos. Con palabras mentimos y con palabras defendemos la verdad.

Incluso los números, en sus fórmulas matemáticas, necesitan las palabras que los nombran.

Pero cuántos misterios nos esconden las palabras. Misterios que se extienden a nosotros mismos y a nuestra historia.

La civilización humana está desentrañando los agujeros negros, ha llegado con una sonda espacial, llamada Rosetta, al lejanísimo cometa 67P, hemos averiguado que hace millones de años la Tierra estaba invadida por el hielo....

Sin embargo, todavía no hemos sido capaces de saber a ciencia cierta de dónde proceden vocablos como «gaznate», «chiripa», «mequetrefe» o «cazurro».

El origen del origen del origen de nuestra lengua continúa ofreciéndonos escondrijos y secretos.

Pero sí sabemos que este idioma al que llamamos castellano constituye un gazpacho que se formó con muy variados ingredientes sembrados en nuestros trigales y heredades; y que no se extendió tanto con las armas como con la cultura, el comercio y las migraciones.

Los campos de Castilla, que entonces ya era ancha, acogieron las palabras de la vida, esos vocablos que hoy nos suenan cálidos porque hemos recibido sus ecos sin darnos cuenta.

Hay algo en las palabras longevas que nos seduce. No es lo mismo decir «panadería» que «tahona», ni patchwork que almazuela.

En nuestro castellano viejo se nombraron con rigor y riqueza las plantas, las tareas de la tierra o las medidas de capacidad.

Dieciséis cántaros de vino componían un moyo, y un cántaro se podía dividir en medios y cuartillas. Y en ocasiones daba cabida a ocho azumbres, mientras que doce cántaros sumaban un alquez.

El adarme quedaba para las medidas de peso menores. Tres cuartos de adarme eran un arienzo, y el adarme completo equivalía a tres veces un tomín.

Un tomín, sí, la medida más pequeña: con ese gusto de nuestro genio del idioma por resaltar la letra más delgada para nombrar lo reducido: mínimo, ínfimo, nimio, miniatura, insignificante, infinitesimal, milimétrico, minucia, chiquitito, miseria, diminutivo, disminuir…

Porque las palabras no sólo significan. También evocan.

La diferencia entre el tomín y el cántaro es también la distancia entre las medidas de nuestras vocales. Si especializamos la 'i' para connotar lo pequeño, con la 'a' y con la 'o' hacemos más grande lo grande. Por eso decimos «megalómano», «ampuloso», «aparatoso», «faraónico», «descomunal».

Qué brillantes todos los registros sonoros de esta lengua que se cultivó aquí para entregarla al mundo. Y cómo los supo engarzar mejor que nadie Miguel Delibes. Cómo desgranó el léxico rural y aprovechó también los sonidos de las palabras, como en este pasaje donde resalta el juego fonético de las eses que transmiten la suavidad de unos pasos:

«Las servillas de don Bernardo no hacían ruido al avanzar por el pasillo. Le iba alarmando cada vez más el creciente silencio de la casa».

(Miguel Delibes. El hereje. Destino, 1999).

Mientras los filólogos continúan investigando entre las sílabas, los demás podemos disfrutar de sus sonidos y su afinación.

Pero quizás los aquí presentes formemos parte de las últimas generaciones que pronunciarán los vocablos más hermosos de nuestra tierra. Las aldeas de Castilla y de León se despueblan de sus vecinos, y también se quedan vacías de sus palabras.

Se marchitan los pueblos; y con ellos, multitud de términos que fueron aventados en nuestros campos: hoz, zoqueta, gavilla, almiar, rastrojo, hacina, parva, bieldo, criba, acequia, reguera, garrucha, noria, cangilón, arcaduz.

Cómo no recrear, con la sola pronunciación de algunos vocablos, el mundo de las caballerías que auxiliaban a los seres humanos para sobrevivir a la solana del verano y a la crudeza del invierno: jáquima, ronzal, albarda, ijares, jamugas, cincha, ataharre, alforjas, aguaderas…

Olvidamos palabras y olvidaremos también los nombres mismos de las aldeas que van quedando en silencio. Dentro de poco, ya no pronunciaremos más sus hermosos nombres: Herramiel, Lozanquillo, Busnela, Ahedillo, Gobantes, Villorbe, Tabanera...

Pueblos y topónimos abandonados.

Se irá la gente sin remedio, pero al menos podremos intentar que no se pierda su castellano hermoso; para que perviva en los libros y en nuestra memoria. Palabras dormidas que estarán esperando a que un día alguien las despierte al abrir unas páginas o al relatar un recuerdo.

Lo expresaba el recordado poeta burgalés Tino Barriuso en aquellos versos dedicados a su hijo Álvaro:

«Intentaré enseñarte la lengua de Castilla

para que aprendas, hijo, lo que tu pueblo olvida».

(Tino Barriuso. Poema Álvaro. En Veinte poetas de amor y una ciudad desesperada. Editorial Dos Soles. 1997).

Esa lengua nuestra cuyos elementos marcan una manera de vivir y de habitar la Tierra.

Y así lo describe también el poeta salmantino José Luis Puerto, premio Castilla y León de las Letras:

«Me da cobijo esta sucesión

de líneas con palabras

que cifran en su música

nuestro estar en el mundo».

(José Luis Puerto. Proteger las moradas. Calambur. 2008).

Porque hablamos esta lengua elaborada durante siglos y destilada para nosotros, a la que con tanta sinceridad cantó el poeta vasco Gabriel Celaya:

«Hablando en castellano,

decir tinaja, ceniza, carro, pozo, junco, llanto,

es decir algo tremendo, ya sin adornos logrado,

es decir algo sencillo y es mascar como un regalo

frutos de un largo trabajo».

(Gabriel Celaya. Poema Hablando en castellano. En Itinerario poético. Cátedra. Madrid 1976).

Podemos asociar nuestros campos con esas palabras, con esos recuerdos y con esa herencia cultural que se va perdiendo. También con los paisajes y la historia de Castilla y de León, como hizo el poeta vallisoletano Francisco Pino:

«No me busques en los montes

por altos que sean.

Ni me busques en la mar,

por grande que te parezca.

Búscame aquí, en esta tierra

llana, con puente y pinar,

con almena y agua lenta.

Donde se escucha volar

aunque el sonido se pierda».

(Francisco Pino. Poema Esta tierra. En Distinto y junto. Ámbito. 2010).

No perdamos ni el sonido, ni el rastro, ni la belleza de nuestras palabras; ni su poder evocador. Las costumbres y los cantos tradicionales en los que vivían las impregnaron de sabores, aromas y colores que todavía llegarán hasta nosotros si atendemos a sus mensajes y hacemos honor a su memoria.

No perdamos la cultura primigenia que anida en el castellano de nuestras tierras.

No permitamos también la despoblación de las palabras.