Eduardo Arroyo, cáustico modernizador de la pintura española, muere a los 81 años

Eduado Arroyo posa con algunas de sus obras en el Museo Bellas Artes de Bilbao. /Efe
Eduado Arroyo posa con algunas de sus obras en el Museo Bellas Artes de Bilbao. / Efe

Escritor, escultor, escenógrafo, ceramista, y polemista, se exilió en París a finales de los cincuenta y regresó en los setenta como un desconocido

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Pintor cáustico y radical, como Goya, vivificador, crítico y decisivo modernizador de la figuración española del último medio siglo, Eduardo Arroyo murió este domingo a los 81 años, víctima de la enfermedad contra la que batallaba desde hacía tiempo. Artista autodidacta y corrosivo, antifranquista declarado, exilado en París desde los últimos 50, recuperó su presencia en la España del tardofranquismo confirmándose como uno de los grandes de la pintura española contemporánea. Adscrito a la llamada 'figuración narrativa', fue además periodista, escritor, escenógrafo, escultor, ceramista, cartelista y siempre lúcido polemista. Su obra está en los grandes museos españoles europeos.

«Al menos en lo plástico, España va bien, como nos dicen los más altos responsables del país, porque en este país siempre se pintó muy bien», ironizaba Eduardo Arroyo (Madrid, 1937) cuando el Museo Reina Sofía inauguraba la más extensa e intensa exposición dedicada por una institución española a su singular e irónica obra. Él aspiraba a sentirse parte de esa rica tradición que va de Velázquez a Picasso y dedicó casi toda su vida «al proyecto de ser pintor», aunque tocara otros muchos palos.

«Nunca he hecho nada por mi obra», decía ante la muestra del 'Reina' con casi doscientas piezas titulada 'Orgullo y pasión' y «demostrativa» de su tardío afán de ser pintor por encima de todo. «Las antológicas tienen un intenso tufo funerario», aseguraba en otro alarde de ironía, pero afirmándose en su empeño de defender su «proyecto de pintar»: «Espero me acompañe hasta el final de mis días».

Obsesión española

La vida creativa era para Arroyo «una desesperada conquista del lenguaje pictórico». Una obsesión constante, como lo fue su afán por saber y estar al día sobre España en los tiempos en que era un refugiado político en París, hacia donde partió casi como apátrida en 1958. En la capital gala se inició como periodista y se autoformó como pintor. Aquel alejamiento produjo en él «una obsesión por España» que se puede rastrear en su pintura. Tras la muerte de Franco vinieron «los años difíciles» en los que su obsesión se trasmuta en interés por otros exiliados como José María Blanco White, Angel Ganivet o Lluís Companys.

La censura clausuró su primera exposición española en 1963. Cuando años más tarde fue nombrado comisario de la Bienal de Valencia, fue detenido en Italia y reclamado por el Tribunal de Orden Público. Gracias a la presión internacional se logró que sólo fuese expulsado. Su primera gran muestra española fue la antológica que en 1982 le dedicó la Biblioteca Nacional.

«Hay un aspecto literario en mi obra al que no renuncio», reconocía un pintor que pasaba más horas en las librerías que en los museos y que publicó ensayos, memorias y un sinfín de artículos, muchos dedicado al boxeo. Defensor de la tauromaquia, para este heredero de Goya El Prado era «una presencia constante y definitiva». «Mi verdadera isla de libertad cuando adolescente, y una demostración de que en este país siempre se pintó bien», decía el artista, que expuso sus grabados en la casa de Velázquez y Goya en 1991.

Velázquez fue siempre otra obsesión, «el ejemplo de la perfección absoluta y de lo que ya no se podrá hacer». En lo pictórico se sentía «más próximo y más de acuerdo con mis bisabuelos que con mis primos carnales». Entre sus admirados «bisabuelos» citaba a Picabia, De Chirico, Max Ernst o André Derian, además de Picasso, «de quien me interesa sobre todo su comportamiento, su manera de demostrarnos lo que debe ser un pintor».

«Los que siempre hacen obras maestras no me interesan mucho», decía el autor de piezas clásicas del siglo XX como 'Vivir y dejar morir, o el final trágico de Marcel Duchamp', realizada junto a Gilles Aillaud y Antonio Recalcati, y que expuso en París con enorme escándalo en 1965. Con Aillaud y Recalcati había firmado el mismo año el 'Manifiesto Pictórico' contra el informalismo imperante en la época.

Su interés literario nació de la convicción de que «además de haberse pintado bien, en este país se ha escrito medianamente bien». Su primer texto, 'Treinta y cinco años después', una denuncia contra el franquismo, se publicó en 1974. En 1986 estrenó en Múnich su primer drama, 'Bantam'. En 1989 editó en Francia su autobiografía, 'Sardinas en aceite', que generó un escándalo a ambos lados de los Pirineos por sus acusaciones contra personajes de la vida política y cultural de ambos países. 'Minuta de un testamento', su libro de memorias, apareció en 2009.

Realizó escenografías para teatro y ópera, como 'Off limits', de Adamov (1969 y 1972); 'Wozzeck', de Alan Berg (1971); 'En la jungla de las ciudades', de Brech (1973); 'La vida es sueño' (1981); 'Pálida madre, tierna hermana', de Jorge Semprún para el Festival de las Artes de Weimar de 1995 o 'La casa de los muertos', de Leos Janeck, que inauguró el festival de Salzburgo.

«Vivo muy bien con los cuadros de los demás, mientras que mis pinturas me producen choques complicados», decía un Arroyo comprometido con su critica pintura, pero de difícil convivencia con sus cuadros. No los disfrutaba en su casa y los que tenía en su taller permanecían embalados o de cara a la pared.

«El deber de todo pintor es tratar de vender sus obras y las que yo conservo es porque no he podido venderlas», aseguraba. «Vivo intensamente con ellas mientras las realizo, pero una vez que están firmadas por delante y tituladas por detrás, no quiero saber nada de ellas».

Entre sus muchos reconocimientos figuran el Premio Nacional de Artes Plásticas y la Medalla de Oro al Mérito de Bellas Artes. Era caballero de las Artes y de las Letras por el Gobierno francés y recibió el premio de la Fundación Simone y Cino del Duca-Instituto de Francia.

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