Lo que consiguió Khashoggi al morir

Acceso al consulado saudí en Estambul./Reuters
Acceso al consulado saudí en Estambul. / Reuters

La muerte del periodista del Washington Post pone al descubierto la hipocresía de las relaciones entre EEUU y Arabia Saudí

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York

«De valientes está lleno el cementerio», solía alertarme mi madre ante las batallas quijotescas, pero la idea subrepticia de que con la muerte se pierde la guerra es miope. La historia esta repleta de personajes que solo entonces han sido capaces de ganar las batallas que consumieron sus vidas. El periodista saudí Jamal Khashoggi forma parte ya de ese panteón del que intentan bajarle sus asesinos. Su muerte ha puesto al descubierto la hipocresía de las relaciones entre EEUU y Arabia Saudí con una crudeza jamás soñada, tan lejos de su imaginación como lo que le esperaba al cruzar la puerta del consulado saudí de Estambul en el que le descuartizaron vivo.

Todos los analistas coinciden en que su desaparición ha provocado la mayor crisis política entre los dos países al menos desde los atentados del 11-S. Algunos llegan más lejos. El columnista del Washington Post David Ignatius cree que será una muesca en la historia como el asesinato del archiduque de Austria en 1914, que desató la Primera Guerra Mundial, o el fallido atentado contra Adolf Hitler en 1944. Con ello ignora una larga trayectoria de connivencia entre ambos países.

No costó averiguar que 15 de los 19 secuestradores kamikaze que perpetraron los atentados del 11-S eran saudíes. Aún así, dos días después, el gobierno de George W. Bush permitió a 140 miembros de la casa de Saud y la de Bin Laden despegar en dos aviones privados sin ni siquiera interrogarles. En ese momento el espacio aéreo estadounidense seguía tan cerrado a cal y canto que hasta el ex vicepresidente Al Gore tuvo que conducir desde Canadá para llegar a Washington. La revista Newsweek publicó después que la esposa del Príncipe Bandar envió miles de dólares a obras de caridad que fueron usados para financiar los atentados.

La hipocresía de las relaciones entre EEUU y Arabia Saudí no se limita a una administración y ni siquiera a un solo partido. Más de 4.000 familiares de víctimas del 11-S quisieron demandar a Arabia Saudí, un derecho que les aprobó el Congreso en 2016, al requerir la desclasificación de documentos. La ley nunca llegó a promulgarse porque Barack Obama la vetó.

Trump ya ganaba puntos

En esos días Donald Trump ganaba puntos con la mujer que aspiraba a sucederle. En el tercer debate presidencial de Las Vegas la confrontó por recibir a través de su fundación millones de dólares de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Catar y otras naciones árabes. «Hablas de mujeres y de derechos de las mujeres, ¿verdad? Y luego coges el dinero de esta gente que tira a los homosexuales desde lo alto de un edificio, mata a las mujeres y las trata espantosamente», le recriminó.

Jugaba con la ventaja de que nadie se lo podrá echar en cara porque no ha mostrado nunca el menor interés en defender los derecho humanos y menos los de las mujeres. Los saudíes ya habían forjado una relación muy cercana con el magnate inmobiliario mucho antes de aspirar a la presidencia y llegaron a sacarle de apuros económicos en varias ocasiones. «Me encantan los saudíes», admitió sin complejos en Alabama durante un mitin de campaña. «Me compran apartamentos de 40 ó 50 millones de dólares. ¿Qué se supone, que no me tienen que gustar? ¡Gano un montón de dinero con ellos».

Para entonces, los caminos de Jamal Khassoghi ya se habían cruzado inquietantemente con los de Trump. El magnate le compró en 1988 al sultán de Brunei el yate de Adnam Khasogghi, primo del periodista asesinado y traficante de armas saudí, que ocho años antes había invertido cien millones de dólares en construirse un yate tan sexi que formó parte de la saga de James Bond en «Never Say, Never Again».

