Rocío Gutiérrez: «Cuidar a la infancia es inteligente. Los niños son el futuro ¡y el presente!»

Rocío Gutiérrez, cooordinadora de Unicef Castilla y León. /ALBERTO MINGUEZA
Rocío Gutiérrez, cooordinadora de Unicef Castilla y León. / ALBERTO MINGUEZA

La coordinadora de Unicef Castilla y León subraya que «siempre que haya un menor en la tierra que vea vulnerado uno de sus derechos, hay algo que hacer»

J. I. Foces
J. I. FOCES

He aquí una luchadora. Rocío Gutiérrez, coordinadora de Unicef Castilla y León. A sus 37 años, lo que para muchos son causas perdidas, la defensa de los derechos de la infancia, para ella es el motor que mueve su vida, con el que quiere que se mueva el mundo y las cosas mejoren. No conoce el desánimo, porque, dice, «siempre que haya un niño en la tierra que vea vulnerado uno de sus derechos, hay algo que hacer».

–¿Qué hace una periodista metida a coordinadora de Unicef Castilla yLeón?

–Cuando estudié la carrera siempre me interesaron mucho las relaciones internacionales, lo que pasa en el mundo, y toda la parte social, lo que le pasa a las personas. Del periodismo salí un poco más desencantada y vi que en el campo de los derechos humanos había un espacio en el que yo podía aportar más cosas.

–¿Qué transformación se produce en una joven que logra una licenciatura universitaria para dedicarse luego a una materia social de ayuda internacional?

–Es una profesión social, es trabajar por los derechos humanos, es trabajar para pensar que el mundo puede ser más justo y el periodismo que yo quería hacer tiene una parte de denuncia social, de dar voz a colectivos que a lo mejor no la tienen siempre. Me gustaba mucho el periodismo, pero cuando lo estudiaba siempre tenía en la cabeza lo de trabajar en otros países y hacer otras cosas.

«Uno de cada tres niños de Castilla y León vive en riesgo de pobreza o de exclusión social»

–¿Qué mundo le mostraba a usted Unicef? ¿Imaginó que lo que ha ido viendo se correspondía con aquella primera imagen que le llegó de Unicef?

–Cuando cursé un máster de Cooperación al Desarrollo, la materia que estudié ya tenía mucho foco puesto en las agencias multilaterales de Naciones Unidas. Ahí descubrí lo que es Unicef y otros programas como la Organización Mundial de la Salud, el PMA, la FAO, pero luego es cierto que cuando llego a Unicef a trabajar me doy cuenta de que no, de que realmente no conozco nada de la organización y que la capacidad de impacto que tiene Unicef sobre las personas, los niños y sus familias es muy grande. Estamos trabajando en 190 países, con una red de aliados impresionante: gobiernos, sector privado, administraciones públicas, medios de comunicación... Todo eso yo lo desconocía. Sabía que era una organización muy grande, pero no que su impacto real en las vidas de los niños podía ser tan grande. ¡Y sobre todo con medidas muy sencillas!

–¿Sencillas? ¿Cómo de sencillas?

–Los programas que pone en marcha Unicef y que a mí me enamoran es saber que con una vacuna puedes salvar a un niño. Y que una vacuna cuesta uno o dos euros... Y dices ¡qué grande!

–O sea, que ¿estos dos cafés que estamos tomando, trasladados a vacunas, habrían salvado a dos niños?

–Sí, sí. Con una mosquitera, que puede costar cinco euros, se puede prevenir la malaria.La fuerza que tiene una organización como Unicef es que tiene una capacidad asombrosa de aunar muchos aliados y generar mucho consenso. Porque los niños generan consenso. Y la otra es que las medidas que implementa para salvar vidas cuestan poco y suponen, por ejemplo, algo tan sencillo como prescindir de un café.

«Llevamos muchos años pidiendo un pacto de Estado por la infancia, que haya un consenso para trabajar por los niños»

–Se fue a Bolivia dos años. ¿Un antes y un después en su vida?

–Sí, definitivamente. Definitivamente. Bolivia es un país riquísimo en cultura, en recursos naturales,... Es un país intenso. Pero también un país que tiene muchas dificultades. En aquel momento era un país en el que los niños tenían muchas dificultades y cuando ves la pobreza...

–¿Qué sintió cuando la vio?

