El 3-O, el día que el Rey perdió el favor de Cataluña

El Monarca utilizó su despacho como telón de fondo para dirigirse el 3-O a los españoles en una declaración institucional. / Efe

Un año después de su contundente discurso a la nación, Felipe VI continúa en la diana de los independentistas que han intensificado su hostilidad hacia la Corona

María Eugenia Alonso
MARÍA EUGENIA ALONSOMadrid

El 25 de julio de 2017, el entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont recibía sonriente al Rey a las puertas del Palecete Albéniz en la recepción ofrecida por el Ayuntamiento de Barcelona para conmemorar el 25 aniversario de los Juegos Olímpicos. Fue el último acto amable de Felipe VI en Cataluña. Apenas 24 horas después las autoridades catalanas emprendieron el camino hacia la autodeterminación modificando el reglamento del Parlament para poder aprobar las llamadas 'leyes de desconexión'.

El soberanismo ponía así en marcha su golpe de Estado contra la democracia que culminaría con la aprobación el 6 y 7 de septiembre de las leyes del referéndum y de transitoriedad y con la convocatoria el 1 de octubre de una consulta desafiando el ordenamiento jurídico y la legalidad. Las cargas policiales y las fotografías de decenas de heridos (1.066, según la Generalitat) que se vieron en digitales y televisiones de todo el mundo durante la jornada supusieron un salto cualitativo para el secesionismo y un fracaso para el Ejecutivo de Mariano Rajoy, que no consiguió evitar la celebración de un plebiscito que durante los meses previos aseguró que no se produciría. «Ni habrá urnas ni referéndum», insistían desde la Moncloa.

Con la crisis catalana en su punto álgido, todas las miradas se dirigieron hacia el Palacio de la Zarzuela. El Monarca, que había despejado su agenda, seguía desde su despacho la evolución de los acontecimientos en Cataluña en permanente contacto con el presidente del Gobierno. Por él desfilaron esos días políticos, empresarios, economistas y juristas con los que Felipe VI abordó la peor crisis institucional desde el 23-F y las diferentes vías para frenar el camino de sedición iniciado por Puigdemont y sus socios en el Govern.

Un paso adelante

Para el Rey, el independentismo había cruzado todas las líneas. Había que dar un paso al frente. Dejó que primero hablara el Ejecutivo, después lo haría él. La mañana del 3 de octubre transmitió a Rajoy que esa misma noche haría una declaración institucional. En tono duro y firme, como nunca antes se le había visto, don Felipe se dirigió a los españoles para señalar la «deslealtad» de las autoridades de la Generalitat, a quienes recordó además que con su actuación se situaban en el delicado ámbito del delito, e instar a todos los poderes del Estado a defender la Carta Magna. «Es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de derecho y el autogobierno de Cataluña », sentenció el Monarca, señalando el camino a que la Moncloa ya había empezado a preparar.

Fue una intervención directa y con mensajes claros, con la que el Rey acalló las voces que exigían su intervención como jefe del Estado. Pero ese discurso, escrito con su sanedrín, si bien insufló ánimo a los catalanes alicaídos con la deriva secesionista, también causó contrariedad en sectores del catalanismo moderado o de la izquierda al no incluir algún guiño al entendimiento. «Esperábamos más. Esperaba una puerta abierta al diálogo y al consenso», lamentó Núria Marín, influyente dirigente del PSC. «Seguramente hablar de diálogo hubiera estado bien», coincidió el secretario general de UGT, Pepe Álvarez.

Sus palabras fueron el catalizador de una imprevista reacción ciudadana. Cinco días después más de un millón de personas desbordaban las calles de Barcelona enarbolando banderas de España. La llamada mayoría silenciosa irrumpía por primera vez en la escena del proceso soberanista. Para el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, el discurso del Rey fue «crucial» para que «no vencieran» los que abogan por «liquidar España». Para el presidente del PP, Pablo Casado, sirvió para «parar el golpe al Estado en Cataluña, como su padre hizo el 23-F».

En la diana del soberanismo

La intervención del Monarca en la crisis convirtió Cataluña en una plaza complicada para la Corona. La Generalitat rompió relaciones con la Zarzuela y el sector rupturista intensificó su hostilidad hacia el jefe del Estado. Le acusaron de haberse dirigido solamente «a una parte de la población» y de haber ignorado «deliberadamente a los millones de catalanes que no pensamos como ellos». «Será bienvenido a la República cuando pida perdón», advirtió Puigdemont, que criticó a Felipe VI de perder su papel de moderador y de no querer reconocer la posición del Govern.

En su alocución, el Rey dejó claro que no se estaba enfrentando a todos los catalanes sino a las autoridades que estaban violando la Constitución. Además, se puso al lado de todos los ciudadanos y les dijo expresamente a los catalanes que no estaban «solos». «A los ciudadanos de Cataluña -a todos- quiero reiterarles que vivimos en un Estado democrático que ofrece las vías constitucionales para que cualquier persona pueda defender sus ideas dentro del respeto a la ley», esgrimió.

Los independentistas reprocharon además a Felipe VI no haber hecho ninguna mención a los heridos por las cargas policiales del 1-O, .ni incluir algunas frases en catalán. Aunque esta posibilidad estuvo sobre la mesa, finalmente fue descartada. El Monarca tenía muy claro que quería dirigirse exclusivamente en castellano. Era un mensaje para todos los españoles.

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