Tres años después cayó en bancarrota y fue el Príncipe Saudí al-Waleed Bin Talal quien se lo quitó de encima por 20 millones de dólares, después de comprarle el Hotel Plaza. En 2001 los saudíes le compraron toda una planta del Trump World Tower, por 4.5 millones de dólares y todavía hoy siguen sacando sus negocios de apuros. Los números del hotel Trump Chicago caían en picado desde 2015 hasta que el año pasado remontaron gracias a las estancia de los saudíes, como ocurrió en el de Nueva York con la visita del príncipe de la corona Mohamed Bin Salman Al Saud, conocido como MBS, a quien ahora se supone que tiene que pedirle cuentas por el asesinato de Jamal Khasogghi.

No es casualidad que este fuese uno de los primeros en advertir en 2016 de lo cercanas que era la amistad entre su reino de origen y el candidato presidencial republicano. Las relaciones con Obama se habían resentido tras la firma del acuerdo nuclear con Irán, su enemigo en la región, y el monarca veía ahora entusiasmado la posibilidad de un presidente que se dejase agasajar. Arabia Saudi fue el primer destino en el exterior del nuevo mandatario, que le ha convertido en su aliado clave en la región y adoptado sus ideas para el plan de paz de Oriente Próximo.

Su yerno Jared Kushner se ha reunido con el príncipe MBS en al menos cinco ocasiones, con el que se siente tan cómodo que charlan hasta las 4 de la madrugada. Gracias a él Kushner pudo presumir ante su suegro de venderle armas por 110 millones de dólares, al que se ahora se aferra Trump para no romper lazos con ese gobierno.

Según The Intercept, MBS presumió ante el príncipe heredero de Emiratos Arabes Unidos de tener a Kushner «en el bolsillo». De ese bolsillo tendrá que salir ahora una explicación racional que salve la cara del príncipe ante la opinión pública y el Congreso de EEUU, donde su imagen de reformista ha pasado a ser la del sanguinario represor que Jamal Khashoggi describió incansablemente en sus 13 meses de columnista en el Washington Post.

Mientras sus asesinos oían música al descuartizarle, Khashoggi se llevaba a la tumba la máscara del príncipe que empezó su mandato cultivando una imagen de reformista seguida de una gira de relaciones públicas que ha arruinado con este asesinato. El periodista ya sabía que MBS no era más que un despótico represor que secuestraba a sus enemigos fuera del país, pero ahora, gracias a su muerte, lo sabe todo el mundo.

Arabia Saudí confirma al fin que murió en el consulado de Estambul

Arabia Saudí admitió este sábado que el periodista saudí Jamal Khashoggi murió en el interior de su consulado en Estambul, más de dos semanas después de que su desaparición provocara una de las peores crisis internacionales del reino.

La agencia oficial SPA confirmó la muerte del periodista, crítico con el príncipe heredero Mohamed bin Salmán y exiliado en Estados Unidos desde 2017, e informó de la destitución de dos altos cargos saudíes y del arresto de 18 sospechosos.

El fiscal general saudí, Sheij al Mojeb, publicó un comunicado sobre lo ocurrido: «Las conversaciones que tuvieron lugar entre él y las personas que lo recibieron en el consulado saudí en Estambul dieron lugar a una reyerta y a una pelea a puñetazos con el ciudadano Jamal Khashoggi, lo que provocó su muerte».

Al Mojeb no precisó dónde se encuentra el cuerpo de Khashoggi, en tanto que los investigadores turcos continuaron sus investigaciones.

Ali Shihabi, director de un grupo de reflexión considerado cercano a la monarquía saudita, dio otra versión. «Khashoggi murió estrangulado durante un altercado físico, no como resultado de una pelea a puñetazos», declaró basándose en las declaraciones de una fuente saudita de alto nivel.

Más tarde, el departamento internacional del ministerio de Información publicó una declaración en inglés atribuida a una «fuente oficial» en la que afirma que la discusión en el interior del consulado degeneró en una pelea que ocasionó la muerte de Khashoggi, y hubo «un intento» por parte de las personas que lo interrogaron de «ocultar lo que pasó».

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