Una mañana de alegrías y corazones rotos

Una mañana de alegrías y corazones rotos

Cuando Rajoy entró en el auditorio ya se sabía que Casado había triunfado y algunos compromisarios se fueron apenas aplaudieron a Santamaría

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Apoyado en su bastón, Juan Rodríguez, Xano, compromisario de Lugo que guarda su boina en el bolsillo trasero de su pantalón, observa acercarse a Soraya Sáenz de Santamaría. La espera con timidez y ella se acerca muy lentamente, detenida desde las 12:15 por quienes quieren una foto. Xano de 76 años, aparatos de audio en ambos oídos, no se atreve a pedir un 'selfie' y ella sigue hasta su mesa de votación. «Por una vez han hecho las cosas bien», dice quien conoció a Fraga y trabajó con él. Sáenz de Santamaría llega hasta la urna, empiezan gritos de «presidenta, presidenta». «Me gustaría que ganara ella, por algo le voté», confirma Xano. Pero su papeleta no será suficiente.

En el salón casi vacío, se acerca Pablo Casado, que votó unos minutos antes que su rival, y que se ha quedado a estrecharle la mano a cada miembro de mesa. Dice: «muchas gracias», a uno; «muchas gracias por todo», a otro. ¡Una foto, Pablo, con Gloria!, le piden. Él se acerca, se deja abrazar. En proporción del rostro, su sonrisa mide el doble que la de Santamaría.

Son tres miembros por cada una de las 25 mesas, ordenadas por apellidos. Esperan la orden para cerrar las urnas de vinilo transparente. Dos por cada mesa, una para la Junta y otra para el Comité. Están llenas en una quinta parte. Unos cien compromisarios no han llegado a depositar su voto, o no han asistido. Los miembros aguardan instrucciones para empezar el conteo.

Los compromisarios buscan sitio en el auditorio principal. A pesar de que un buen número ya se ha marchado en los trenes del mediodía, la sala está repleta y los rezagados se conforman con las salas de las pantallas gigantes. Dentro, se dejan ver las viejas glorias, de aquí para allá: Pons, Margallo, García-Escudero, Hernando, Zoido. «No sé si Pablo, no sé si Soraya», alza la voz un hombre. Todavía una hora después de cerrar las urnas, se cree que la elección está reñida.

-No hay nada claro -dice una compromisaria que acaba de llegar.

-¿No dan los números? -le pregunta quien le guarda el asiento.

-Cada uno se afirma ganador -responde ella.

Diez minutos después, hay cierta euforia entre los partidarios de Casado. Le dan como ganador a falta de nueve mesas, en proporción de «seis a cuatro». La noticia se riega por Whatsapp. Por allá corean «presidente, presidente». Los porcentajes se afinan: 67 contra 33, avisa un compromisario a alguien que está tres filas por debajo (la diferencia final será de 57% versus 43%).

«Alguno se irá», pronostica un asistente. A las 13:51 el público se levanta. Ha entrado Rajoy. «Un gallego no se sabe si sube o baja», opina Xano, que considera que ayer se posicionó en su discurso, aunque piensa que lo hizo entre líneas.

Una vez conocidos los resultados, nadie se mueve. Se espera la escenificación de la unidad. Primero entra Soraya. En un 'aplausómetro', el recibimiento alcanzaría un seis sobre diez. Algo le dice García-Escudero. Ella responde: «Lo sé». A las 14:04 entra Casado. La ovación inicial no supera a la de Sáez de Santamaría. Pero crece al llegar a primera fila y salir en la pantalla gigante frente a Rajoy. «Suerte», le dice el expresidente, y el vencedor asiente.

Después abraza a su rival y a Cospedal, que le cede su butaca al lado de Rajoy. La barra de Casado lanza el grito de la ola, pero al estar de pie, nadie salta. Ana Pastor hace callar con un inicio titubeante de agradecimientos que empieza por el «querido presidente» y termina en la «querida Soraya». Allí empieza otra ovación. A las diez palmadas, Casado se levanta y apunta a ella. El público le imita. Soraya parece contener las lágrimas y su rictus delata tristeza.

Empieza el abandono sutil de compromisarios de la sala -las dos primeras son mujeres- cuando Ana Pastor lee el escrutinio y proclama al vencedor. Con un 'viva España' y una bandera que se agita entre las sillas de una esquina del teatro, Casado comienza su discurso y pronto lanza un «viva el rey». Otros dos buscan la salida. Empieza el goteo.

Afuera, en un pasillo despoblado aún, un afiliado consternado y lloroso es la imagen del desamparo. Viene de la Sierra de Huelva. «Me han partido el corazón», dice, sentado en un sofá sin respaldo, los codos en los muslos, la gorra apretada en los puños. «Unidad no existe en ninguna parte, el hombre no aprende. En mi pueblo, yo gané las elecciones y se dividió. Ahora, esto que lo arreglen los que viven de la política. Nunca debimos llegar a esto».

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