Europa lo fía todo al «killer» Juncker para evitar que Trump active su guerra comercial

Jean-Claude Juncker y Donald Trump./Ludovic Marin (Afp)
Jean-Claude Juncker y Donald Trump. / Ludovic Marin (Afp)

El presidente de la Comisión viaja hoy a la Casa Blanca para gastar el último cartucho diplomático de la UE

ADOLFO LORENTEBruselas

Si hay alguna persona en Europa capaz de persuadir a Donald Trump y convencerle de que decrete un alto el fuego en su ofensiva arancelaria contra la UE se llama Jean-Claude y se apellida Juncker. Perro viejo, en las distancias cortas no hay nadie como él. Es el último cartucho político europeo, la última esperanza de que todo dé un giro de 180 grados. O Juncker o nadie. Con personajes como Trump no se trata de convencer desde la razón. Se trata, simplemente, de embrujo personal. «You are a brutal killer, Jean-Claude!», le espetó entre sonrisas durante la última G-7 de Canadá. «¡Eres un asesino brutal!», recalcó. Trump es esto.

Pese a todo, que nadie espere grandes avances. A lo sumo y siempre teniendo en cuenta el escenario más optimisma, podría producirse algún que otro gesto por parte de la Administración americana. Irse de la reunión con algún rasguño pero sin nuevos aranceles sería un logro. Otra patada hacia adelante esperando no se sabe muy bien qué. Pinta mal la cosa. Muy mal, como admiten a este periódico altas fuentes comunitarias.

Mañana, a las 13.30 horas (hora de Washington, seis más en la Europa continental), el veterano luxemburgués se reunirá con Trump en la Casa Blanca para sondear el terreno e intentar apaciguar la ira americana. Desde el pasado 1 de junio, están en vigor aranceles del 25% y el 10% al acero y aluminio, respectivamente. Este mal ya está hecho. Lo que ahora buscan los 28 es evitar que la fiebre tarifaria no se extienda a la industria automovolística con gravámenes de entre el 20 o el 25%, como el presidente americano lleva varias semanas amenazando a través de Twitter. Una cuenta, por cierto, que sigue humeante. Hoy, a mediodía, ofreció su particular regalo de bienvenida a la delegación de la UE con un par de mensajes.

Aquí el primero: «Los países que nos han tratado injustamente sobre comercio durante años vienen a Washington a negociar. Esto debería haber tenido lugar hace muchos años pero, como dice el refrán, ¡mejor tarde que nunca!». Aqu el segundo: «Los aranceles son lo más grande! O bien un país que ha tratado a Estados Unidos injustamente en el comercio negocia un trato justo, o se le golpea con aranceles. Es tan simple como eso –¡Y todo el mundo hablando!– Recuerden, somos la hucha que está siendo robado. ¡ Todo será grandioso!».

Y, claro, los diplomáticos europeos, tan duchos en sus miles de másteres sobre protocolo, ven mensajes así y lo único que pueden hacer es echarse las manos a la cabeza.

La oferta de Sofía

De ahí la gran importancia que una personalidad tan peculiar como la de Juncker puede jugar en esta particular negociación. Tan pronto te llama dictador, como saluda al primer ministro húngaro, que te cose a besos, como muchos líderes europeos comprueban cumbre tras cumbre. Con el presidente americano, sin embargo, siempre se le ha visto más tímido, pero ha llegado el momento de activar el plan B. Ya en su primera visita a Bruselas, el presidente del Consejo, Donald Tusk, explicó a Trump que en Europa tenían dos presidentes... A lo que Juncker, de inmediato, respondió entre risas. «Sí, somos dos y sobra él». Juncker es esto.

¿Qué está en juego? Demasiado. Según la Comisión y sobre la base de la investigación al sector automovilístico y de recambios, las medidas restrictivas al comercio de EE UU podrían resultar en un volumen muy significativo de las exportaciones afectadas, estimadas en 294.000 millones de dólares (el 19% del total de sus exportaciones en 2017). De ellos, 58.000 corresponden a los 28.

En la cumbre de mediados de mayo celebrada en Sofía, los líderes comunitarios tendieron su mano a EE UU partiendo de una premisa: retira los aranceles y escribimos juntos el folio en blanco. A cambio, la UE ofrecen una mayor cooperación en energía, especialmente sobre el gas licuado, reformar la OMC o «mejorar recíprocamente el acceso al mercado, sobre todo para los productos industriales, incluyendo los coches, y la liberalización de la licitación pública». «Este lenguaje lo entienden bien en Washington», apostilló por aquel entonces Juncker. Veremos mañana.

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