Presos, parias y desamparados

Dos reclusos pasean por el patio del centro penitenciario de Soto del Real (Madrid). /AFP
Dos reclusos pasean por el patio del centro penitenciario de Soto del Real (Madrid). / AFP

Los Quintero, Libertad, Mercedes o el antillano, un abogado compila en una web sus 30 años de experiencia con reclusos para mejorar su cautiverio

Mateo Balín
MATEO BALÍNMadrid

«En la antigua prisión de Carabanchel (Madrid), hoy reconvertida en vergonzoso centro de internamiento para extranjeros, me crucé decenas de veces con familiares a la que acababan de llamar porque su hijo, primo o sobrino había fallecido de sida. La administración, tan inhumana, no les dejaban salir y morían solos como perros callejeros, sin la presencia de esa madre a la que se encomendaban, llamándola a voces, en el último suspiro».

Eran sus primeros años de ejercicio, en 1991, cuando a los abogados del turno de oficio les tocaba bailar con la más fea. Aquellas guardias de detenidos repletas de drogodependientes terminales, de cuyos inexistentes derechos velaban letrados como Fernando Pamos. De sus 30 años de carrera laboral, este especialista en Derecho Penal y Penitenciario pasó 22 en la asistencia jurídica gratuita y ahora compila todo su historial con reclusos en una web (www.en-prisión.com) para mejorar su cautiverio y ayudar a los familias en esta larga espera.

«Qué paradoja que los únicos derechos que tenían entonces estas personas era la asistencia a un abogado de oficio», recuerda Pamos. El letrado aún guarda en su memoria los «aullidos de abstinencia que pasaban a pelo los drogodependientes detenidos en un sucio calabozo, con mantas raídas y manchadas de orines y vómitos», o aquella magistrada «de colmillo retorcido que tenía ese cartel tan ilustrativo en su mesa: 'ruego no le den la mano a la juez si ella no se la da a usted'».

Los recuerdos siguen muy presentes en este abogado bregado en los centros penitenciarios de todo el país, acostumbrado a las «injusticias» que se cometen con los internos a los que se les desprovee de todos sus derechos o las «decisiones corporativas» de jueces y fiscales en la adopción de la «abusiva» prisión provisional, que destruyen sus intereses y bienes más vitales.

«He visto mucha faltas de compostura con personas vulnerables. Como aquel antillano, padre de siete hijos con otras tantas mujeres -a las que mandábamos dinero- que fue detenido en el aeropuerto de Barajas con bolas de cocaína en su organismo. En la comisión judicial ese día al hospital, donde estaba vigilado mientras expulsaba la droga, nos acompañaron sin permiso unos alumnos a quienes le hacía mucha gracia el pijama del detenido».

No tanta gracia producía el sida en aquellos años noventa en que el desconocimiento al contagio llevaba a a muchos funcionarios a usar sus propios bolígrafos para firmar la declaración. «Fue una época durísima que ha marcado la historia judicial y penitenciario de este país. El que se lograba reinsertar asumía que fuera de prisión le esperaba una sentencia de muerte con nombre de enfermedad y una sociedad llena de prejuicios», rememora Pamos, que con este proyecto 'en-prisión.com' pretende exprimir la ley penitenciaria para obtener mejoras en forma beneficios, permisos o alternativas a la ejecución de la sentencia.

«El pueblo sufriente»

«Mercedes, por ejemplo, era hija adoptiva de una prostituta que fue detenida por varios robos con intimidación en dos barrios obreros de Madrid. Ella fue de los pocos casos a quienes les salvó una pasión, el teatro, y simbolizaba lo que el padre Ignacio Ellacuría - jesuita asesinado en El Salvador- denominaba 'el pueblo sufriente de Dios': pobre, prostituta a tiempo parcial paras pagarse sus dosis, heroinómana, enferma de sida y paria social».

En las cloacas de la vida también aparecen familias enteras carcomidas por la delincuencia y la droga: el tridente sobredosis, sida y atracos. Fue el caso de los Quintero, con cinco 'bajas' en su clan. «El más listo de todos era Javier, parapléjico por un disparo traicionero de un policía. Presumido como pocos, me contaba cómo le gustaba ir con el botín de los atracos a bancos a El Corte Inglés y comprar ropa de marca como un anhelo de clase social, cuenta.

«Miguel Ángel era el pequeño de otra familia sacudida por la violencia. Su madre, Libertad, limpiaba un colegio como sueldo familiar. El hermano mayor estaba enterrado; el mediano, enfermo terminal y compraba dosis diarias con los que le madre le daba para evitar que atracara y muriera en prisión. Mientras que el pequeño Miguel Ángel, en su recién inaugurada adición a la heroína, atracaba bancos para tener más coches de scalextric, su única obsesión», recuerda el abogado Pamos, que ofrece una llama de esperanza para evitar llegar el hastío vital del que nada le queda.

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