–Se te cae el alma a los pies cuando llegas a una comunidad y ves que el centro de salud más cercano para que a un niño le puedan poner una vacuna está a 15 kilómetros. Y, encima, la única manera que tienen de llegar a él es caminando. Ahí ves que hay muchos niños que crecen con muy pocas oportunidades y, aún así, tienen una capacidad de sobreponerse y de resiliencia muy fuerte. Ves que para algunos niños, desde su nacimiento la vida es muy injusta.

–Luego usted ha comprobado que existe el Tercer Mundo y que es como mínimo tan terrible como nos lo han contado, ¿no?

–Existen muchas dificultades para muchas personas en la mayor parte del mundo. Nosotros somos muy afortunados por vivir donde vivimos. Se acaban de cumplir ocho años de la Guerra de Siria; resulta que Siria era un país parecido al nuestro y hoy el nivel de destrucción allí es tan grande...

–¿De quién es la culpa?

–(Largo silencio, largo). No me aventuro a hablar de culpas porque la realidad de cada país es tan distinta...

–...No, no, sin centrarlo en Siria. ¿De quién es la culpa de que exista el Tercer Mundo? ¿De quién es la culpa de que con un café, un simple café, podamos salvar a un niño y no se haga con más fuerza?

–Es que es complicado. Hay razones históricas, razones... No me aventuro a poner las culpas en nadie, pero sí me animo a decir, por ejemplo, y ahora que estoy hablando con un periodista, que ayudaría dar más visibilidad a los colectivos desfavorecidos. Por ejemplo, más de la mitad de la población de niños yemeníes sufren desnutrición, están en una situación terrible. ¿La culpa? La culpa es un poco de todos. Pongo el ejemplo de los medios de comunicación, pero luego cada uno puede hacer algo si quiere, incluyendo al sector privado, a los ciudadanos de a pie, a los medios de comunicación, a los gobiernos... Todo el mundo tiene algo que hacer.

–Después de dos años en Bolivia regresó a España y cursó un postgrado en captación de fondos. ¿Tan complicado es conseguir dinero para ayudar a la infancia que hay que cursar un postgrado?

–No es que sea complicado. La ciudadanía de Castilla y León es muy solidaria. Aquí hay 19.000 personas que son socios de Unicef, pero es verdad que un postgrado en captación de fondos te ayuda a entender cómo hacer, por ejemplo, que las empresas sean socialmente responsables o a facilitar alternativas distintas para las entidades. Te ayuda también a entender cómo rendir cuentas a quien hace una aportación o una donación, a ser más transparente. Entonces, cuando estudias un postgrado de ese tipo no solo aprendes cómo vas a poder conseguir más recursos sino cómo vas a conseguirlos mejor, siendo coherente con tu misión y transparente con quien hace una donación.

–¿Su viaje a Burkina Faso fue un Bolivia 2 o hay situaciones peor que las peores que uno ya cree haber visto?

–Algunas cosas de Burkina Faso me recordaron a lo que había visto en Bolivia y a los problemas que enfrenta la infancia allí y, por otro lado, para mí volver al terreno, al contacto con la gente, es una suerte. Un poco porque te recuerda y te aterriza en tu trabajo, las cosas que tú haces desde aquí, que estás tan lejos de Burkina Faso, verlas y ver los resultados y ver el impacto que tiene Unicef, cómo se relaciona con el Gobierno y cómo trabajan las comunidades para tener agua limpia... ¡Algo tan básico como agua! La suerte que tengo de tener este trabajo, de hacer cosas para que los niños vivan mejor.

–Cuando de proteger a los niños se trata, siempre se mira dentro del Tercer Mundo. Pero muchas veces no miramos dentro de nuestro país, a lo que tenemos al lado, en este primer mundo...

–Nosotros sí, desde Unicef nosotros miramos a todos los niños y, claro está, a los de aquí, a los de Castilla yLeón. En esta comunidad autónoma, uno de cada tres niños vive en riesgo de pobreza o exclusión.

–¿Y eso tiene remedio?

–Sí que tiene remedio, ¡claro que lo tiene! Desde Unicef llevamos muchos años pidiendo más inversión en infancia, políticas que ayuden a reducir la desigualdad entre los más y los menos aventajados y llevamos muchos años pidiendo que exista un pacto de Estado por la infancia, que haya un consenso para trabajar por la infancia.

–¿La atomización administrativa de España permite que se consiga algo o están ustedes como voz que clama en el desierto?

–Sí que se consiguen algunas cosas, pero es cierto que la infancia no debería tener ningún color político.

