El cómic dibuja el Argel soñado por Albert Camus

Detalle de viñeta de 'El primer hombre'. /Alianza
Detalle de viñeta de 'El primer hombre'. / Alianza

Jacques Ferrandez traslada a las viñetas 'El tercer hombre', el manuscrito que recuerda la infancia del premio Nobel

Javier Bragado
JAVIER BRAGADOMadrid

La carretera privó a la humanidad de más Albert Camus. Un accidente en las cercanías de Sens (Francia)en 1960 sesgó la vida del autor antes de que cumpliera los 47 años y todo su potencial legado posterior. Sin embargo, en aquella recta en que se estrelló el automóvil de Michel Gallimard contra un árbol se descubrió un último tesoro para sus lectores porque en el equipaje se encontró un manuscrito inacabado del premio Nobel de Literatura (1957) que tardaría en salir a la luz pero que hoy en día ayuda a conocer mejor al genio.

Su viuda, Francine Camus, y su hija, Catherine Camus (adolescente cuando ocurrió la tragedia), se relevaron para recuperar recuerdos ocultos en la enrevesada caligrafía de su padre y logró que se publicaran en 1994 con el título de 'El tercer hombre'. Por el camino se quedaron las reticencias de los editores con una autobiografía camuflada como ficción y el temor a dañar la reputación del escritor muerto.

Satisfecha con el éxito editorial y crítico de las últimas décadas, Catherine ha querido extender el legado de su padre apoyando la publicación de la versión en novela gráfica de 'El tercer hombre' (Alianza), por parte de Jacques Ferrandez, quien ya trasladó al cómic varios escritos del autor de 'La peste'.

Vidas paralelas

Basarse en el manuscrito póstumo ha sido para Ferrandez un regalo. También emigrante a Argel con su familia, el dibujante vivió en el mismo barrio de niño, asistió al mismo colegio y sintió las mismas estrecheces de la pobreza. Así, recrear las vivencias del manuscrito ha sido una suerte de relato paralelo de percepciones. Y un compromiso con la fidelidad y que permite acercarse a las experiencias del escritor. Combina la línea clara del cómic europeo con colores claros y cálidos, con los que Ferrandez puede dibujar ese Argel soñado. Camus, quien nació en la colonia francesa en 1913, corretea por las páginas en el cruce de caminos que es el mercado, conoce la cultura árabe con amigos surgidos en el barrio colindante y destroza sus botas en partidos de fútbol callejeros antes de recibir la severa reprimenda de su abuela por atravesar la puerta tarde y con las suelas destrozadas.

Una de las páginas de 'El primer hombre'.

Más allá de las postales de juventud, en la novela gráfica hay un retrato familiar que explicará gran parte de las debilidades y condicionantes del escritor. En una casa pobre gobernada por un abuela estricta, que consiguiera prolongar sus estudios más allá de la escuela se debió al interés de los profesores hasta lograr convencer a la austera cabeza de familia para que el pequeño acudiera becado al liceo. Sostiene la investigadora Alice Kaplan que esta narración sirve para recordar uno de los lemas de Camus: «El tiempo perdido solo lo recuperan los ricos». Las dificultades en un hogar de silencio y reprimenda no se limitaron al aspecto económico. Huérfano de padre por la Primera Guerra Mundial, compartía residencia con un tío sordomudo y con su madre, analfabeta y sorda, incapaz de poder disfrutar las palabras que aplaudirían en el resto del planeta. Esas condiciones le empujaron a convertirse en el primer hombre de la casa.

Ferrandez aprovecha también su versión para hacer guiños al lector que quiere entender las obras de Camus. Se suceden momentos que pudieron inspirar a Camus para el calor de su playa en 'El extranjero' o los diálogos sobre la justicia que anticiparon 'La caída'. 'La peste' se adivina en su deseo de una vida solitaria y su rechazo de las injusticias. Incluso se imagina una reunión ficticia con Jean-Paul Sartre, André Malraux y Gaston Gallimard.

Pero también aparece un Camus más luminoso, un hombre mediterráneo que mira al mar y a su infancia con la felicidad de los recuerdos. En la versión en viñetas, el escritor del absurdo regresa a África en la piel de Jacques Cormery. Es una excusa para resucitar un Argel de los mejores recuerdos. Hay menos hambre, hay veranos de playa y travesuras entre callejuelas. Y una progenitora siempre sonriente que acoge desde su debilidad pero que con la visión del adulto se convierte en sostén y motivo para la felicidad. A su maestro de primaria le había dedicado el premio Nobel, pero a su madre le iba a dedicar 'El primer hombre', ese manuscrito con la infancia que recordaba su felicidad.