El Nobel que soñaba con pilotar un Jumbo

El Nobel Gabriel García Márquez. /Efe
El Nobel Gabriel García Márquez. / Efe

Gustavo Tatis traza un retrato intimo del escritor en un libro que da cuenta de dos décadas largas de amistad

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Gabriel García Márquez le confió un puñado de secretos. Le dijo que fantaseaba con ser mago. Que de niño había visto a un decapitado a lomos de un burro. Que le aterraba la muerte tanto como volar, pero que soñaba con pilotar un Jumbo. Y que toda su obra estaba encerrada en su infancia, junto a sus miedos. Gabo concedió una entrevista de casi cuatro horas a Gustavo Tatis Guerra (Sahagún, Colombia, 1961) tras ganar el Nobel, pero prohibió a su colega y compatriota usar la grabadora. El resultado satisfizo al genio, muy consciente de que le daba material exclusivo.

Durante dos décadas y media el Nobel y el periodista mantuvieron muchos encuentros. Y de todos ellos da cuenta Tatis en 'El prestidigitador y la flor amarilla' (Navona). Plagado de emociones y secretos, el libro es un retrato íntimo de García Márquez (1927-2014) y llega a las librerías a los cinco años de la muerte del autor de 'Cien años de soledad' y cuando Netflix confirma disponer de los derechos para llevar al cine la icónica novela. «Gabo jamás habría cedido los derechos. Siempre se opuso a que se llevara al cine. Su hijo Rodrigo ha contrariado la voluntad del padre después de muerto», asegura Tatis sin dudas ni rencores.

«Gabo jamás hubiera cedido al cine los derechos de 'Cien años de soledad'», afirma el periodista y poeta colombiano

«La magia del cine nunca pudo con la magia de García Márquez», sostiene. Cree, con todo, que «si alguien puede hacer la película es su hijo» y que «jamás habría permitido que no la hiciera nadie que no fuera él», un cineasta de larga experiencia «pero nada macondiano». «Gabo no creía que el mundo mítico de la novela pudiera llevarse a la pantalla de ninguna forma, pero ojalá Rodrigo pueda ponerse a la altura del desafío que se ha trazado», zanja Tatis la cuestión.

«Tiene la voz recia de un Caribe desenfadado y tierno, un perfil de cantante de bolero, de reportero de nuevos augurios y mago de feria y alquimista», escribe Tatis, que oyó de la rotunda voz de Gabo sus deseos y secretos. «Sentía una profunda admiración por los prestidigitadores y le habría encantado ser mago de no ser escritor. Era un mago de la palabra y de la vida, y no en vano él se definió a sí mismo como un prestidigitador», precisa.

Sustento real

Una magia que sí acertó a trasladar a su literatura. «Tenía una enorme capacidad para hacer de su vida un hecho mágico. Pero todo cuanto escribió, soñó e imaginó estaba sustentado en la realidad que vivió. No hay ningún hecho en su ficción que no tenga una fuente documental. Está toda anclada en la realidad», asegura Tatis, validando la etiqueta de realismo mágico asociada a la obra de Gabo. También le confió que «le encantaría pilotar un Jumbo». «Es gracioso, porque le tenía auténtico pavor a los aviones. Para subirse a uno se tomaba unos tragos. Jamás iba sobrio en un vuelo. Se embriagaba por terror a que el aparato se cayera y su madre le ponía velitas», cuenta Tatis risueño. Confirma que Gabo se negó confiarle cuál era el episodio más doloroso de su vida y le demostró su respeto por la muerte, «de la que no quería hablar». «El problema de la muerte es que es para siempre», decía.

Alaba Tatis su «extraordinario sentido del humor», «su enorme generosidad» y su «prodigiosa memoria». «Recordaba los olores de la casa de su abuelos y los detalles de su infancia con pasmosa precisión. Me repitió que los primeros siete años de su vida fueron definitivos para 'Cien años de soledad'». «No he logrado salir de la infancia. Allí residen mis miedos», confió a Tatis, poeta además de periodista.

Explica también como el amarillo, color terrible para el teatro y los toreros, era un fetiche para él: «Fue siempre una suerte de conjuro. En los momentos difíciles buscaba una flor amarilla y Mercedes, su mujer, siempre las tenía a mano». Eso era mucho antes de que las mariposas amarillas se convirtieran en poderoso símbolo de su novela más universal.

«El amarillo era su talismán. Cuando ganó el Nobel estaba muy tenso. Pidió una flor amarilla. Se la buscaron y se la puso en el ojal del liquilique y todos sus amigos hicieron lo propio. Llevaba flores amarillas en los momentos de duelo, de gloria y de felicidad. Le confortaba el amarillo y el día que murió todo el mundo lució flores amarillas», rememora Tatis, periodista de 'El Universal' de Bogotá.

Recuerda que «era un seductor nato, muy amoroso con las mujeres», y su «capacidad muy especial para cantar boleros». Pero tras esa cordial fachada Tatis cree que escondía una timidez sideral. «Su sentido del humor era el escudo de su timidez», dice recodado una «mirada que era muy intensa, nunca hostil pero escrutadora».

Un escrutinio del que Tatis salió bien parado. «'Te quedó bien la entrevista y tienes una memoria tremenda', me dijo cuando leyó la transcripción de nuestra primera y larga conversación, un Jueves Santo en casa de su madre». Sería la primera de otras dos «y no habría más». El resto serían encuentros, hasta meses antes de la muerte de Gabo otro Jueves Santo, en su casa de México.