Golf | Masters Augusta

Jon Rahm patina en la última curva

Jon Rahm patina en la última curva

Le amargó el día el bogey del 18 tras picar piedra y recuperar su juego con un eagle al 13, pero los líderes aceleraron y estaba a siete golpes de Molinari

JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Muchas esperanzas depositadas, cierto cansancio que se va acumulando, sobre todo tras jornadas de autodefensa como la del viernes, y un campo cambiante, en el que la tómbola de las banderas oferta recompensas diversas cada día. Las de este sábado no favorecieron de inicio a un Jon Rahm incómodo, incapaz de encontrar su ritmo, su distancia óptima. Jugó menos recto que la víspera y esta vez su putter no funcionó en sentido inverso. Impecable cuando tocó defenderse panza arriba, esta vez acumuló su uso con escaso resultado para embocar y tratar de sacarle ventaja al campo.

Cogió los dos primeros greens pero con distancias de ocho y cinco metros. En el 3, cobrado en las dos vueltas precedentes, volvió a sonar la caña, como el viernes en el 8. Misma situación. El vizcaíno deja caer el palo tras su espalda después del golpeo y su gesto de decepción es el síntoma del lastre que comienza a acumular. Muy pronto. Se rehizo del traspié porque sigue teniendo muy operativo su instinto de supervivencia, pero ya para entonces veía en los tablones que había mucho revuelo en la parte alta de la clasificación. Simpson y Finau parecían haberse escapado de los tacos de salida y coleccionaban birdies sin descanso hasta acercar el liderato a la antesala del doble dígito con mucha jornada aún por concretar.

Un tripateo en el 4 desde el fringe le dejó la primera marca en la tarjeta. Rabia. La bola se quedó enganchada en el collarín negándose a rodar dos vueltas, lo que la hubiera acercado mucho a la bandera. Se acabó en ese instante su prolongada secuencia de hoyos sin fallo. Hasta 31 consecutivos desde que el jueves penara en el 8, un par 5 ante el que claudicó. En adelante llevaba contabilizados cinco birdies y veintiséis pares, una trayectoria que le había permitido no alejarse de la cabeza. Al menos demasiado porque tal como comenzó el festival del sábado cualquier cosa podía ocurrir. Pero esa secuencia hablaba muy bien del juego del de Barrika, sólido, estable. Muchos otros en su situación habrían perdido cualquier opción de pelear por la chaqueta verde. Él no.

Se le percibía dolido, enojado con un destino que no le estaba acercando a donde quería. Debían hacerlo sus palos en primer lugar y en cualquier caso siguió erre que erre. Debe resultar una gran carga mental tratar de evadirse para intentar encontrar la llave del cajón de los birdies y no dar con ella sabiendo que está ahí, a su alcance, que otras veces la ha utilizado sin problemas.

Fue mejorando, lo que era un dato para la esperanza. En el 6 pateó desde ocho metros y rozó la diana. En el 7 tocó de nuevo defender y lo hizo con maestría, embocando de tres metros. Volvía a sentirse fuerte, seguro. Un tripateo más le dejó sin posibilidad de botín en el 8, un par 5 ayer especialmente tragón. Se le escapó en el 9 una resta desde tres pasos, lo mismo en el 10, y tras un stand by de dos banderas llegó a la 13 y la reventó.

Otro par 5 al que le tiene ganas y tomada la medida. En dos golpes a dos metros del agujero. Bingo. Eagle para respirar. -6 y a cinco del listón que Tony Finau había dejado definitivamente fijado ya en casa club. Con otro golpe menos ingresaría ya en el Top10, cerca de los Simpson, Schauffele, Molinari, Fowler, Woods, Koepka, Johnson o Scott. Si algo no falta en este Masters son gallos de pelea.

Y vaya si tuvo la oportunidad. No descerrajó un segundo eagle en el 15 porque alguna deidad celestial no quiso y prefiere ver a Rahm en su salsa, en el barro, enfrascado en la pelea hasta el final. Salida a calle y segundo golpe asumiendo tonelada y media de riesgo apuntando a la bandera, con descaro, asumiendo que la cercanía de la trampa previa de agua acongojaba pero no le retendría el swing. Ya no. Venía lanzado, como si en la última vuelta al circuito algo que no funcionara había comenzado a dar la eficacia requerida.

Jornada fantástica

Opción de eagle desde cinco metros, con caída, cuesta abajo. Tampoco le iba a quedar la bicoca en persona. Tocó con decisión y la bola se escapó lateralmente. Premio de consolación, un birdie, el primero del día, que le servía para anotar el -7 en una tarjeta aún muy operativa.

La jornada, por lo demás, era fantástica. Además de Finau y Simpson, Molinari en modo hormiguita se reivindicaba y rozaba el hoyo en uno en el 12 para acabar siendo el primero en llegar a la docena bajo par. Y lo de Tiger Woods es de otra galaxia. En su rostro se lee una paz inusual. No hay trazas de esa angustia, básicamente física, que incluso tras su regreso triunfal delataba sufrimiento, cercanía con el límite. Lleva un efecto botox que alisa hasta su juego. Inhumano con los hierros, acerca la bola más que nadie y sólo algunos deslices con el putter en posiciones favorables le apartaron de meter la directa y escapar. Pero ahí está. A la hora de redactarse esta información igualado con Finau a un golpe de Molinari.

A Rahm se le quedó un pelo corto un putt de birdie en el 16 y otro en el 17. Se negaba a no obtener más rédito a una jornada, otra, en la que defendió el fuerte como nadie. Y sabiendo cómo valora el chute extra que supone una guinda en el 18 la buscó. Y se la pegó. Acabó en el búnquer en busca de un drive kilométrico. La sacada de la arena le llevó a visitar al público y esa recuperación se quedó demasiados pasos corta. Un bogey que estira quizá demasiado la goma, a siete golpes de la cabeza y con media docena de partidos aún en juego.