–¿Lo tiene o no lo tiene?

–Nosotros trabajamos para que no lo tenga. Los niños nos tienen que importar a todos. No son solo el futuro de una sociedad: es que son el presente también y un niño que no puede ir a una actividad extraescolar, o que no puede tener una nutrición adecuada, o que no puede cambiar las gafas porque sus papás no tienen suficiente dinero, o que no tienen un lugar adecuado para el estudio... ¡son los futuros profesionales, los futuros adultos! Y les estamos quitando todas las oportunidades... Además, con los niños pasa una cosa de la que muchas veces no nos damos cuenta: no votan. Los adultos tenemos otras herramientas para reclamar nuestros derechos. Con lo cual, el de los niños tiene que ser un colectivos al que protejamos de una manera muy especial y con mucho cuidado. Son el presente, más en una comunidad autónoma como esta que tiene un problema importante de despoblación.

–¿Por qué no se visualiza más que España sea el tercer país de la Unión Europea con más niños pobres y en riesgo de exclusión? ¿A qué se debe que no se vea más?

–Las organizaciones como Unicef llevamos muchos años alertando del problema que supone la pobreza infantil para los niños, en primer lugar, y para las sociedades. Las tasas de pobreza infantil ya eran elevadas antes de la crisis económica y Unicef lleva muchos años diciendo que un niño que no tiene oportunidades, aparte de que es una situación tremendamente injusta, va a dejar un poso en nuestras sociedades. Cuidar a la infancia es inteligente para una sociedad.

–En los últimos años ha crecido el fenómeno de los llamados 'mena', los menores extranjeros no acompañados.

–En 2018 llegaron más de 6.000 niños migrantes no acompañados a España. El número de llegadas se ha incrementado en un 150% en los dos últimos años. Muchas veces llegan por rutas peligrosas, lo que incrementa el riesgo que eso entraña. Retrasos, falta de recursos, procedimientos inadecuados, decisiones descoordinadas, escasa supervisión... Son factores que ocurren y perjudican a sus oportunidades y condiciones de vida de futuro. Desde Unicef Comité Español sabemos que existe voluntad política para que esto cambie, pero los procesos no deberían interrumpirse a pesar de los cambios que haya en el contexto político europeo, nacional, autonómico y municipal. Estos niños que llegan no acompañados antes que migrantes, antes que refugiados, son niños y como niños hay que protegerlos, independientemente de su condición, de su origen étnico y de lugar del que procedan.

–La sociedad avanza tecnológicamente a pasos agigantados. ¿También avanza en lo solidario a la misma velocidad?

–La ciudadanía, en general, es solidaria y arrima el hombro y se vuelca con causas como la infancia. El ejemplo es el que ya he dicho de que en Castilla y León hay 19.000 socios de Unicef, que colaboran con nosotros. En España, Unicef tiene 395.000 socios, una cifra muy importante de gente que apoya nuestro trabajo. Claro que queda camino por hacer, y claro que todos podemos hacer un poquito más.

–¿Por qué alguien que nos lea tendría que decidir colaborar con Unicef y no con otra ong?

–Decidir con quién colaborar es algo muy personal.

–Ya, pero dando por hecho que alguien estuviera indeciso, ¿por qué debería fijarse en Unicef?

–Porque los niños importan y somos una organización cuyos miembros llevamos en el adn que hay que lograr que los derechos de los niños estén garantizados en todo momento y en todo lugar. Y que hay que buscar siempre que esos niños más vulnerables tengan garantizados sus derechos. Luego, la capacidad de impacto y, una cosa que a mí me gusta mucho, el compromiso de todos los que trabajamos en Unicef hacen que sea un buen sitio para colaborar.

–¿Cabe el desánimo en usted?

–¡No, no!

–Pero habrá tenido que vencer situaciones de desánimo precisamente por todo lo que lleva visto...

–Pues no. Siempre que haya un niño que vea vulnerado uno de sus derechos hay algo que hacer. No cabe el desánimo.

–¿Echa de menos el periodismo?

–A veces, sí.

–¿Y cómo supera esa añoranza?

–Intento leer mucha prensa. Y en mi trabajo me ocupo mucho de la gestión con medios de comunicación, con lo cual no estoy completamente desligada de la profesión.

–¿Qué quiere ser usted de mayor?

–Periodista de radio otra vez. (Ríe) Pero me gusta tanto lo que hago en Unicef que no pienso en otra cosa.