Con el apoyo de una mayoría imposible

Con el apoyo de una mayoría imposible

Sánchez confiesa ser consciente» del «momento político tan complejo» que tiene que afrontar porque nunca un presidente ha gobernado con menos respaldo parlamentario

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Fue un apretón de manos sin efusividad alguna y con cara de circunstancias. Pura cortesía. Pedro Sánchez acababa de ganar la moción de censura contra Mariano Rajoy con 180 votos a favor, 169 en contra y una abstención. Hoy tomará posesión de su cargo ante el rey Felipe VI en el palacio de la Zarzuela. Por primera vez un presidente del Gobierno llega a la Moncloa gracias a una reprobación parlamentaria que hace tres días apenas tenía posibilidades de fructificar. Pero lo hace sustentado en una mayoría imposible de embridar y que apunta a un mandato turbulento y de duración incierta.

Con razón le dijo el portavoz del PNV, Aitor Esteban: «No le arriendo la ganancia» ante el futuro que tiene por delante. El propio Sánchez confesó ayer tras la votación en el Congreso que era «consciente» del «momento político tan complejo» que tiene que afrontar porque nunca un presidente ha gobernado con menos respaldo parlamentario. Está en rotunda minoría con 84 de 350 diputados, no controla la Mesa del Congreso, el PP tiene mayoría absoluta en el Senado, la colaboración de sus socios se presume más que discutible, y populares y Ciudadanos prometen una oposición a cara de perro. Un cuadro que inquietaría al más arrojado, y que el líder socialista pretende manejar con una combinación de «determinación, humildad, consenso y entrega».

Tendrá que apelar a algo más para poner de acuerdo en el Congreso a los once partidos que respaldaron su censura a Rajoy –PSOE, Podemos, Esquerra, PDeCAT, PNV, Izquierda Unida, Compromís, En Comú, En Marea, Bildu y Nueva Canarias–. La alianza más amplia y heterogénea que ha impulsado a un presidente del Gobierno en los 41 años de democracia, una amalgama unida por el objetivo común de desalojar a Rajoy, pero cuyo futuro político, una vez desaparecido el inquilino de la Moncloa, se antoja efímero.

Sin ir más lejos, ayer mismo surgieron las primeras escaramuzas con el empeño de Pablo Iglesias para que Podemos entre en el Gobierno de Sánchez pese a los reiterados avisos de que será monocolor socialista, y con los vetos que presentaron en el Senado Podemos, PDeCAT, Bildu, Esquerra y Compromís a los Presupuestos que Sánchez se ha comprometido a respetar. Vetos que no irán a ninguna parte por el control del PP en la Cámara alta, pero que evidencian la absoluta falta de concierto en el bloque ahora gubernamental.

Sánchez es consciente de que estos desbarajustes pueden ser el pan de cada día con el riesgo de que bloqueen su gestión. Podrá derogar leyes del primer mandato de Rajoy, como la ley mordaza, en la que hay consenso entre socialistas, Podemos y nacionalistas, pero será difícil que impulse nuevas leyes ante los intereses contrapuestos de sus aliados. La primera prueba de fuego llegará en julio con la aprobación del techo de gasto en el Congreso y que no podrá incorporar las alegrías presupuestarias que reclaman Podemos, Compromís y Esquerra si se quieren cumplir los objetivos de déficit que exige Bruselas, metas que Sánchez prometió cumplir en el debate de la censura. Además, no podrá contar con el auxilio en este terreno de Ciudadanos; Albert Rivera le dio calabazas por adelantado, y es casi seguro que tampoco con el del PP.

 

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